Con una España invadida por las tropas napoleónicas y un rey Borbón imbécil que quería ser hijo adoptivo de Napoleón Bonaparte y que, además, felicitaba al mandatario francés cada vez que vencía a los españoles en una batalla, las Españas liberal y progresista (la pijoprogre y la francopantano juntas) decidieron que podía ser buen momento para crear una carta magna.
¿En quién debía inspirarse España para elaborar una constitución sin fisuras? Pues en la constitución francesa, es decir, la del mismo país que nos oprimía. ¡Manda h…!
A excepción de Bailén, los franceses eran un rodillo que hizo que cada región española hiciera la guerra por su cuenta. Tras desarrollarse varias juntas provinciales que evolucionaron a una junta suprema centralizada en Madrid, se vieron en la necesidad de desplazarse hacia el sur, concretamente en Cádiz, lo más lejos posible de los gabachos. Así, en 1810 las cortes se emplazaron en el oratorio de San Felipe Neri. Si nuestra Constitución actual vino tras una dictadura, la de 1812 vino con carácter de emergencia.

En paralelo, en América había peligro de independencia, por lo que aquella carta magna a elaborar sería para todos los españoles de ambos hemisferios, es decir, un guiño al resto de territorios lejanos a la península. Pasando olímpicamente de Pepe Botella, se emplazó a promulgarla el 19 de marzo de 1812, o sea, en el cuarto aniversario en la que el retrasado de Fernando VII había tomado posesión del trono tras el motín de Aranjuez. ¿Quién les iba a decir que ese mastuerzo de rey les derogaría dicha constitución para retornar al absolutismo sólo dos años después? Como de promulgó el día de San José, se la llamó la Pepa.

En España apenas duró, pero fue fuente de inspiración para constituciones que se promulgaron en aquellos tiempos como algunas constituciones europeas y casi todas las americanas. Aun así, se trató de nuestra primera constitución y tuvo tres vidas, puesto que volvió a publicarse en 1820 y 1836. Curioso fue el caso del trienio liberal, o también llamado “trineo liberal”, por las subidas y bajadas que experimentó, y es que Fernando VII hubo de jurarla en 1820 tras el levantamiento y pronunciamiento del coronel Rafael del Riego.
La Constitución tuvo 386 artículos (la actual tiene 169) con los que se abolió la inquisición, el feudalismo, se limitó el poder de la monarquía con separación de poderes, se iniciaba el derecho a votar y se daba el mismo derecho a españoles y americanos. Eso sí, la representatividad de los americanos fue minúscula, y en la primera reunión de 102 diputados, sólo vino uno desde Puerto Rico. Entre los diputados, que se quiso fueran 296, solo un 10% fue de origen indiano y no podía haber mujeres. Con el nombre de la Pepa bastaba. Para el tonto del rey, la Pepa era sinónimo de libre albedrío y por eso, hoy, se habla de desenfreno y alegría cuando decimos ¡que viva la Pepa! Este fue el primer eslogan político de nuestra historia.

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