Tras la caída de Constantinopla en 1453, los turcos se cruzaron en Europa más que los Beatles en un paso de cebra. Cansinos ellos, sembraron el terror y llegaron a lo que hoy serían Italia y Austria. Ya en 1529, un proyecto de UE les imprimió severa derrota, y ya no digamos una alianza liderada por el “macizorro” de D. Juan de Austria y el infalible marqués de Santa Cruz en la conocida batalla de Lepanto. Les dimos hasta en el carné de identidad. La corona de Felipe II estaba por aquel entonces harta de los piratas berberiscos, de los corsarios otomanos y de la rebelión morisca en las Alpujarras. ¡Hasta el moño! ¡Eran más “pesaos” que matar un cerdo a besos!

Ciudades como Viena o Buda, promontorio magiar de origen romano a orillas del Danubio y que hoy es la mitad de la capital húngara, eran el lugar perfecto en el que conseguir mujeres para los burdeles de ciudades como Orán, Damasco, Bagdad o Estambul y la cantera de esclavos con el que surtir la demanda de mano de obra gratuita en el Medio Oriente.

Corría el año 1686 cuando los euroescépticos no paraban de tener derrotas ante el gigante turco. Se decidió enviar a voluntarios que protegieran la zona casi que a la desesperada. Así, 75.000 hombres curtidos en toda suerte de batallas se dirigieron a la fría Buda. El nieto del tonto de Felipe III, un tal Leopoldo I de Habsburgo, decidió cortar por lo sano y remangarse ante aquella situación tan hostil para la vieja Europa.

Leopoldo I de Habsburgo

Cuando los turcos ganaban siempre había recompensa, pero si se perdía, el trato era horrendo y en la memoria colectiva perduraba aún la ejecución del visir Kara Mustafá que fue estrangulado por órdenes del sultán Mehmed IV en 1683, llevando su cabeza a Adrianápolis, donde aún descansa. Ese era el percal.

Los bombardeos ininterrumpidos durante un mes por parte de los cristianos abrieron un boquete en la muralla de Buda. Los jenízaros fliparon cuando el 22 de julio no cesaban de lloverles bombas incendiarias. ¿Quiénes estaban en primera línea de batalla? Los “boinas negras” de la Monarquía Hispánica. Los tercios españoles. Ellos, los mejores del bando aliado, tenían el honor de ser los primeros en ir al choque. Trescientos tipos que hacían más ruido que tus vecinos moviendo muebles.

Ojo, que la artillería española también les hizo mucha pupa hasta que, en septiembre, los turcos dijeron “basta”. Los cadáveres y los incendios aparecían por doquier y aquello era peor que la Franja de Gaza. Los primeros en entrar en la ciudadela fueron los 300 españoles comandados por el duque de Béjar, un tal Manuel López de Zúñiga, un grande de España. Muchos de ellos cayeron, pero las expectativas de aquellos hombres se cumplieron y hoy Europa es lo que es gracias, quizás, a aquellos hombres que se jugaron la vida en aquel infierno para delimitar nuevamente el este de Europa y liberar una ciudad que hoy les recuerda con una placa con el escudo de la Segunda República y el Águila de San Juan. ¡Vaya mezcla, amosnomejodas! Eso no pasa el filtro de la Ley de Memoria Histórica, fijo. Al menos, en Hungría nos lo reconocen. Aquí, ni se plantea.

Placa conmemorativa en Budapest (Hungría)

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