Hay símbolos cuya fuerza reside precisamente en que parecen haber existido siempre. Las banderas pertenecen a esa categoría. Una vez que un país adopta una, tendemos a pensar que nació con ella, como si aquellos colores hubieran acompañado desde el principio a quienes la contemplan con orgullo. La realidad suele ser bastante menos sencilla. Las banderas también tienen biografía. Cambian, evolucionan, heredan, toman prestado y, en ocasiones, esconden una historia mucho más compleja de la que el patriotismo suele estar dispuesto a admitir.

La bandera argentina constituye un magnífico ejemplo de ello. Y pocos saben que la bandera argentina, realmente, es la bandera española más monárquica que podemos echarnos a la cara.

Pocas imágenes resultan hoy tan identificables como sus tres franjas horizontales blancas y celestes coronadas por el Sol de la revolución de Mayo. Se ha convertido en el símbolo por excelencia de una nación independiente, orgullosa de su propia identidad y nacida de un largo proceso emancipador frente a España. Precisamente por eso resulta tan llamativo que el origen de sus colores continúe siendo objeto de debate entre los historiadores y que una de las hipótesis con mayor fundamento conduzca, paradójicamente, no a una ruptura con la Monarquía Hispánica, sino a una de sus condecoraciones más prestigiosas.

La explicación más popular sostiene que Manuel Belgrano se inspiró en el cielo. Es una idea hermosa. Basta contemplar un amanecer sobre la pampa para comprender por qué semejante interpretación ha terminado arraigando en el imaginario colectivo. El problema es que las explicaciones bonitas no siempre son las más ciertas. Y, sobre todo, porque Belgrano jamás dejó escrito que aquellos colores representaran el cielo, las nubes o cualquier otro elemento del paisaje argentino.

Ese silencio resulta extraordinariamente interesante.

Cuando una persona explica por qué ha tomado una decisión, el historiador dispone de un punto de partida razonablemente sólido. Cuando guarda silencio, en cambio, no queda más remedio que reconstruir el contexto en el que aquella decisión fue adoptada. Y el contexto de Manuel Belgrano nos conduce inevitablemente a España.

Belgrano no era un hombre ajeno al mundo hispánico. Muy al contrario. Había nacido en Buenos Aires cuando aquella ciudad formaba parte del Virreinato del Río de la Plata y, como tantos jóvenes criollos pertenecientes a familias acomodadas, fue enviado a completar su formación a la Península. Entre 1786 y 1793 estudió en Salamanca y Valladolid, precisamente durante los últimos años del reinado de Carlos III y los primeros de Carlos IV. Aquella experiencia marcaría profundamente su formación intelectual. Allí conoció las ideas de la Ilustración, estudió Derecho, Economía y Filosofía, y se familiarizó con el funcionamiento de la administración borbónica. Pero también convivió diariamente con los símbolos de aquella monarquía.

Y pocos símbolos gozaban entonces de tanto prestigio como la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III.

Creada en 1771 para premiar los servicios extraordinarios prestados a la Corona, la Orden estaba consagrada a la Inmaculada Concepción, cuya protección invocaba expresamente Carlos III. No era una decisión improvisada. Desde mucho antes de que la Iglesia proclamara oficialmente el dogma de la Inmaculada en 1854, España llevaba siglos defendiendo esa advocación mariana con un entusiasmo casi nacional. Reyes, universidades, ciudades, órdenes religiosas y ejércitos habían convertido a la Inmaculada en uno de los grandes símbolos espirituales de la Monarquía Hispánica.

Aquella devoción también tenía sus colores.

Desde el siglo XVII, pintores como Murillo habían fijado una iconografía que terminaría haciéndose universal. La Virgen aparecía vestida con una túnica blanca, símbolo de su pureza, y cubierta por un amplio manto azul celeste que evocaba el cielo. Aquella combinación cromática dejó de pertenecer únicamente al mundo del arte para incorporarse progresivamente al ceremonial de la propia monarquía. Cuando Carlos III creó su nueva orden de caballería, eligió precisamente esos colores para la gran banda que distinguía a sus miembros. El azul celeste y el blanco pasaron así a convertirse en uno de los emblemas visuales más reconocibles del reformismo borbónico.

¿Tomó Belgrano de ahí la inspiración para la futura bandera argentina?

La respuesta honesta solo puede ser una: no lo sabemos con absoluta certeza.

Ningún documento conservado permite afirmarlo de manera categórica. Belgrano nunca dejó escrita una explicación definitiva y los testimonios contemporáneos tampoco despejan completamente la incógnita. Sin embargo, tampoco puede ignorarse una coincidencia difícil de pasar por alto. El hombre que había vivido siete años en la España de Carlos III, que conocía perfectamente la simbología borbónica y que había sido educado dentro de la cultura política de la Monarquía Hispánica eligió exactamente los mismos colores que distinguían a la más prestigiosa orden creada por aquel rey.

Quizá sea casualidad. Quizá no.

Lo verdaderamente interesante es que esta posibilidad desmonta una de las ideas más repetidas sobre las independencias americanas: la de una ruptura absoluta entre dos mundos completamente distintos. Porque las guerras de independencia no enfrentaron a españoles contra americanos. Enfrentaron, en gran medida, a españoles nacidos en Europa contra españoles nacidos en América. Los criollos no hablaban otra lengua, no profesaban otra religión ni habían sido educados en otra tradición política. Eran hijos de la misma civilización que pretendían gobernar por sí mismos.

Por eso las continuidades fueron mucho mayores de lo que solemos imaginar. Permaneció el idioma. Permaneció el Derecho. Permanecieron las instituciones municipales, buena parte de la organización administrativa, las universidades, la religión y hasta los apellidos. Resultaría bastante extraño que precisamente los símbolos hubieran surgido de la nada, como si una nación pudiera reinventarse completamente de un día para otro.

Miguel de Unamuno comprendió esa paradoja mejor que casi nadie. Con su habitual capacidad para formular ideas incómodas en muy pocas palabras, afirmó que la bandera monárquica española era la bandera argentina. Naturalmente, no pretendía decir que ambas fueran idénticas. Lo que señalaba era algo mucho más profundo: que la Argentina independiente seguía llevando consigo una parte esencial de la tradición histórica de la que había nacido.

Y quizá esa sea la mayor ironía de toda esta historia. Mientras las nuevas repúblicas luchaban por emanciparse de la Corona, continuaban hablando su lengua, aplicando muchas de sus leyes, rezando ante los mismos altares y, muy probablemente, enarbolando unos colores que los propios reyes de España habían convertido en símbolo de su monarquía.

Porque las independencias cambian las fronteras con una rapidez sorprendente. Las culturas, en cambio, son mucho más lentas. Conservan recuerdos incluso cuando ya nadie es plenamente consciente de ellos. Y a veces basta detenerse unos segundos ante una bandera para descubrir que, bajo sus colores, todavía late la memoria de una historia compartida a ambos lados del Atlántico.

Carlos III

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