La conquista del Caribe europeo es algo de lo que no suele estudiarse mucho, al menos, en la península. Se les llama “guanches” con mucha facilidad, pero este término solo hace referencia a los aborígenes de Tenerife. Estos nativos, de origen bereber, curiosamente, apenas sabían navegar y no tuvieron contacto entre las diferentes islas. Según Plinio, fue Juba II (el yerno de unos tales Cleopatra y Marco Antonio), rey de Numidia (norte de África) y posteriormente de Mauritania, quien interactuó tanto con romanos como con canarios. Es más, se cree que fue él quien dio el nombre a las islas debido a los canes tan feroces que allí había.

Los romanos trasladaron población desde Mauritania a Canarias y fue Roma quien intentó colonizar las islas en primera instancia, habiendo restos de cerámica en la isla de Lobos (entre Lanzarote y Fuerteventura).
Tras la caída del imperio romano todo se mantuvo en calma, hasta que en torno a 1330 apareció por allí un genovés que buscaba una flor de enorme importancia, la orchía, un tal Lancelotto Malocello. Este tipo llegó a la isla de Titeroygacat, hoy llamada Lanzarote en su honor.

Tras un siglo XIV sin demasiadas sorpresas, llegó un s. XV en el que se conquistó el archipiélago en dos fases. La primera fase fue de 1404 a 1450, en donde se impuso un sistema feudal, primero con normandos y luego con castellanos. Los normandos fueron Gadifer de La Salle y Jean de Bethencourt, que fueron haciéndose con Lanzarote, Fuertevetura y El Hierro. En Lanzarote levantaron un castillo llamado Rubicón y mantuvieron un tratado de paz con el rey de la isla, Guadarfía, al que prometieron proteger la isla de otros invasores. Mientras La Salle estuvo en la isla de Lobos y Béthencourt anduvo por Cádiz, el gobernador del castillo, Bertín de Berneval, un tipo con más peligro que Raphael cambiando bombillas, apresó a Guadarfía y a sus hombres, de modo que los nativos iniciaron una rebelión. Béthencourt regresó de “Bruselas” en 1404 para calmar los ánimos. Además, vino con el título de Señor de las Islas de Canarias, regalo personal de Enrique III de Castilla. Esto enfadó a Gadifer, que había estado allí aguantando en plan Oriol Junqueras. Aun así, conquistaron Fuerteventura, construyendo el castillo Rico Roque y fundando el pueblo llamado Betancuria (de Bethencourt), el cuartel general de los europeos en el archipiélago. Su iglesia fue considerada catedral por orden del papa Martín V. Tras fracasar en La Palma, Béthencourt fue a El Hierro y la anexionó en 1405. Después de repoblar las islas con sangre normanda, vendieron sus posesiones a la nobleza castellana, que incorporó La Gomera en 1450.

Más tarde, y ante un avance notorio de Portugal en la costa africana, los Reyes Católicos vieron que les faltaban 3 islas que debían añadir al territorio hispano antes de que alguien les adelantara por la izquierda. Enviaron al leonés Juan Rejón en 1478, que arribó a Gran Canaria para fundar la Villa Real de las Tres Palmas de Gran Canaria, en el noreste de la isla, en el actual barrio de Vegueta. La cosa estuvo tirante hasta 1483, año de la conquista de la isla del Roque Nublo. Digno de mención fue el guerrero Doramas (Addur Amas, que significa “el pariente de buena fama), un tipo más resistente que un Seat 124 y que procedía de la plebe de Telde. Al pobre le clavaron una lanza por la espalda y le cortaron la cabeza para exhibirla. Así, Alonso Fernández de Lugo completó la conquista. Este menda llegó a La Palma para luchar contra el rey o mencey Tanausú, al cual apresó. La última isla en hacerse querer fue Tenerife, con una resistencia guanche brutal. En 1494 Alonso fundó la ciudad de Santa Cruz de Tenerife en el lugar en el que plantó una cruz en la arena de una playa. En 1496 fundó San Cristóbal de la Laguna, capital hasta 1833, la primera sede del Cabildo de Tenerife y de la Capitanía General de Canarias. Los guanches se rebelaron y tuvieron lugar las famosas batallas de Acentejo, en las cuales, los guanches ganaron en 1494 con un tal Tinguaro, pero los castellanos vencieron en 1495 y oficialmente, desde 1496, las islas afortunadas pasaron a pertenecer a la corona de Castilla. Desde entonces, y en consonancia con lo que pasara en América, se inició un mestizaje de bereberes, normandos, castellanos, portugueses y genoveses… y hasta hoy.

Hoy, Marruecos reclama, no las islas Canarias en sí, pero sí sus aguas territoriales, y ya llevan bastantes décadas con la cantinela esa del ”Gran Marruecos” que persiguen.

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