La reina Isabel la Católica jamás debió haber sido reina o, mejor dicho, era la que peor lo tenía para terminar reinando. Viendo cómo quedaba ubicada su persona en su propio árbol genealógico, insisto, era la última entre sus hermanos con derecho al trono.

Su padre, fue Juan II, se casó dos veces. Con su primera esposa, María de Aragón, tuvo 4 hijos, Enrique, que sería más tarde Enrique IV, Catalina, Leonor y María. Estas tres últimas fallecieron muy jóvenes, con dos años de edad en el caso de Catalina y Leonor y con apenas un año María, de hecho, a esta última no les dio tiempo ni a meterla en la relación de Princesas de Asturias.

Cuando falleció María de Aragón, Juan II se volvió a casar, esta vez con Isabel de Portugal. Con esta segunda esposa tuvo dos hijos más, Isabel (Isabel la Católica) y Alfonso. Por la ley sálica, Alfonso estaba antes que Isabel en la sucesión al trono.

Así pues, Juan II tuvo 6 hijos de dos matrimonios y la última en tener derecho era nuestra querida Isabel I de Castilla. Para que ella fuera reina, esto debía funcionar como la película de “Los Inmortales”, es decir, sólo puede quedar uno. Pues bien, cuando ella nació, ya habían fallecido sus hermanastras Catalina, Leonor y María. Así pues, el árbol de su familia es un poco engañoso. Ella realmente sólo tenía por delante a Enrique IV y a su hermano, el Infante don Alfonso.

Enrique IV

El caso es que quien reinó de primeras fue su hermanastro, Enrique IV. Este tuvo una historia similar a la de su padre. Se casó dos veces. Su primera esposa fue Blanca de Navarra, pero no tuvo hijos con ella. Al considerarla estéril, se divorció de ella unilateralmente, es decir, como Puigdemont, sin esperar a la venia de Roma. Esto fue un craso error, puesto que fue utilizado por Isabel cuando quiso acceder al trono.

Mientras tanto, Enrique IV tenía malviviendo en Arévalo a sus hermanastros Isabel y Alfonso con la madre de estos, Isabel de Portugal, totalmente apartados de la corte. Se dice que pasaban hasta hambre. Esto es importante afirmarlo porque a día de hoy hay quien trata a Isabel de golpista, de golfa, etc, pero la realidad es que, su hermanastro les maltrató bastante desde bien jóvenes.

La segunda esposa de Enrique IV fue Juana de Portugal. Con ella tampoco parecía que hubiera suerte, ya que tampoco llegaban los hijos. El caso es que el tipo, Enrique IV, era un mujeriego de narices, e incluso hay testimonios de prostitutas segovianas que aseveraban haberse acostado con él. La presión era enorme por parte de la nobleza castellana y en la llamada “farsa de Ávila” se le decía “a tierra puto” (“puto” era un término para acusarle de ser homosexual, cuestión que en aquel entonces no era bien vista, sobre todo por generar dudas en cuanto a tener descendencia). En esta “farsa de Ávila” se trató de investir rey a su hermanastro, el infante don Alfonso. Se dice, se cree que, en una comida con truchas, el rey envenenó al infante Alfonso, el cual terminó matarile.

La presión iba creciendo y hasta del este de Europa vinieron unos judíos que protagonizaron el primer intento de fecundación in vitro de la historia. Sí, sí, has leído bien. Esto sucedió en el s. XV, ¡con un par! El caso es que en una cánula de oro metieron el “material de combate” del rey y con ello intentaron fecundar a la reina Juana, pero vamos, ¡el “fail” fue de aquí te espero!

El caso es que al final sí que hubo descendencia. Los Jorge Javier Vázquez de la época, es decir, la prensa rosa que no eran otra cosa que los juglares que iban de mercado en mercado y de ciudad en ciudad, contaron dos historias. La primera versión decía que Enrique IV había pedido a su mejor amigo, su valido, el Duque de Alburquerque, que se acostara con su mujer. La segunda versión decía que la reina Juana, cansada de los cuernos que le ponía el rey, decidió acostarse con el mejor amigo de éste, el valido. Como el valido, el Duque de Alburquerque, se llamaba Beltrán de la Cueva, y la reina se llamaba Juana, a la niña, porque lo que tuvieron fue una niña, se la llamó Juana… y se la conoció como Juana “la Beltraneja”. La madrina de bautismo, ¡manda huevos!, fue su medio tía, la infanta Isabel, la futura reina de Castilla.

Juana la Beltraneja

Total, que la gente seguía diciendo que la Beltraneja no era hija del rey y, por lo tanto, en el Tratado de los Toros de Guisando, el rey, Enrique IV, decidió que quien reinaría tras su muerte sería su hermanastra, Isabel, y no su supuesta hija, Juana la Beltraneja. ¡Para qué queríamos más! Eso sí, a cambio, Enrique le buscaría marido a Isabel. Le buscó cuatro, uno de la casa de Mendoza (de los de la futura Princesa d Éboli), otro de la casa real inglesa y otro de la francesa. Bueno, me falta por mencionar uno, el mejor de todos, el segundo candidato que le buscó su hermanastro, nada más y nada menos que el rey portugués, Alfonso V el Africano. Este rey era el tipo más rico del planeta, una suma de Aristóteles Onasis, Bill Gates y Amancio Ortega. Un tipo que tenía todo el comercio con África para todo lo relacionado con el tema de esclavos y piedras preciosas. Isabel lo dejó en el último momento casi tipo Julia Roberts en “Novia a la fuga”. Bueno, no tan en el último momento, pero casi. El caso es que un buen día, Isabel dijo que se iba a visitar la tumba de su hermano en Arévalo, y lo que hizo fue escaparse a Valladolid para contraer, en secreto, matrimonio con el rey Fernando II de Aragón, es decir, el que sería Fernando V de Castilla unos años más tarde. Esto sucedió en el Palacio de los Viveros con una bula papal falsa que le proporcionó el obispo de Toledo, Alonso Carrillo de Acuña, puesto que el papa se oponía. Lo que dijo Enrique IV al enterarse debió ser algo así como “¡la madre que parió a Panete!”. Decidió cambiar su testamento, que custodió un clérigo que marchó a Portugal y del que nadie, jamás, supo nada. Este testamento cayó en manos del rey Fernando en 1504 cuando la reina Isabel estaba en su lecho de muerte. Lo quemó. Jamás sabremos que ponía en él, pero se supone que debía decir que quien debía heredar el trono a su muerte debía ser la Beltraneja y no Isabel. Pero eso no se sabe a ciencia cierta, es un suponer.

En 1474 falleció Enrique IV y ya sólo quedaba Isabel, pero no, quedaba también su ahijada, Juana la Beltraneja. A esta la asesoró tanto el obispo de Toledo, el de la bula papal falsa, como el que debió haber sido valido de Enrique IV, pero que nunca lo fue porque le quitó el puesto un advenedizo, el supuesto padre de la criatura, el duque de Alburquerque, el mejor amigo de Enrique IV. Este tipo era Juan Pacheco, el Marqués de Villena, el propietario de todos los castillos de la carretera de Alicante, antiguo camino de Madrid a Cartagena, es decir, el dueño de los castillos de Belmonte, Chinchilla, Alarcón, Villena, Almansa, etc. Este tipo, que estaba forrado, para meter baza, le dijo a la Beltraneja que se casara con su tío, nada más y nada menos que el rey de Portugal, sí, sí, ese al que la reina Isabel había dado plantón a última hora y con el que no se casó. ¡Se lio parda!

Isabel se coronó reina el 13 de diciembre de 1474 en Segovia, pero mientras tanto, el marqués de Villena y el rey de Portugal malmetieron y se generó la Guerra de Sucesión Castellana. Tuvo dos grandes episodios, que fueron la Batalla de Toro, con victoria de Isabel, y la Batalla de Guinea, ya que los Reyes Católicos se vinieron arriba y quisieron quitarle el comercio con África al rey portugués. En Guinea nos dieron los portugueses por todas partes. Así, tras una gran victoria por cada bando, se firmó el Tratado de Alcacovas, que básicamente decía que lo ocurrido en el terreno de juego debía quedar en dicho terreno de juego y así, Alfonso V se quedaba con el eje norte-sur del Atlántico salvo Canarias, unas islas en las que España ya llevaba casi un siglo dándose de tortas, y Castilla se quedaba para Isabel.

Juana la Beltraneja se metió monja de clausura y a día de hoy no sabemos dónde se encuentra enterrada. Una pena, porque Enrique IV está enterrado en Guadalupe y podríamos hacerles una prueba de ADN para determinar si verdaderamente eran padre e hija, pero no sabemos qué fue de la Beltraneja. Por cierto, lo de Guadalupe es curioso porque Extremadura fue el Marina D`or de la época, al que acudían todos los reyes a morir, y es que el gran Carlos I de España y V de Alemania pasó sus últimos días en el Monasterio de Yuste (Cáceres), curioso y bello lugar para los últimos días de este gran emperador.

El caso es que, quien heredó el trono, fue la reina Isabel I de Castilla, coloquialmente conocida como Isabel la Católica, y definitivamente, con ella, el mejor monarca que jamás tuvo Castilla y España. Digamos que con ella España entró en la Champions League. Que sí, que ya lo sé, que España aún no existía como tal…¡y dale!

Isabel la Católica

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