Me tomo la libertad de incluir el pregón que tuve la oportunidad de pronunciar en las fiestas de mi pueblo el pasado 16 de mayo de 2025.

Buenas noches, señora presidenta de la excelentísima Diputación de Toledo, señora alcaldesa de Corral de Almaguer, señoras alcaldesas de Cabezamesada y El Romeral, miembros de la corporación municipal, autoridades, reinas y damas de las fiestas, acompañantes, corraleños, amigos todos:

Ser pregonero de las Fiestas de la Función es un verdadero honor y también una emoción que cuesta explicar. Antes de nada, agradezco a todas las familias, a las peñas, a los vecinos incansables que hacen posible que las fiestas luzcan como se merecen. A los que preparan, a los que organizan, a los que trabajan entre bastidores para que todo funcione. Y os invito, de corazón, a que vivamos estos días con alegría desbordante, con gratitud infinita, y con esa ternura sabia que solo se aprende en los pueblos donde la vida, aunque a veces dura, siempre es auténtica y verdadera.

Siempre que me preguntan de dónde soy, digo que, de Corral de Almaguer, como no puede ser de otro modo. Hoy no vengo a hablaros desde un atril, sino desde la memoria compartida, desde la emoción de quien nunca ha dejado de pertenecer a este pueblo, aunque la vida le llevara por otros caminos.

Porque si algo hace especial a este pueblo, no son solo sus calles, sus plazas o su historia —que también—, sino los pequeños detalles que solo entendemos nosotros. Como ese café que se toma en el bar de siempre, con el vaso ya puesto antes de pedirlo. Como la señora que va al mercado y sabe qué fruta es la buena solo con tocarla. Como esos saludos en la plaza de gente que no sabes cómo se llama, pero sabe quién eres. Porque aquí, más que los nombres, importan las personas. O como esos chiquillos que siguen corriendo por las calles en bici como si fueran motos, esquivando aceras y saludando a gritos.

Este pregón no es para hablar de mí, sino de todos los que hacéis que este pueblo siga siendo lo que es. Para los que madrugan, los que trasnochan, los que hacen la masa de los panes, los que aún saben cuándo se siembra y cuándo se poda. Para los que se sientan en la puerta a ver pasar la tarde, para los que no necesitan reloj porque saben qué hora es por el número de campanadas.

Y claro, también para los que están lejos, pero cada fiesta vuelven. Porque nadie se va del todo de Corral de Almaguer. Uno puede vivir en Madrid, en Toledo o en el extranjero incluso, pero cuando suenan las primeras notas de la Función o los cohetes anuncian el comienzo de las fiestas… el corazón vuelve a casa.

Hoy os invito a que aparquemos las penas, los líos del trabajo, las facturas y los achaques… y nos dejemos llevar por la alegría. Que nos pongamos guapas y guapos, que nos tomemos un vermut al sol, que bailemos con quien se deje, y que riamos como cuando éramos niños. Que los más jóvenes aprendan de los mayores cómo se celebra una fiesta de verdad, y que los mayores no se olviden de reír como críos.

Porque Corral no es solo un lugar: es una manera de estar en el mundo, con las manos limpias de campo, la lengua afilada de buen humor, y el alma llena de recuerdos.

Porque Corral de Almaguer no se olvida. No se puede olvidar el pan caliente del horno, ni el aroma dulzón de los calandrajos, o el de los rosquillos y las rosquillas que parecen envolver cada calle del pueblo como una bendición. Ese olor a cocido de fin de semana, ese turno que no llega en la tienda del barrio, el bocadillo de nuestro bar preferido o el helado que sabe a gloria los domingos en el parque.

Ya a una edad, uno no se olvida de cuando era pequeño. Aquellos días, la vida no corría; caminaba descalza por calles con ruido de tractor y entre saludos de vecinos que me preguntaban por mi madre, por mi padre o por mis hermanos.

Recuerdo aquellas tardes infinitas de bicicleta, compitiendo con los amigos a ver quién llegaba más lejos, más rápido, más alto. Recuerdo los partidos de fútbol improvisados en cualquier era, la emoción de un gol que no daba copa ni medalla, pero sí un lugar en la gloria infantil. Me llegan esos recuerdos como aquel niño que corrió por esta plaza jugando al marro, que se dejó la piel en la cancha de los Hermanos, que sudó en la piscina municipal en aquellos veranos eternos, y que madrugó, como tantos, para recoger las uvas en las vendimias. Y tampoco olvido el colegio de La Salle, donde aprendíamos no solo Matemáticas, Lengua o Historia, sino a compartir, a competir con nobleza y a construir sueños de futuro.

La plaza era el escenario de nuestras aventuras. En ella, entre juegos y carreras desaforadas, íbamos dibujando, sin saberlo, nuestra infancia y nuestra adolescencia…nuestras vidas en definitiva. Y cuando el verano apretaba, la piscina municipal se convertía en nuestro pequeño océano particular, donde nadábamos y reíamos hasta que el sol empezaba a caer. Las tardes de tenis, las carreras hasta la ermita, los partidos de fútbol, las amistades que se forjaban al calor de un balón y que continuaron hasta poder entrar en el Loan y en la Papillón. Todo eso era, todo eso es Corral de Almaguer para mí.

Pero no todo era juego y risa. Llegaba septiembre, y con él, la llamada de la tierra. La vendimia. ¡La dichosa vendimia! Días largos bajo un sol implacable, o a veces pasados por lluvia, cargando espuertas, kilos y kilos de uva, doblando los riñones, remolques con colmo que no parecían llenarse nunca, guantes, tijeras, sombreros, gorras y siempre soñando con la hora de la comida como quien espera una fiesta. El campo enseña duro, sí, pero también enseña noble. 

Aprendimos el valor del esfuerzo compartido, de la familia que no siempre era la de sangre, sino la que se formaba en las almantas, entre risas y silencios de respeto ante la fuerza de la viña. Aprendimos que la tierra da, pero exige; que la vida, como el vino, necesita tiempo, paciencia y cariño para madurar. Por eso, cada vendimia, cada jornada interminable, cada anécdota, acababa convirtiéndose en un recuerdo, que uno guarda en la memoria como quien guarda un tesoro.

Hoy, aquí, celebramos algo más que unas fiestas. Llamamos a estas fiestas “de la Función” porque así se nombraba antes a la misa mayor en honor a nuestra patrona, el acto más solemne del año. Con el tiempo, ese nombre quedó ligado a todo lo que sentimos y vivimos estos días: celebramos el reencuentro. Celebramos la memoria de los que ya no están, pero siguen en cada esquina, en cada rincón de nuestro pueblo. Todos llevamos en el corazón a esos seres queridos que, desde algún lugar ahí arriba, nos siguen acompañando. Celebramos, por supuesto, nuestra Virgen de la Muela, nuestra guía y nuestro refugio, la que nos acompaña a todos. Ella, que ha visto pasar a generaciones enteras bajo su manto protector.

Estas fiestas son el latido más sincero de nuestro pueblo.

En estos días, la plaza vuelve a llenarse de vida; los abrazos olvidan las prisas (las dichosas prisas); los amigos vuelven a ser niños. Porque ser de Corral es, en el fondo, no dejar nunca de ser aquel niño que corre libre por sus calles. Así que, dejemos que el alma se nos llene de música, de luz y de amor por lo nuestro. Volvamos a la plaza, a las calles, a los abrazos. Volvamos a ser niños en el mejor escenario del mundo: nuestro pueblo.

Subir a este atril y tener como testigo a nuestra iglesia, a sus piedras centenarias y en su interior a nuestra Virgen de la Muela Coronada, pone la piel de gallina. Como todos, muchas veces he subido al otero en el que se encuentra durante el largo invierno, buscando su mirada. Más de una vez he sentido como el aire se detenía en lo más alto del pueblo y es que nuestra Virgen de la Muela no es una talla sino una devoción. Es un vínculo. Es un hilo invisible que nos une tanto a los que se quedaron en Corral como a los que nos marchamos lejos a trabajar. Es el nexo entre quienes van a rezarla y quienes la recordamos en la distancia.

Porque, aunque las fiestas son en honor a nuestra Virgen de la Muela, bien orgullosos debemos estar, también, del templo en el que Corral la guarda en verano, nuestra iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. En cierta ocasión escribí sobre ella y me detuve en su portada plateresca, en sus bóvedas, en sus arcos de medio punto. Pero lo que no se observa desde fuera es el alma que la llena. Y esa alma, amigos, se llama fe, se llama historia y se llama Virgen de la Muela.

Decía en aquel texto que esta iglesia es testimonio de siglos, de estilos que se mezclan, como, asimismo, se mezclan nuestras generaciones. Que aquí se cruzan el renacimiento y el románico…como se cruzan nuestras voces cada vez que entonamos un viva a la Virgen. Y cada viva resuena en esta plaza como resonó hace siglos, cuando los canteros levantaban estas paredes con las manos llenas de polvo y esperanza.

Hoy, al mirar su fachada pienso que la Virgen nos mira desde esa otra altura: la de los recuerdos compartidos. Y por eso, cada fiesta en su honor es una promesa renovada. Es decirle: “Aquí seguimos, Madre”. Y ella, con su sonrisa antigua, parece decirnos “Y yo con vosotros”. No olvidemos que Corral de Almaguer es más que un punto en el mapa, es una herencia. Y la Virgen es su símbolo más tierno y eterno.

Estas fiestas de la Función son un reencuentro entre todos los corraleños y su iglesia, como cuando una gran familia se da cita para celebrar con alegría en lo más íntimo. La Virgen no es sólo quien preside nuestro altar mayor junto a la representación de Nuestra Señora de la Asunción. La Virgen de la Muela vigila y bendice a todo el pueblo y desde esta iglesia nos recibe y nos escucha.

Si miramos la fachada de nuestra iglesia, esta nos indica que aquí no solo se reza, también se cuenta una historia. La portada y los lunetos ubicados en lo más elevado de la nave central de su interior están unidos por una lógica visual y simbólica. Se encuentran justo debajo de tres frescos que nos recuerdan la asunción de la Virgen María, su coronación y la representación del Cordero Eucarístico sobre el Libro de los Siete Sellos. En el exterior se muestran hornacinas que cobijaron en el pasado a figuras como las de San Pedro, San Pablo, Santa Apolonia y Santa Bárbara, como si dentro y también fuera convivieran el arte y la devoción. ¡Quien no nos dice que los personajes del pórtico principal y del interior —once en total—, no fueran los mismos! Es decir, el Apóstol Santiago acompañado por los cuatro evangelistas y por grandes de la iglesia como fueron San Ambrosio, San Jerónimo, Santo Tomas de Aquino, San Gregorio, San Bernardo y San Agustín de Hipona. Este último inspiró y dio nombre a la orden fundada en el s. XIII por el papa Inocencio IV, llamada de los agustinos. Una orden a la que pertenece el actual papa, León XIV. Y todos ellos vigilados muy de cerca tanto por el rey David como por el rey Salomón. Y sin perder de vista las innumerables conchas que nos guiñan un ojo recordándonos que la orden que construyó el templo no fue otra que la orden de Santiago, y que, por aquí, muy cerca, pasaba el Camino de Santiago de Levante que venía desde Valencia. Tampoco quiero imaginar lo que Corral de Almaguer debió de sentir al ver cómo desaparecía su Virgen de la Asunción durante la última guerra. Para protegerla, fue llevada a Madrid y, en un gesto tan insólito como conmovedor, colocada boca abajo y utilizada como alfombra en el edificio que hoy es el Ministerio de Agricultura, en la Glorieta de Carlos V. Así logró pasar desapercibida. Por suerte, al acabar la contienda, pudo ser rescatada, restaurada y devuelta a su lugar, donde hoy vuelve a presidir, con toda su luz, nuestro altar.

En su muro sur, una ventana románica, la única y muy característica que se conserva del antiguo templo románico, la de la capilla del Comendador Francisco Juárez que ilumina a nuestro Cristo de la Agonía, y que parece asomarse al tiempo y nos recuerda que, esta iglesia no fue una obra de un solo siglo, sino de muchas manos, muchas ideas …y muchas plegarias.

Y qué decir de la torre, tanto la que hoy se alza firme con sus tres cuerpos que costaron la friolera de 5.000 ducados en tiempos de Felipe IV y como sucesora de la originaria y de estilo mudéjar cuyos restos nos siguen mirando desde la calle Ramón y Cajal que nos conduce a La Salle. Esos 5.000 ducados hoy serían poco más de 82 €, pero su precio real alcanza hasta el infinito para el sentir corraleño. La torre primitiva, por su parte y medio demolida en el s. XVII, fue sustituida por la actual y, sin embargo, nos traslada la idea de que no hay ruptura sino continuidad. Porque el templo ha cambiado de formas pero no de corazón. Y ese corazón es la Virgen, nuestra Virgen de la Muela que ha sido madre, consuelo y refugio, promesa y esperanza. Cada vez que la llevamos en procesión el pueblo se convierte en un latido unánime. Cada mirada que se cruza en la plaza durante sus fiestas, lleva algo de esa emoción que solo se entiende si has crecido aquí, si has subido alguna vez hasta su ermita y si has entrado en silencio a ese templo solo para verla.

Y si de historia y cultura hablamos, permitidme un recuerdo muy especial a mis propios antepasados, cuyas huellas también forman parte de la identidad de Corral. Entre ellos, el alcalde Juan Martínez de la Cabeza, que ya en el siglo XVI velaba por el bienestar de este pueblo y de cuya sangre desciendo con orgullo. También Bautista Martínez-Raposo Real, hermano del general de brigada Silverio Martínez-Raposo, que fue pionero en sus ideas y fundó el partido Posibilista de Corral hace ya 140 años, comprometido con la justicia social y el trabajo digno. Y cómo olvidar al teniente coronel Manuel Martínez de la Cabeza Gasco, laureado con la Cruz del Mérito Militar de la Orden de San Fernando a título individual: un corraleño de adopción que llevó el nombre del pueblo con honor y valor allá donde sirvió a España. O Alfonso Andrés de Amores Muñoz, un abuelo directo mío que fue el secretario de Corral a mediados del s. XVIII. O mis otros antepasados, la familia del Rincón, que fundaron el convento de San José en el s. XVI, cuyo legado espiritual aún se respira en nuestro paisaje y cuya guardia y custodia siguió gracias a descendientes directos de la familia como el capitán Josef del Rincón Cano, patrón del convento a mediados del s. XVII. Y permitidme sumar uno más: Ramón Lominchar Díaz, también antepasado directo mío, que ejerció de labrador y también de pregonero en el Corral de Almaguer de mediados del siglo XIX. ¡Fijaos qué vueltas da la vida! De aquel pregonero del XIX al de hoy. A través de todos ellos, siento que Corral de Almaguer no solo está en mi memoria: está en mi sangre.

Otra buena cosa que tiene Corral, es que no olvida sus tradiciones. Las celebra, las honra y las transmite.

¿Quién no ha probado el zurra en la feria, compartido un cordero con amigos, o escuchado al coro en misa? ¿Quién no ha sentido un nudo en la garganta al ver salir a la Virgen de la Muela, patrona y guía, al paso de quienes la llevan en anda, mientras el pueblo entero guarda silencio y devoción?

Aquí las costumbres no son un recuerdo, son un presente vivo. Las charangas, las ofrendas de flores, los trajes típicos, nuestras procesiones. Y es que, en Corral, la fiesta no se organiza, se hereda. Y al heredarla, la hacemos nuestra. Cada año, un poco distinta. Cada año, igual de nuestra.

Que disfrutemos bajo el cielo de mayo y que nunca se pierdan nuestras tradiciones, porque en ellas vive lo mejor de nosotros mismos. La fiesta es el saludo al vecino que hace tiempo no veías. Es la plaza llena, la banda tocando, los churros en el ferial y el brindis que une. Celebramos algo tan profundo como reconocernos en las tradiciones, en las raíces, en los rostros que vemos cada día y también en los que regresan, aunque solo sea por unos días, a este rincón que nunca se olvida.

Hoy, al encenderse las luces y sonar los cohetes, no se enciende solo la alegría de un pueblo: se enciende el sentido de comunidad. Porque en tiempos en los que todo parece ir muy deprisa, nosotros paramos para celebrar que seguimos juntos. Abramos nuestras puertas y miremos a los ojos de quienes tenemos al lado y digámosles: “¡Qué suerte tenernos!”

Porque cuando un pueblo celebra unido, no hay olvido que lo borre ni tristeza que lo venza.

Corral es ese lugar al que siempre se vuelve. Porque aquí, la historia no está sólo en los libros: está en la mirada de los mayores, en las voces del coro, en los bailes en la plaza, en el polvo del camino, en el vino compartido y en la misa en honor a nuestra Virgen de la Muela.

Como pueblo, tenemos muchos motivos para sentir orgullo: fuimos villa antes de que muchos otros pueblos fueran ni siquiera aldea. Aquí hubo fueros, cosechas, ferias, oficios, plazas llenas de vida. Fuimos un importante enclave dentro del Priorato de Uclés. Recibimos el título de la Muy Noble y Leal Villa de la mano de Carlos I…Y todo eso sigue latiendo en nuestra forma de ser: en la hospitalidad, en la honradez, en el trabajo bien hecho. Es por ello que, hoy quiero invitaros a mirar atrás, sí, pero también a mirar adelante.

Si el pasado nos sostiene, el futuro nos llama. Porque Corral no es un museo, es un pueblo vivo. Un pueblo que quiere que los jóvenes se queden o vuelvan, que los niños crezcan con raíces fuertes, que el talento no se tenga que ir, que la tierra siga dando fruto y la cultura siga dando alma.

Y ese futuro no se construye solo con discursos. Se construye con encuentros como este, con manos que ayudan, con vecinos que se saludan, con peñas que ríen y con gente que cree, aún, que merece la pena creer. Así pues, esta fiesta no es solo memoria: es también promesa. Promesa de que Corral seguirá siendo un lugar donde la historia se honra y el porvenir se abraza sin miedo.

Brindemos, pues, por lo que fuimos, por lo que somos y por todo lo bueno que aún está por llegar.

Con el ayuntamiento guardándome las espaldas, hoy, al hablaros y mientras la fachada de la iglesia nos observa, pienso que sus piedras escuchan. Que recuerdan a quienes la construyeron, a quienes rezaron en ellas durante guerras, a quienes suplicaron para tener una buena cosecha y a quienes vinieron aquí tanto para bautizos como para despedidas. Y entre todas esas voces del pasado, la tuya y la mía se suman esta noche para decirle como cada año:

¡Gracias Madre!

¡Viva la Virgen de la Muela!

¡Viva Corral de Almaguer!

¡Y viva su gente, la de ayer, la de hoy y la de siempre!


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