Cuando el rey Martín I el Humano murió en 1410 sin herederos legítimos, la Corona de Aragón, ese entramado político formado por distintos territorios unidos bajo una misma corona, pero con leyes e instituciones propias, se asomó al abismo. La falta de un sucesor claro abrió la puerta a una guerra civil. Ocho pretendientes reclamaban el trono, las tensiones crecían, y cada territorio (Aragón, Valencia y los condados catalanes) empezaba a defender sus propios intereses y sin ganas de formar un grupo de whatsapp.
Pero entonces sucedió algo poco frecuente en la Europa del siglo XV: se optó por la negociación en lugar del conflicto. En la villa de Caspe, en 1412, se reunieron nueve compromisarios —tres de Aragón, tres de Valencia y tres de los condados catalanes— para buscar una solución pactada. Tras semanas de deliberaciones, eligieron como nuevo rey a Fernando de Antequera, infante de Castilla y miembro de la casa de Trastámara. No lo eligieron por su ejército ni por su oro, sino por el equilibrio político que representaba.
Fernando, que pasaría a ser Fernando I de Aragón, accedía así al trono por medio de un pacto político, no por la conquista. La suya fue una elección pragmática, que garantizaba estabilidad y respeto a las particularidades de cada territorio de la Corona. Fue el inicio de una nueva dinastía en Aragón, con consecuencias duraderas para toda la península.
Años antes de reinar, Fernando se había casado con Leonor de Alburquerque, en 1394. La noble castellana era conocida como la Ricahembra por su cuenta bancaria más que generosa. Su linaje la conectaba con la nobleza de Castilla y Portugal, y su matrimonio con Fernando consolidó el poder de los Trastámara. Tuvieron siete hijos, entre ellos dos de gran relevancia: Alfonso V el Magnánimo, que sucedió a su padre, y Juan II de Aragón, padre del futuro Fernando el Católico.

Pero la influencia de esta pareja va más allá. Porque Fernando I y Leonor de Alburquerque fueron bisabuelos de ambos Reyes Católicos: tanto de Fernando II de Aragón como de Isabel I de Castilla, aunque por ramas distintas. Los célebres monarcas que completarían la Reconquista y emprenderían la expansión ultramarina eran primos segundos, y compartían el mismo origen dinástico: los Trastámara. Trastámara, por cierto, viene del latín «tras Támaris», es decir, detrás del río Tambre (eran de origen gallego).
El Compromiso de Caspe no solo evitó una guerra, sino que marcó un giro en la historia. Fue una demostración de que, incluso en la Edad Media, la palabra podía imponerse al mandoble. Aquel pacto entre aquellos territorios no solo salvó a la Corona de Aragón del desgarramiento interno, sino que plantó las raíces de la futura unión de Castilla y Aragón bajo un mismo linaje. Una unión que cambiaría la historia de España y del mundo para siempre.

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Muy bien detallada la historia. Gracias, como siempre por poder empezar el fin de semana, leyéndote.