Hay quien nace con estrella y hay quien nace para estrellarse. Y luego está don Álvaro de Luna, que nació con estrella, vivió como un sol, iluminando cortes, eclipsando nobles y quemando enemigos y acabó como acaban muchos astros en la historia de España, decapitado y traicionado. “Typical spanish”.
Don Álvaro fue el valido de Juan II, es decir, del padre de Enrique IV y de Isabel la Católica, un rey tan patético como pusilánime, tan aficionado a las letras como el escapismo político. Mientras el monarca componía versos con rima consonante, la corona se desmoronaba en manos de nobles desobedientes, facciones enfrentadas y alguna que otra guerra civil. Vamos, lo de siempre. En ese escenario tan bien cultivado, don Álvaro creció firme, ambicioso y voraz.
Hijo bastardo de noble aragonés, criado en la corte castellana y dotado de una astucia que haría palidecer a Maquiavelo (que aún no había nacido). Supo ganarse la confianza del rey hablándole de poesía y prometiéndole orden en la corte manteniéndole lejos del marrón de tomar decisiones. Don Álvaro gobernó mientras Juan II miraba las musarañas.
Como buen valido, entendió que le poder no se ejerce, se administra; y que no hay enemigo pequeño cuando se trata de conservar el trono. Fue implacable: humilló a nobles, arruinó linajes, tejió alianzas tan estables como la lealtad de un programa del corazón de Tele5. Al que le estorbaba lo apartaba; al que le servía, lo compraba. Inventó el “Gobierno por Proximidad” siglos antes de que existiera el teletrabajo: no había decreto, alianza, ni condena que no llevase su aroma.
Pero el poder absoluto tiene dos defectos: el primero que genera enemigos, el segundo, que esos enemigos también leen la Biblia y conocen la historia de Holofernes. Los infantes de Aragón, maestros en conspirar desde la cuna, y la alta nobleza castellana le tomaron la matrícula. Para ellos, Álvaro no era político, sino una aberración del orden natural, es decir, un segundón que mandaba más que ellos, un becario con poder.
Durante décadas don Álvaro resistió. Tenía al rey, al ejército y a la fortuna de su parte. Pero cometió el error clásico de todo hombre que cree que la historia es suya. Subestimó a la reina, Isabel de Portugal, la segunda esposa del rey, la cual, no compartía el entusiasmo de su marido por el valido. No veía en él un pilar del reino, sino más bien un parásito engreído. Donde el rey veía a su gran amigo, ella veía a su carcelero.
Y entonces vino la caída. Rápida, brutal, inevitable. En 1453, don Álvaro fue arrestado, juzgado de aquella manera de conspiración y hechicería y ejecutado en Valladolid el 2 de junio de aquel mismo año al estilo de la gente noble, es decir, con un hacha y un verdugo judío. Claro, los judíos tenían unos cometidos que era imposible que cayesen bien. El mismo rey, a regañadientes, tuvo que firmar su sentencia con una mezcla de culpa, cobardía y resignación. El rey escapó a su Alcázar en Segovia, a su torre de Juan II para no ser testigo del fatídico final en el cadalso de su querido amigo. Hay, incluso, una leyenda que dice que aquella misma noche se le presentó el espíritu de don Álvaro para decirle que no duraría con vida más de un año. El rey, Juan II, falleció el 21 de julio de 1454. Casi, por poco, duró casi 14 meses más. Sin Álvaro en el horizonte, Castilla se quedó sin su gobernante para darse cuenta de que tampoco tenía uno bueno de repuesto. ¡Menos mal que esas cosas ya no pasan!
La historia le reservó a don Álvaro un lugar incómodo en su recuerdo. Ni héroe, ni villano, ni mártir, ni tirano. Fue un hombre brillante que jugó con fuego, y se quemó. Fue el arquitecto de un ascenso y el albañil de su ruina. Gobernó a un país que prefería ser gobernado…hasta que le pareció que el arquitecto era demasiado ambicioso.
Hoy pocos recuerdan su tumba en Toledo, ni sus reformas políticas, ni su habilidad estratégica. Pero su vida nos deja enseñanzas como que en Castilla el poder no se hereda, se disputa; y cuando te crees imprescindible, la historia se encarga de demostrarte lo contrario.
Hoy, Álvaro de Luna es un cantante de fama y sus fans, quizás, desconozcan que hace casi seis siglos, otro Don Álvaro de Luna fue valido, pero también fue villano para muchos… y víctima de todos.

Descubre más desde Relatos de la Historia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.