El Palacio de la generalidad de Cataluña (Palau de la Generalitat en catalán) es la sede de la presidencia de esta comunidad autónoma y uno de los pocos edificios medievales en Europa que se mantiene como sede de su gobierno. Su estilo es gótico y renacentista y es parte del sector de la muralla romana de cuando Barcelona se llamaba Barcino. Desde que el edificio se compró a principios del s. XV y se levantó la fachada renacentista pasaron casi dos siglos.

Últimamente este recinto no deja de ser noticia por cuestiones políticas varias, pero al margen de todo ello, centrémonos en su salón de San Jorge, Sant Jordi en catalán. Data de los s. XVI y XVII y su arquitecto, Pere Blai, quiso dotar al santo de una mejor capilla que no llegó a materializarse y es por ello que, desde el exterior se adivina la cúpula de dicha capilla y que nunca lo fue.

En 1908, el presidente de la diputación, Enric Prat de la Riba, encargó al pintor uruguayo Joaquín Torres García un mural que años más tarde y por orden de un tal Miguel Primo de Rivera (dictador previo a la 2ª república y padre de José Antonio) sería sustituido en 1925 por un conjunto pictórico constituido por la Virgen de Montserrat con los santos y reyes que han visitado el famoso monasterio, el casamiento de los Reyes Católicos (Fernando era rey de estas tierras), la Batalla de Lepanto, la Batalla de las Navas de Tolosa, el Consulado del Mar, el Monasterio de Poblet, el Compromiso de Caspe, la Primera misa a la que asistió en Mallorca Jaime I el Conquistador, la Batalla de Bruch, la Reunión del Capítulo del Toisón de Oro, las Cortes de Monzón y la llegada de Colón desde América a Barcelona, además de unas bóvedas con motivos más espirituales.

Un tal Pere Aragonés afirmó recientemente que, “El Salón de Sant Jordi no podía enaltecer el imperialismo y el nacionalcatolicismo español”. “Dignificar el salón era recuperar su luz y desprenderse de la oscuridad impuesta”. Mireia Mestre, directora del Centro de Restauración de Bienes Muebles del departamento de Cultura afirma que, “estamos en un espacio nuevo que ha recobrado su carácter diáfano, que proporciona una sensación de alivio, serenidad y coherencia, por contraste con el aspecto abrumador y pesado del antiguo salón, que dificultaba la lectura de la excepcional arquitectura renacentista”. Una veintena de “expertos” dictaminaron que, “un relato histórico altamente connotado por contenidos políticos e ideológicos de carácter integrista, autoritario y antidemocrático que no se adecuaban al espacio”. El expresidente Quim Torra aseguró en sep-18 que cualquier vestigio que pueda vincular a Cataluña con el conjunto de España iba a ser borrado de la memoria colectiva de los catalanes. Además, dijo que, estas obras no les gustaban a los alumnos de los colegios que las visitaban y Torra les prometió que llevaría a esa sala las obras que un tal Torras García tenía en una sala contigua. Lo que Torra no sabía es que quien preservó esas obras en la sala anexa fue un tal Franco. La prensa de la zona ha coincidido en que estos motivos pictóricos eran “españolistas”. Tengo que reconocer que este término me parece brutal y lleno de concordia.

Al margen de todo esto, obviamente, al igual que en otras “reformas”, un trabajo así siempre deja al descubierto hallazgos importantes como los frescos de Torres García o los restos que las pinturas de este uruguayo taparon y que eran las originales de la época renacentista. Ha faltado tiempo para que el equipo de opinión sincronizada asegure que esto es lo que mola y no las pinturas “facholis franco pantano”. Al margen de si quien estuvo detrás fue el primer Primo de Rivera, yo coincido 100% en que Colón, la virgen de Montserrat y Jaime I de Aragón eran españolistas y, además, no eran veganos, ni resilientes, ni ecosostenibles.

Después de más de 2,35 millones de €, estos 860 m2 de frescos lucen más blancos que el Real Madrid.

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