En las famosas fotos de los Congresos de Solvay de 1930 y 1933, aparecen todos los gigantes de la física moderna: Einstein con su melena indómita aparece en la foto de 1930 y Marie Curie con gesto de cansancio, Niels Bohr, Pauli Heisenberg, Schrödinger… y un señor con traje discreto y aire de funcionario aplicado en las fotos de ambas fechas. Ese hombre, el tercero por la derecha de la primera fila en 1933, que podría pasar por notario de provincias, era en realidad Blas Cabrera Felipe, el físico español más importante de su tiempo. Y no, no es exageración: en aquel momento estaba considerado una autoridad mundial en magnetismo, nada menos.

Nació en Arrecife de Lanzarote en 1878, lo cual ya tiene mérito: la ciencia española del XIX brillaba por su ausencia, y que de allí saliera un físico de talla internacional parece un guiño del destino. Estudió en Madrid, se metió en el Instituto de Física y pronto destacó por sus investigaciones sobre el comportamiento magnético de la materia. Para el común de los mortales, un tema más aburrido que ver crecer hierba. Pero gracias a esas ecuaciones oscuras, Cabrera se ganó el respeto de los sabios europeos.
En los años 20 y 30, su nombre circulaba por los mismos foros que los de Einstein y compañía. Era miembro de academias internacionales, escribía en francés y en alemán, y en 1933 recibió el espaldarazo definitivo: una invitación para participar en el Congreso Solvay de Bruselas, cumbre absoluta de la física. Ahí está la foto: España, representada por un canario delgado, que había salido de una isla volcánica para codearse con los padres de la mecánica cuántica. Un símbolo de que, quizás, este país podía estar en la primera división del conocimiento.
Pero claro, hablamos de España, y ya saben lo que viene: cuando por fin tenemos algo que funciona, lo destrozamos. En 1936 estalla la Guerra Civil y Cabrera, que no era político, ni quería serlo, queda atrapado en medio del desastre. Se exilia primero a París, luego a México, y allí siguió trabajando como pudo, pero su gran momento ya había pasado. Murió en 1945, justo cuando la ciencia -esa ciencia que él había acariciado- se convertía en la dueña del mundo con la bomba atómica y la era nuclear. Mientras tanto, en España, la física languidecía en sótanos húmedos, olvidada en planes de estudio raquíticos.
El destino fue cruel con Cabrera. Fue contemporáneo y colega de los grandes genios, pero su país no supo, ni pudo sostenerlo. Mientras otros levantaban aceleradores de partículas, aquí seguíamos discutiendo sobre bandos militares. Y cuando los manuales de historia de la ciencia recuerdan a Einstein, Curie o Bohr, a Cabrera lo relegan o ni lo mencionan.
Lo paradójico es que, de haber nacido en Alemania o en Francia, hoy su nombre figuraría entre los pioneros de la física del siglo XX. Pero como era español, su historia quedó enterrada en la amnesia colectiva. Somos así: olvidamos a quienes nos engrandecen y recordamos hasta el cansancio a quienes nos hunden.
Mirar la foto del Congreso Solvay con ojos atentos es un ejercicio de arqueología emocional: entre todas esas mentes brillantes hay un español. Un hombre que, contra todo pronóstico, logró estar ahí. Y que representa la eterna contradicción de este país: tener genios y dejarlos escapar.
Quizás el mejor homenaje a Blas Cabrera sea rescatarlo del olvido. No porque cambiara el curso de la física como Einstein, sino porque demostró que España podía estar a la altura… aunque no quisiera.

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Hola, hay un genio español que acaba de fallecer: Amable Liñan. El merece otra de tus articulos. Otro de los grandes científicos que pasan desapercibidos
No lo conocía, y comparto tu reflexión final.