En los manuales de historia apenas aparece. En Colombia hay estatuas suyas, pero en España, si preguntas por Pedro de Heredia, puede que te respondan con un “¿ese no era un torero?”. Y sin embargo, estamos ante uno de los conquistadores más eficaces, persistentes y políticamente incorrectos de la América española. Es decir, uno de esos tipos que hicieron historia… y luego fueron convenientemente olvidados.

Nació en Madrid, hacia 1484, en una familia con influencias pero no excesivo decoro. Según algunos cronistas, mató a varios hombres en una pelea, lo que lo empujó a embarcar rumbo al Nuevo Mundo, en lo que podríamos llamar un programa de reinserción social a lo siglo XVI: te exilias, cruzas el Atlántico, conquistas algo y todo perdonado.

En Santo Domingo empezó desde abajo. Pero poco a poco fue trepando: por méritos, por violencia o por astucia, según el caso. En 1532, tras hacerse notar en expediciones previas, la corona le concede una capitulación para conquistar el litoral del norte de Sudamérica. Lo que hoy es Colombia, pero entonces era un hervidero de tribus, selvas, oro y mosquitos del tamaño de gaviotas.

Y entonces llega el momento clave: 1533, bahía de Cartagena. Pedro de Heredia desembarca, levanta empalizadas, somete caciques locales a golpe de arcabuz y funda Cartagena de Indias. En pocas semanas, traza la ciudad, organiza el cabildo, reparte solares y encarga una iglesia. Todo a un ritmo que hoy solo tienen los fondos de inversión.

Pero Heredia no era un simple urbanista imperial. En realidad, era un conquistador de la vieja escuela: ambicioso, despiadado, con un sentido de la autoridad a medio camino entre Julio César y un entrenador de tercera división. No dudó en arrasar poblaciones indígenas, exigir tributos, extraer oro de tumbas y poner a trabajar a quien se cruzara en su camino. Un modelo de emprendimiento extractivo, dirían algunos hoy.

La corona lo nombró gobernador, y durante casi dos décadas mantuvo el control del litoral caribeño, enfrentándose a indígenas, rivales políticos y envidias de todo tipo. Fue acusado varias veces de abusos -porque efectivamente los cometió, fue procesado, destituido, rehabilitado, y hasta se enfrentó a un juicio de residencia que parecía más una vendetta burocrática que otra cosa.

Pero resistió. Porque Heredia era uno de esos hombres hechos a sí mismos que no sabían retirarse. Solo lo hizo cuando lo obligaron. En 1554 regresó a España para defenderse una vez más. Murió en el camino, naufragado cerca de Zahara de los Atunes, como un Ulises que no llegó nunca a su Ítaca.

¿Su legado? Una de las ciudades más importantes de América, Cartagena de Indias, que sigue en pie cinco siglos después. Y, curiosamente, muy poca memoria en su país natal. España lo recuerda poco porque ganó, fundó, mandó y murió sin necesidad de perder épicamente.

Y ya sabemos que aquí, si no fracasaste con estilo o no escribiste sonetos, cuesta entrar en el canon.

Pedro de Heredia

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