Hay instituciones que nacen con vocación de grandeza… y otras que empiezan casi como un tablón de anuncios con aspiraciones. El origen del actual BOE —ese documento que hoy nadie lee por placer pero todos temen por sus consecuencias— pertenece claramente al segundo grupo. Porque antes de ser el solemne Boletín Oficial del Estado, fue algo mucho más cercano a una gaceta de noticias. El nombre se las traía, y es que era bien sencillo: la Relación o gaceta de algunos casos particulares, así políticos como militares, sucedidos en la mayor parte del mundo hasta 1660. Siempre me he imaginado a sus lectores yendo al kiosko a pedir su ejemplar pronunciando el nombre completo.
El título ya promete. No tanto por la precisión como por la ambición. Básicamente, se trataba de contar lo que pasaba. En el mundo, nada menos. Con ese punto de confianza que da el siglo XVII, donde la información viajaba despacio… pero la seguridad al escribir, no tanto.
En aquella Europa barroca, la información empezaba a convertirse en algo valioso. Las monarquías entendían que no solo había que gobernar, sino también contar lo que se gobernaba. Y si era posible, hacerlo con cierto control sobre el relato. Porque informar está muy bien… pero informar bien orientado está mejor.
La Gaceta de Madrid, que acabaría consolidándose como publicación periódica, no era un periódico al uso como los entendemos hoy. No había columnas de opinión airadas ni debates encendidos. Era, más bien, una mezcla de noticias oficiales, sucesos relevantes y, sobre todo, una herramienta para transmitir la versión “correcta” de los acontecimientos.
Guerras, tratados, movimientos diplomáticos, decisiones de la Corona… todo pasaba por ese filtro. No era exactamente propaganda —aunque a veces se le parecía bastante—, pero desde luego tampoco era un espacio de crítica libre. Digamos que la objetividad tenía ciertos límites… y esos límites los marcaba el poder.
Con el tiempo, la publicación fue evolucionando. Lo que empezó como una relación de noticias fue adquiriendo un carácter más oficial. Ya no se trataba solo de contar lo que ocurría, sino de comunicar lo que debía saberse. Y eso, en un Estado cada vez más complejo, era fundamental.
En el siglo XVIII, bajo los Borbones y concretamente con Carlos III, la Gaceta de Madrid se consolidó como órgano oficial de la monarquía. La información se fue formalizando, estructurando… perdiendo quizá algo de ese aire narrativo inicial, pero ganando en función administrativa. Con Isabel II se dijo que todo lo oficial debía aparecer en esta gaceta y así, poco a poco, acabó transformándose en el actual BOE.
El cambio de nombre y de formato refleja también un cambio de función. Ya no es una gaceta que informa de “casos particulares” por el mundo, sino un boletín que publica leyes, decretos, nombramientos y disposiciones oficiales. Es decir, no cuenta lo que pasa: establece lo que pasa.
Y aquí está la ironía histórica.
Lo que empezó como una especie de resumen de noticias del reino —con su toque de crónica y su inevitable sesgo— ha acabado siendo el documento que define el marco legal en el que vivimos. De leerlo para enterarte, a necesitar leerlo para no meterte en problemas.
Porque el BOE tiene algo que lo distingue de cualquier otro texto: lo que aparece en él no es una opinión ni una interpretación. Es norma. Es realidad jurídica. Si está publicado, existe. Y si existe… conviene haberlo leído, aunque sea por supervivencia.
Eso sí, el estilo ha cambiado. Donde antes había relatos de batallas o movimientos políticos con cierto aire narrativo, hoy hay artículos, disposiciones adicionales y un lenguaje que parece diseñado para que uno lo lea dos veces… y siga sin estar del todo seguro de haberlo entendido.
Pero en esencia, hay una línea de continuidad clara: el poder comunicándose con la sociedad. Antes para contar lo que hacía; ahora para establecer lo que se debe hacer.
Así que la próxima vez que alguien abra el BOE —voluntariamente o por necesidad— quizá convenga recordar que, en el fondo, está leyendo el descendiente directo de una gaceta del siglo XVII que pretendía explicar el mundo… aunque fuera a su manera.
Y eso, en una época donde todo parece cambiar a gran velocidad, tiene algo casi reconfortante: saber que incluso los textos más áridos tienen un pasado sorprendentemente narrativo.
Aunque, eso sí, el entretenimiento se quedó por el camino. Hoy, si quieres saber lo que dicta el gobierno tienes que ver TVE1.
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