No hablamos de Patones sino de Patones de Arriba y es que, al igual que el anuncio del lavavajillas, tenemos un Patones de Arriba y un Patones de Abajo. El de Abajo es la derivada de los siglos, un lugar más cercano al rio y mucho más fácil de habitar y al que se desplazaron con el tiempo, concretamente en los años 40′ Y 60′ del s. XX, los habitantes del del Arriba, pero el de Arriba es el originario, el auténtico. Cercano a la presa del Atazar que sirve de agua a la capital, vecino de unas cárcavas que simulan un paisaje lunar y a escasos 5 km de Uceda, provincia de Guadalajara, este pueblo castellano es uno de los más visitados de la Comunidad de Madrid gracias a una arquitectura negra basada en la pizarra y gracias a su particular y divertida historia.

Motivo en una calle de Patrones de Arriba en alusión al episodio napoleónico. Fachada del restaurante Rey de Patones.

Por una parte, lo que se nos dice de Patones de Arriba es que, cuando los franceses invadieron España en 1808, el único lugar al que no llegaron fue a este pueblo de la sierra madrileña. ¿El motivo? No lo vieron, estaba escondido. Para hablar de Patones hay que decir que el lugar se las trae. Pocos sitios hay en España en donde te vas a encontrar en escasos 5 kilómetros, terrenos de las cuatro eras geológicas. Más arriba de Patones tienes el primario. Más abajo de Patones tienes las calizas del secundario, las mismas que vemos en la cercana presa del Pontón de la Oliva. En Patones de Abajo y Torremocha del Jarama tienes un valle del Jarama con terrenos del cuaternario. Y al otro lado del río, en la vecina Uceda, ya en Guadalajara, tienes el terciario con las típicas arenas del mioceno. Todo esto para decir que, efectivamente, desde el rio Jarama no se divisa un pueblo oculto entre sus pizarras y las calizas tan características de la zona. Así pues, sí, los franceses pasaron de largo.

Sus fundadores fueron tres hermanos procedentes de la vecina Uceda, esto es, Asenjo, Pero y Juan Patón. Sí, Patón era el apellido. En Patones dicen que su monarquía era hereditaria y que se pierde en la noche de los tiempos. Incluso hay quien sumerge el origen de esta dinastía en los visigodos. Vamos a ver, en 1555 el pueblo tenía siete vecinos que, además, dependían de Uceda para absolutamente todo. Curiosa es la leyenda que dice que en época del emperador Felipe II, el rey de Patones le escribió una carta de rey a rey. Me quiero imaginar la cara que debió poner el hombre más poderoso del planeta. Parece ser que entre los patoneros se entendieron y nombraron un rey que, se supone, desapareció en 1769 cuando el lugar recibió la categoría de aldea.

La primera referencia del rey de Patones proviene del s. XVII, concretamente del año 1653, cuando el cardenal gallego Baltasar Moscoso se reunió con el dichoso rey, un menda que le estaba pidiendo una ermita, la actual iglesia de San José que vemos a la entrada del pueblo. Curiosa monarquía que ni siquiera tenía pasta como para hacerse una iglesia, ¿no?

Por cierto, en su normativa sucesoria partían de la ley sálica. Así, cuando un rey como Pedro González no tenía hijos varones, el título pasaba hereditariamente a su yerno, de ahí que los reyes no conservaran el apellido Patón. El sucesor, por ejemplo, de Pedro González fue Juan Prieto. Sólo sabemos el nombre de cuatro de sus reyes en una monarquía de la que apenas se conserva base documental.

Carlos III

El final de la «dinastía patonera» se produjo por lo de siempre, por la pasta, concretamente por un tema de impuestos. El último rey de Patones, el tal Juan Prieto, envió una misiva al soso de Caros III que comenzaba diciendo: “Del rey de Patones al Rey de las Españas” ¡Con un par! Quería independizarse de Uceda y pagar menos impuestos. ¡Menos mal que estas cosas ya no pasan! Carlos III, en plan sibilino, concedió la autogestión para impartir justicia a nivel local, pero al mismo tiempo, flipó con aquella autodenominada figura de rey y la suprimió para siempre. O quizás no para siempre, ya que años más tarde vino el episodio napoleónico y los gabachos pasaron de largo, haciendo que la leyenda de Patones volviera a hacerse grande y alcanzara, incluso, hasta un punto romántico y es que, no deja de ser bonito que una simple aldea tuviera su propio rey, el rey de Patones.

Calle de Patones de Arriba, construida con pizarra.

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