¿Saben los españoles que la capital de Persia fue descubierta y descrita por un extremeño? Así es, y es que a Persépolis llego a principios del XVII un tal García Silva de Figueroa.

Parece ser que los españoles no paraban de vencer a los otomanos en el este de Europa y las noticias llegaron a Persia, actual Irán, concretamente al Shah Abbás I.

García Silva de Figueroa

García Silva, licenciado, buen militar y corregidor de Jaén y Badajoz, se convirtió en el embajador perfecto para Felipe III, uno de los peores reyes que jamás tuvo España. Cabe decir que su paso por Persia hizo que desempeñase funciones de naturalista, etnógrafo, geógrafo, historiador, arqueólogo y corresponsal. A él se deben las primeras descripciones que llegaron a Occidente de ciudades como Persépolis o Palmira, ciudades castigadas por ISIS en la guerra de Siria en la segunda década del s.XXI.

García Silva, incluso, dictaminó que el cuneiforme no era simple decoración sino un lenguaje escrito más antiguo que el caldeo, el arábigo o el hebreo. Y claro, estas cosas no se explican en los colegios, no sea que nos sintamos orgullosos ¿Pa qué? El tipo sorprendió a los persas tanto que les llegó a hablar de antepasados persas que ellos mismos desconocían, como era el caso de Sofi Hismael, el Jeque Aidar o el Shah Thamas, ancestros del tal Abbás I, artífice de la bella Isfahán. Debieron flipar con él, ya que al escucharle hablar de la propia historia persa dedujeron que el extremeño debía tener mucho más de 120 años y por lo tanto debía ser inmortal. Total, que para quedar bien con él y su mujer le agasajaron con concubinas, y claro, a la mujer de García, gracia lo que se dice gracia, no le hizo. García Silva no paraba de rechazar tales agasajos y por supuesto, la conclusión fue que el tipo, además de inmortal, era impotente. Vamos, que el cachondeo debió ser de órdago y para García Silva la situación debió ser surrealista.

Ruinas de Palmira. Antes de la guerra de Siria, 150.000 turistas al año la visitaban

Así pues, García Silva estuvo en Isfahán entre 1614 y 1624, detectó los restos de Persépolis, la ciudad de Darío que destruyó Alejandro Magno, y de la Palmira de la reina Zenobia, y a España, por supuesto, le dio bastante igual el tema, de modo que hubo que esperar al XIX para que la asiriología cogiera una gran dimensión gracias a los de siempre, es decir, Alemania, Francia e Inglaterra, pero el primero en hablar sobre el asunto fue un español de 66 años, un extremeño, uno de nuestros primeros arqueólogos y que además y para más señas, era inmortal.

Ruinas de Persépolis

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