Hay momentos en los que los imperios muestran toda su grandeza. Y otros en los que dejan claro que, en realidad, funcionan gracias a gente bastante corriente haciendo cosas extraordinarias. Las invasiones inglesas de Buenos Aires, a comienzos del siglo XIX, pertenecen sin duda a esta segunda categoría. Y en ese escenario aparece el Tercio de Gallegos: un grupo de hombres que, sobre el papel, no estaban llamados a hacer Historia… pero que acabaron haciéndola.
Corría 1806-1807. España, como tantas otras veces, estaba entretenida en sus propios problemas europeos —Napoleón mediante— y sus territorios en América quedaban, digamos, relativamente desatendidos. Algo que el Imperio británico, siempre atento a oportunidades ajenas, interpretó como una invitación.
Resultado: invasiones inglesas en el Río de la Plata.
Buenos Aires cayó en 1806 casi sin resistencia organizada. No porque faltara valor, sino porque faltaba, básicamente, todo lo demás: coordinación, tropas regulares suficientes y una estructura defensiva eficaz. Pero lo interesante vino después. Porque la ciudad no se resignó. Se reorganizó. Y lo hizo de una forma bastante peculiar: creando milicias locales.
Y aquí entran los gallegos.
El llamado Tercio de Gallegos estaba formado por vecinos originarios de Galicia —o descendientes— residentes en Buenos Aires. Comerciantes, artesanos, gente que había cruzado el Atlántico buscando oportunidades… no exactamente soldados profesionales. Pero, como suele ocurrir en estos casos, cuando la situación aprieta, el currículum pierde importancia.
Se organizaron, se armaron y, lo más relevante, se integraron en un sistema de defensa urbana que convirtió Buenos Aires en algo bastante incómodo de conquistar.
Porque cuando los ingleses volvieron en 1807, esperando una operación más o menos sencilla —al fin y al cabo, ya habían tomado la ciudad una vez—, se encontraron con algo distinto. Calles convertidas en trampas, resistencia organizada barrio a barrio… y milicias como el Tercio de Gallegos dispuestas a defender la ciudad como si les fuera la vida en ello. Que, por cierto, les iba.
El combate urbano fue duro. Nada de grandes batallas campales con formaciones elegantes. Aquí se luchaba casa por casa, esquina por esquina. Y en ese tipo de guerra, la disciplina importa… pero el conocimiento del terreno y la motivación importan más.
El Tercio de Gallegos participó activamente en esa defensa. No eran los únicos, por supuesto —también estaban regulares de la corona española, los Patricios, los Arribeños y otras unidades locales—, pero su papel forma parte de ese esfuerzo colectivo que consiguió lo que, sobre el papel, parecía improbable: obligar a un ejército británico a rendirse.
Un detalle interesante, visto con perspectiva.
El Tercio de Gallegos, además, refleja muy bien la composición social de aquella Buenos Aires: una ciudad donde las identidades regionales seguían siendo importantes. No eran simplemente “españoles”, sino gallegos, vascos, criollos… cada grupo con su propia organización. Algo que, en el corto plazo, permitió una movilización rápida y eficaz. Y en el medio plazo… bueno, digamos que sembró ciertas semillas.
Y esto tiene su ironía.
Y estos milicianos, pronto, en 1810, supieron que si habían conseguido defenderse de los británicos, por qué no independizarse de la península que se encontraba sobrepasada ante Napoleón y con un importante vacío de poder.
Porque pocos años después, uno de los grandes protagonistas de la independencia sería José de San Martín. Antes de convertirse en el Libertador de Argentina, Chile y Perú, había sido oficial del ejército español y había combatido a las órdenes del general Castaños en la victoria de Bailén, la primera gran derrota de Napoleón en campo abierto en toda Europa, aunque a Ridley Scott se le olvidara mencionarlo en su peli.
Y, por si la Historia no tuviera ya suficientes ironías, hasta el nombre de Argentina se debió a un clérigo extremeño, Martín del Barco, que la bautizó así porque en el virreinato había plata, pero no en Argentina, sino en Potosí (Bolivia), por mucho que digan lo contrario Kirchner y Milei.
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👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻 súper interesante
Como todo lo que escribe don Marcelino, espero impaciente sus próximos relatos.