Esta semana se han cumplido 550 años del ascenso al trono del mejor monarca que jamás vio la península Ibérica. La mejor lideresa, la arquitecta de un imperio y que se convirtió en reina con solo 23 añitos. Enrique IV había fallecido el 11 de diciembre y su medio hermana, Isabel, quiso haber ascendido al trono el día de su santo de referencia, San Juan Evangelista, un personaje que celebraba su festividad el 27 de diciembre, pero no pudo esperar y se coronó como reina de Castilla el 13 de diciembre de 1474 en Segovia.

No pudo esperar porque gran parte de la nobleza estaba de parte de su ahijada, su supuesta sobrina, la princesa de Asturias, Juana, una adolescente de la que muchos dudaban de que fuera hija de Enrique y sí de su valido, Beltrán de la Cueva. Estamos hablando de Juana la Beltraneja. Entre sus grandes apoyos estaban Alonso Carrillo de Acuña, el obispo de Toledo que consiguió años atrás una bula papal falsa que permitió casarse en secreto a los Reyes Católicos en 1469 en Valladolid, una pareja de la que se sabía que eran primos segundos y que había olvidado al obispo que facilitó su matrimonio. La Beltraneja también tuvo el apoyo de Juan Pacheco, el conocido como marqués de Villena, un tipo que debió haber sido el valido de Enrique y de Isabel, pero que consciente de su papel secundario, no dudó en apoyar a Juana. Un señor que era dueño de todos los castillos del camino Madrid-Cartagena, es decir, los castillos de Belmonte, Alarcón, Chinchilla, Almansa, Villena, etc. Y por supuesto, Juana recibió el apoyo del hombre más rico de la cristiandad, Alfonso V, el rey de Portugal, el hombre al que dejó plantado Isabel y al que consiguieron casar con la Beltraneja, su sobrina, nuevamente con una bula papal falsa. ¿Quién era el papa? Sixto IV, el culpable de que a la capilla del Vaticano la llamemos Sixtina.

Enrique había sido considerado homosexual y hubo muchas dudas en cuanto a su supuesta hija, de ahí que en el Tratado de los Toros de Guisando decidiera que quien debía reinar era Isabel, pero como esta, finalmente, se casó con quien quiso, cambió su testamento.

Ante la muerte de su hermano y con el apoyo de la nobleza castellana, Isabel se coronó en el Alcázar de Segovia, sin esperar a las Cortes y con la intención de gobernar por derecho propio. Porque yo lo valgo. Segovia le era leal y en el alcázar estaba el tesoro de Segovia, lo cual le proporcionaba una seguridad financiera ante una eventual oposición. El tesoro se componía de lingotes de oro, metales preciosos, monedas a tutiplén, joyas, coronas, collares, etc.

De ahí se fue a la antigua iglesia de San Miguel, que estaba en donde hoy se encuentra el quiosco de la Plaza Mayor. La iglesia se demolió en 1532 y más tarde se levantó la actual, a escasos metros de una Plaza Mayor que hoy es mucho más grande. Esta iglesia fue clave porque coronarse ahí suponía tener un compromiso con la fe. Al lado suyo estuvo el rey Fernando con su espada y como rey de Aragón. La nueva reina portaba el cetro como símbolo de poder, y la audiencia segoviana se concentró en una iglesia que, para ellos era icónica puesto que era en la que se celebraba el concejo.

Tras este acto, la reina, de regreso al alcázar, hizo parada en la catedral gótica de Santa María. Esta era una catedral que estaba ubicada en la actual plaza de Victoria Eugenia, es decir, enfrente del alcázar. Allí se entonó un Tedeum y finalmente regreso al Alcázar, un lugar del que Fernando el Católico aseguraba que las paredes oían. Esta fue la coronación oficial y tras ello, Castilla se introdujo en una nueva guerra civil, una de las muchas que hemos tenido.


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