Hubo un tiempo en que ser rey de Jerusalén no exigía pisar Jerusalén. Bastaba con tener buena memoria genealógica, paciencia dinástica y un escudo lo suficientemente amplio como para que cupieran todos los títulos. Y así, entre cruzadas, herencias y guerras italianas, el título de Rey de Jerusalén terminó recalando, cómo no, en la monarquía hispánica.
El Reino de Jerusalén nació en 1099 tras la Primera Cruzada y cayó definitivamente en 1291. El territorio desapareció; el título no. Pasó a los Lusignan, reyes de Chipre, y de ahí, por enredos sucesorios muy propios de la Europa medieval, a la Casa de Anjou, que reinaba en Nápoles. Cuando Alfonso V de Aragón conquistó Nápoles en 1442, incorporó a su corona no solo el reino italiano, sino también su colección de dignidades. Entre ellas, Jerusalén. Nadie desembarcó en Tierra Santa; simplemente cambió el escudo. Más tarde, Fernando el Católico consolidaría Nápoles frente a Francia con las campañas del Gran Capitán, pero el título ya viajaba en el equipaje napolitano.
Desde entonces, el rey de España es, entre otras muchas cosas que casi nadie recuerda, Rey de Jerusalén. Un reino que no gobierna, una corona sin territorio, un eco cruzado incrustado en el protocolo. Forma parte de esa letanía histórica de títulos que acompañan al monarca junto a Castilla, León, Aragón, Navarra o Granada. Jerusalén incluida. Por si acaso. Por eso, jamás nos perdonarán que les echásemos de la península el 31 de marzo de 1492, y por eso podrá haber diferencias de opiniones con nuestro gobierno de turno, pero jamás romperán relaciones con su rey.
La escena se hizo visible en 2016, durante el funeral de Shimon Peres. En primera fila, entre jefes de Estado y grandes dignatarios internacionales, se encontraba el rey de España. Y no era solo cortesía diplomática. En el lenguaje simbólico -que en estas cosas pesa tanto como el real- estaba presente también ese viejo título medieval. El Rey de Jerusalén, siglos después de perder el reino, ocupaba su lugar en Jerusalén.
Imaginen por un momento que el rey británico ostentara oficialmente el título de “Rey de Jerusalén” y apareciera en primera línea en un funeral de Estado en la ciudad santa. Habría documentales, especiales televisivos y expertos en heráldica explicando la genealogía desde Ricardo Corazón de León hasta el último Windsor. Pero como el título lo lleva el rey de España, la cosa se desliza con naturalidad burocrática. Un detalle pintoresco. Cosas del sur.
Y, sin embargo, ahí late una lección fascinante: los títulos sobreviven a los territorios, las coronas acumulan memoria y las monarquías son, en buena medida, archivos vivientes. El rey de España no gobierna Jerusalén -tranquilos-, pero conserva el eco de una aspiración medieval que cruzó mares, linajes y guerras italianas hasta instalarse en el protocolo contemporáneo.
A veces la Historia no desaparece. Se convierte en fórmula solemne. En enumeración ceremonial. Y de pronto, siglos después de la última cruzada, el Rey de Jerusalén vuelve a estar en Jerusalén.
Sin ejército. Sin castillo. Pero con asiento en primera fila
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