Aunque cueste pensarlo, hubo una época en la que los ingleses, en tiempo de piratas y patente de corso, tuvieron en alta estima a uno de los nuestros. Un embajador que se metió en el bolsillo al mismísimo rey Jacobo I y al que el historiador John Philipps Kenyon definió como “un hombre más inteligente que cualquiera en Inglaterra”. Cuesta pensar que el granuja del duque de Lerma le escogiera como embajador en Inglaterra, pero es que Lerma, aunque corrupto, no daba puntada sin hilo.
Nacido en Astorga y criado en la vecina Galicia, Diego Sarmiento y Acuña, el conde de Gondomar, fue el más listo de la clase de largo. Comenzó a hacerse hombre como cabo en un inicio y como gobernador después, defendiendo así a las costas gallegas del imbécil de Sir Francis Drake.

Con su mujer que, además, era prima lejana suya, formó una biblioteca de 7.000 volúmenes en un momento en el que los lectores no abundaban pese a tener un siglo de oro en auge en lo que a literatura se refiere. Su afán por aprender no cesaba y esto le permitió ser un polímata experto en casi todo. Dicen quienes le conocieron que era mejor “storyteller” que Steve Jobs vestido de negro. Fue corregidor en Valladolid en el momento en el que Lerma dio el primer pelotazo urbanístico de la historia con el cambio de capitalidad, siendo entonces cuando se fijó en Diego Sarmiento. Tras la paz de Londres de 1604 y tras armadas y contra armadas invencibles, ser embajador en Inglaterra era un marrón de tres pares de narices. Además de la piratería, estaba la cuestión del protestantismo, y encandilar a Jacobo I no era tarea fácil, puesto que el interés de España era que Inglaterra no metiera sus narices en el Sacro Imperio.
Al llegar a Portsmouth, el conde de Gondomar coincidió con la nave capitana de Inglaterra. El protocolo mandaba arriar las velas en señal de sometimiento, pero Gondomar, sin complejos, no lo hizo. ¡Porque yo lo valgo! Esto le abrió las puertas de par en par para verse obligado a dar explicaciones al rey. A este le dijo que su lema era “Osar morir da la vida”. Se hicieron amigos a la primera de cambio. El conde de Gondomar y el rey inglés, al hablar de ellos mismos, se referían como “los dos Diegos” e incluso bebían de la misma botella, de modo que se ganó el sobrenombre de “el Maquiavelo español”. Hubo quien le llamó “el caballero negro”, puesto que muchos británicos recelaron de la amistad que cultivó con el monarca de la Pérfida Albión. A Jacobo I le atraían su ingenio y cultura.

Tuvo entre ceja y ceja al corsario Walter Raleigh por saltarse todos los acuerdos de paz y consiguió que le condenaran a muerte decapitándolo. Este menda, considerado el primer masón español, fue culpable de que España viviera en paz unos cuantos años, fue declarado Corregidor Perpetuo y aunque siempre tuvo el respeto de la corona, murió como los grandes españoles, en la ruina.

Descubre más desde Relatos de la Historia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
El Viejo Esopo…qué grande y único nuestro señor Don Diego♥️