En el primer milenio a.C. lo que podíamos encontrar en la península Ibérica son dos tipos de culturas diferentes, celtas e íberos.

Los íberos estaban situados en toda la costa mediterránea. Trabajaban el hierro para la creación de herramientas y armas como las espadas y también trababan los tejidos y la cerámica. Sus ciudades estaban a amuralladas para protegerse de potenciales enemigos, sus casas eran rectangulares y sus enterramientos eran muy característicos. Se quemaba a los difuntos y sus cenizas y objetos personales eran enterrado en las necrópolis. Lo más curioso de los íberos es que conocían la escritura y tenían moneda con la que comerciaban con griegos y fenicios. De hecho, la palabra “Iberia” procede del griego, ya que era así como los griegos denominaban a la península Ibérica. Probablemente, el nombre proviene del río Íber, que sería el actual Ebro, si bien otras teorías apuntan a un río de Huelva.

Guerrero íbero de Mogente (Valencia). Descubierto en el poblado íbero de La Bastida de les Alcusses en 1909.

Los celtas estaban en el norte y en el centro de la península, ocupando las dos terceras partes del territorio, es decir, vivían en la meseta. También vivían en ciudades amuralladas, pero tanto sus ciudades como sus casas eran circulares. Son los famosos castros. Los celtas se dividían en tribus y clanes. Eran expertos ganaderos y eran unos fantásticos guerreros. Conocían el hierro y como trabajarlo, pero desconocían la escritura y no poseían moneda.

En ambas culturas hay una casta dirigente más relacionada con las actividades relacionadas con la guerra, mientras que el resto de la población se dedicaba más a la producción, ya fuera la agricultura, ya fuera la ganadería. La influencia mediterránea siempre fue grande, sobre todo las áreas de la cultura íbera. Roma nos presentó a los celtas, a los íberos y a los celtíberos como unas culturas bárbaras y oscuras, pero sus avances tecnológicos ya tenían cierta envergadura y la producción de tejidos, alfarería y hierro eran ya notables. Por tener, tuvieron hasta dioses.

El geógrafo e historiador Estrabón, ya en el s. I a.C. y sin visitar la península, nos habló de unas tribus bárbaras que habitaban un territorio pobre para el desarrollo de la agricultura. Señaló que los celtíberos se alimentaban de bellotas, mantequilla y cerveza. A los condenados se les despeñaba desde altos precipicios. Parece ser, según este menda, que nuestros ancestros se preocupaban por la higiene bucal y se limpiaban los dientes con orina envejecida y almacenada en recipientes utilizados para tal fin. No tenían término medio en su actividad diaria, o se sentaban o hacían la guerra, es decir, ni andaban, ni trotaban, ni nada de nada. Tampoco iban a la peluquería, de modo que a los griegos les llamó la atención lo largos que eran sus cabellos. Las mujeres trabajaban duramente en labores agrícolas, hasta el punto de dar a luz debajo de un árbol para a continuación reincorporarse a los duros quehaceres del día a día. Estrabón nos muestra unas tierras del norte peninsular que hacían sacrificios a su dios en los días de luna llena, mientras que los habitantes del interior se daban más al pillaje y al robo. Y como dato curioso, Estrabón nos dice que a los enfermos se les sacaba a los caminos para que coincidieran con viajeros que pudieran haber pasado por esa misma enfermedad.

Mapa elaborado a través del testimonio de Estrabón

Los pueblos celtíberos fueron romanizados en los s. II y I a.C. a través de las Guerras Sertorianas, nuestra primera guerra civil entre los años 82 y 72 a.C. y que enfrentó a los populares del recién proclamado procónsul de la Hispania Citerior, Quinto Sertorio, y a los liderados por unos tales Quinto Cecilio Mételo Pio y Cneo Pompeyo Magno. No obstante, la resistencia de los arévacos de Numancia fue el punto de inflexión para dar paso a la todopoderosa Roma.

Castro de Baroña en Porto de Son (A Coruña)

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