Uzbekistán, como tal, no existía a principios del s. XV. En aquella época, por aquí, teníamos a Enrique III de Castilla, el tercero de los Trastámara. Fue un monarca que ya demostró que la familia lograría grandes cosas hasta el punto de que supo emparentarse con la corona inglesa, siendo su esposa una tal Catalina de Lancaster.

En un momento en el que los otomanos ya estaban dando bastante guerra (habría que esperar casi un siglo a que Colón intentara evitarlos viajando hacia el oeste y casi dos hasta que Juan de Austria les pusiera en su sitio), este monarca buscó en un tal Rui González de Clavijo un embajador que se metiera en el bolsillo al rey tártaro y septuagenario Tamorlán, más conocido como Tamerlán el Grande, si bien el nombre venía de Amir Timur, o sea, Timur-i-Lang, un mote que significaba Timur el Cojo. Sin complejos andaban por aquellos lares. El objetivo de Enrique III era hacer la pinza a los malvados otomanos.

Este reino era una encrucijada entre oriente y occidente en plena ruta de la seda. Curiosamente, si vas a Samarcanda, la capital de aquel imperio de Timur entre 1336 y 1405, te vas a encontrar con un barrio llamado Motrit, en clara referencia a la actual capital de España. Y más curioso, aún, es encontrar en aquella ciudad de Uzbekistán, una placa en honor a aquel jefe de la Cámara Real, que es como se denominaba el cargo del tal Clavijo. El tipo tiene una calle en la avenida de Samarcanda. No todo el mundo puede decir lo mismo, y es que, si en España conocemos a Marco Polo, este tipo no le anduvo a la zaga, aunque llegara bastante más tarde que el italiano.

La expedición duró tres años y se describió en una obra titulada “Embajada a Tamerlán”, una obra literaria de referencia de finales del s. XVI, puesto que se publicó en 1582, y que nos proporciona infinidad de detalles de numerosas ciudades de principios del s. XV. ¡Casi ná! No hay mucha literatura al respecto y de ahí que este libro sea una auténtica perla, si bien siempre ha habido dudas de si fue el propio Clavijo quien lo escribió o si fue su compañero de viaje, Alonso Páez de Santamaría.
Tamerlán propinó varias derrotas al tal Bayaceto, más conocido como Beyacid I, sultán de los otomanos. Ya había estado por allí una expedición previa comandada por Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo, los cuales presenciaron la victoria mongol en la batalla de Angora. Estos tipos regresaron a España acompañados de un embajador mongol llamado Mohamad Alcagí y de dos damas castellanas que tenía presas el tal Bayaceto. Para compensar, Enrique III fue cuando envió a Rui para agasajar a Tamerlán y tratar de hacerse con una posición estratégica de interés para la corona de Castilla. La ruta se dice rápido, pero tras partir desde Cádiz pasaron por Málaga, Ibiza, Mallorca, Gaeta, Roma, Rodas, Quíos, Constantinopla, Pera, Trebisonda, Zigana, Torul, Erzincan, Erzurum, Surmari, Ararat, Maku, Khoy, Tabriz, Miyana, Zanyán, Sultaniyya, Teherán, Simnan, Firuzcuh, Damghan, Jajarm, Nishapur, Andkhoy, Balkh, Tirnidh, Kish y Samarcanda. Tras llevar todo tipo de regalos, Tamerlán llamó a Enrique III “hijo mío”.
Al regresar a España, Rui fue nombrado chambelán del rey en Alcalá de Henares y las buenas relaciones de ambos reinos marcaron una importante diferencia con respecto al resto de potencias europeas.

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