Todos conocemos a los autores del Siglo de Oro. Nos los han repetido hasta la saciedad: Lope de Vega, Calderón de la Barca, Quevedo, Góngora, Cervantes. El póker completo, la alineación titular de la literatura española. Pero si rascamos un poco, si levantamos la alfombra del canon, descubrimos que también hubo escritoras brillantes, incómodas y peligrosas. Tan buenas o mejores. El problema es que casi nadie sabe quiénes fueron. Y si las sabe, finge que no. Ahí entra María de Zayas, que escribió como si no tuviera miedo… o precisamente porque lo tenía, pero decidió ignorarlo. Y aquí estamos, siglos después, sin acordarnos de ella.
María de Zayas no vino a decorar el Siglo de Oro: vino a dinamitarlo. A comienzos del XVII publicó “Novelas amorosas y ejemplares” y “Desengaños amorosos”, dos colecciones que hoy pasarían por panfleto feminista radical y aun así se quedarían cortas. Zayas no sugería, acusaba. No insinuaba, señalaba. Retrató el matrimonio como cárcel, la educación femenina como mutilación, y la violencia de los hombres como un hecho cotidiano o una costumbre social aceptada, casi folklórica, y con bendición eclesiástica. En “La inocencia castigada” no hay simbolismo amable: una mujer es emparedada viva por su marido tras una acusación falsa. Piedra sobre piedra. Silencio sobre silencio. Justicia poética cero.
Y lo más incómodo es que María fue famosa en vida. Se publicó, se leyó, se comentó. No era una rara avis ni una escritora de salón. Pero llegó la censura de la Inquisición y su prestigio duró menos que un tanga en el carnaval de Río. Sus textos molestaban, porque denunciaban demasiado bien y demasiado pronto. Así que se la borró del mapa. Fuera antologías. Fuera manuales. Fuera memoria. Durante siglos. Como si no hubiese existido. Hoy apenas queda su nombre grabado en el suelo del barrio de las Letras de Madrid. Literalmente a ras de tierra. No vaya a ser que alguien tropiece con ella y empiece a pensar.
Y, sin embargo, leerla hoy produce vértigo. No porque sea antigua, sino porque es actual. Zayas no pedía permiso, ni perdón. Advertía a las mujeres y retrataba a los hombres sin épica, sin honor y sin excusas. Por eso incomodó entonces y por eso sigue incomodando ahora. No encaja bien en un panteón literario construido para genios con espada y pluma, no para una mujer que decidió contar lo que pasaba puertas adentro. María de Zayas no necesita estatuas, ni efemérides huecas: necesita lectores. Y memoria. Esa que se llena la boca de igualdad mientras sigue olvidando a quien la escribió con sangre, tinta y una lucidez que todavía escuece. Quizás el problema sea ese: que no la hemos leído lo suficiente. O que leerla obliga a mirarnos al espejo y admitir que algunas cosas no han cambiado tanto como nos gusta creer. Y eso, claro, siempre resulta más incómodo que seguir recitando de memoria a los de siempre. Aunque luego presumamos de modernidad y hashtags cada mes de marzo, pero eso, que ni se le recuerda, ni se espera que se la recuerde en un 8M por el feminismo de pancarta.
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Leerte siempre es una delicia. Es lo que cuentas, pero sobre todo, cómo lo cuentas.