Imagínate que a los 3 años ingresas en un convento, te enseñan a rezar todos los días, te vuelves una mujer culta sin salir jamás del edificio, y cuando tienes 15 años, va tu madre, Carolina de Borbón y Parma, y te dice que te cases con un tu primo segundo que es un rey, un tío de 35 años que ya ha enviudado hasta en dos ocasiones, que necesita tener hijos como sea y que tiene una patología llamada macrogenitosomía, es decir, un trastorno que provoca un desarrollo desbordado de tu miembro viril (vamos, que le medía más de 25 cm) y que le hizo tan famoso en los burdeles madrileños que le apodaron Hércules. ¡Con un par!

Pues sí, esta alemana rubia de ojos zarcos fue recibida en 1819 en Vitoria con una corrida de toros para agasajarla. La chica le dijo a su marido que, “…me hace una impresión desagradable el ver a esta pobre gente, que no es útil a nada en el mundo, y que, por nada, por un juego, expone su vida y su eterna salud”. Terminó añadiendo “no quiero tener la más mínima parte en esta barbarie”. Y esto, sin existir PACMA.
Cuando se casó el 20 de octubre de 1819, la joven culta pensaba que los bebés los traía la cigüeña y como no las tenía todas consigo, tuvo que tirar de copilot. Como la chica no se enteraba, el marido, Fernando VII, tuvo que llamar a su cuñada, María Francisca de Braganza, la hermana de su anterior esposa, para que le pusiera un PowerPoint a su nueva esposa sobre cómo concebir.
Tras la teórica, Fernando VII hizo una demo y se quedó como Dios lo trajo al mundo. La chica se orinó encima, literal, y claro, huyó despavorida. Pasó más miedo que el compañero de celda de Nacho Vidal. El rey, aun en bolas, se quedó dubitativo diciendo ¡comoooorrrr! ¿Te das cuen? Este episodio no se sabe si es cierto, puesto que fue contado, años más tarde, por Prósper Mérimée (historiador francés) que, escribió a otro escritor, Henri Beyle (conocido como Stendhal…el menda del famoso síndrome por el que ves una obra bella y flipas tanto que pierdes el sentido). En la carta, que tiene bastantes lagunas, le decía que una dama de la corte le había contado que en la noche de bodas, la reina salió corriendo al ver el miembro del rey. Decía, literalmente, que era “delgado como una barra de lacre en la base, grueso como un puño en el extremo y largo como un palo de billar”. Vamos, que tenía un cetro ceremonial.


Tras el susto de muerte, la chama solo quería a su marido para rezar. Más aburrido que un enano en un concierto, Fernando VII escribió al papa para anular el matrimonio y León XII lo que hizo fue animar a la joven a hacer “guarreridas españolas”, que en realidad no lo eran porque en el convento germano no le habían dicho que dentro del matrimonio el VAR decía que todo era legal. El rey, incluso, le llegó a pedir al papa apartarla de un obispo que le tenía sorbido el cerebro, un tal Francisco Antonio Ramírez de la Piscina.

Por probar suerte y en aras de aumentar la fertilidad de la reina, les recomendaron las aguas de Sacedón y de Solán de Cabras. En un viaje a este último sitio, en un cálido mes de agosto, y sudando más que el sobaco de Camacho, el rey llegó a sacar la cabeza del carruaje y le dijo a un oficial que, “de este viaje salimos todos preñados menos la reina”.
Finalmente, estando en el Palacio de Aranjuez, la reina cogió unas fiebres que la dejaron en cama. Además, el Tajo se desbordó debido al «clima cambiático», lo cual aumentó la humedad en el ambiente y el empeoramiento de la reina. El 18 de mayo de 1829 falleció María Josefa Amalia de Sajonia, la tercera esposa del rey felón.
Para que nos hagamos una idea de esta señora, de los españoles opinó lo siguiente: “…los españoles carecen de instrucción, son muy religiosos, pero malos religiosos porque basan su devoción en prácticas rutinarias externas sin saber lo que hacen, ni porqué lo hacen. Desconocen los evangelios, y puesto que han sido formados por un clero intolerante, los españoles son intolerantes en lo político y en lo religioso”. ¡Menos mal que estas cosas ya no pasan!

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Efectivamente, menos mal que ya no pasan.
Me siguen encantando tus relatos y como los cuentas.
Qué tengas unas felices fiestas