¿Sabe la gente quien fue Alhakén o Al- Hakam II? Con ese nombre suena a “moro” y poco más ¿verdad? Pues este cordobés fue listo como pocos en un s. X en el que Córdoba estuvo a la altura de Bagdad como centro político y cultural del mundo. La gente conoce la biblioteca de Alejandría, pero ¿conoce la Biblioteca Califal de Córdoba? ¡Me temo que ni flowers!

Al-Hakam II o Alhakén II. Monumento en la Plaza del Campo Santo de los Mártires, Córdoba.

Este menda fue el hijo de Abderramán III y fue el segundo califa omeya de Córdoba. Su vida la destinó a leer y aprender y se le conoció como el “califa sabio”. Por absorber sabiduría, absorbió más que un inglés en Magaluf, tanto que dejó de lado tareas políticas que luego se volvieron en su contra. A día de hoy es considerado el mejor genealogista que ha dado la península. Fue un fan de la filosofía y la literatura. Sus profesores fueron el filólogo iraki Ali al Qali y el gramático Al-Zubaydi. Lubna de Córdoba, una gran poetisa, fue su esclava y secretaria.

Dentro del alcázar de Córdoba construyó una biblioteca con 400.000 volúmenes. Fue la segunda mayor del mundo anterior al Renacimiento, sólo por detrás de la de Alejandría. En esos libros se tradujeron al árabe obras científicas y filosóficas de Grecia, habiendo volúmenes de épocas y orígenes diversos. Fue un símbolo andalusí, pluralista, tolerante y universalista. En el alcázar se juntaron eruditos, científicos, poetas, escribas, copistas, encuadernadores, dibujantes. El manager era el eunuco Talid, y tenían un delegado en Bagdad que mandaba copiar libros de El Cairo, Constantinopla y Damasco para ser enviados a Córdoba. En la biblioteca, además, había escribanía, taller de encuadernación, clases de gramática, caligrafía, poesía. Se calcula que 170 mujeres se dedicaron en exclusiva a la copia de libros.

Alcázar de Córdoba

Ibn Abd Rabini fue autor de una enciclopedia con todas las materias del saber. Ibn al-Katani fue un cirujano con un tratado de cirugía que llegó a toda Europa en latín. Al-Majriti traslado al árabe el planisferio de Ptolomeo. Para que el saber llegara a todos, al lado de la mezquita se construyeron un centro de caridad y 27 escuelas públicas gratis para pobres y huérfanos.

Puerta de Al-Hakam II en la Mezquita de Córdoba

Este buen hombre, el califa, murió en el 976 y a su hijo, Hisham II, lo ninguneó el yemení Almanzor, un tipo que declaró la guerra santa a los reinos cristianos y también a filósofos, poetas, astrónomos. Los consideró opuestos a la religión. Sólo salvo a médicos y matemáticos. Con la llegada de los reinos de taifas, los fugahas (oligarquía jurídica formada por sacerdotes) destruyeron y quemaron libros hasta devastar esta gran biblioteca. Esta inquisición de los fugahas juzgó todas las obras como heréticas, por contradecir la doctrina ortodoxa islámica. ¡Menos mal que estas cosas ya no pasan! Con estos fanáticos y con la entrada de los almorávides, se inició el principio del fin del Islam en la península.

Con este oscurantismo, persiguieron a Averroes, a Ibn Arabi y a Abd er Rahman (el Euclides español) que se exilió en Córdoba. Mientras Ibn Hazm estuvo en prisión, se quemaron sus libros en Sevilla y el judío Maimónides abandonó Córdoba.

De los 400.000 volúmenes de esta enorme biblioteca, solo ha llegado a nuestros días uno, encontrado en 1938 en la biblioteca Qarawiyyin de Fez. Las obras que se salvaron se dispersaron por las taifas y muchas llegaron a Toledo, lo cual atrajo el interés de traductores islámicos y judíos que deseaban asimilar la ciencia y filosofía griega y árabe. Esto fue el germen de la Escuela de Traductores de Toledo.

Por cierto, el epitafio de Alhakén II fue “Por Alá, que jamás los tiempos traerán otro semejante a él”.

Escuela de Traductores en el Palacio del Rey Don Pedro, Toledo


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