Aunque estarían cronológicamente dentro de la Edad de los Metales, los talayots baleares adquieren muchas semejanzas con el neolítico mediterráneo. Son típicos de las islas Baleares, principalmente Mallorca y Menorca, y son construcciones turriformes prehistóricas del 1.000 a.C. El nombre viene de “atalaya” en hispanoárabe y las paredes están orientadas a los solsticios. Principalmente tenían un fin defensivo.

Típicos del norte son los castros, pueblos prerromanos fortificados. Así, entre los muchos hallados en la cornisa cantábrica tenemos el Castro de Coaña, que esta en Villacondide, Coaña (Asturias). Es del s. IV a.C, y procede de la edad del hierro. Tiene muralla, terraplén y varios torreones. Ya en aquella época disfrutaban de termas y estaba compuesto por 80 cabañas. Fue el primer castro que se estudió en España, pero insisto, hay muchos más en Galicia, Asturias, Cantabria, etc.
Muy curioso es el caso del Tesoro de Guadalperal, cuyo origen es de los siglos V al III a.C. Se le considera erróneamente el Stonehenge español. Se encuentra en El Gordo (Cáceres) y se halla bajo el embalse de Valdecañas desde 1963 como consecuencia de las actividades de carácter “francopantano” de nuestro dictador Francisco Franco. Solo sale a la luz cuando hay sequía pertinaz prolongada, lo cual es una verdadera lástima. Son 150 lajas de granito de entre el neolítico y el calcolítico, y cumplió una función básicamente funeraria. Fue encontrado en 1925 dentro de los dominios de la Casa de Alba. La sequía de 2019 puso de manifiesto que el agua esta erosionando cada vez más éste Bien de Interés Cultural de valor incalculable.
En la Edad del Bronce tenemos ubicadas las conocidas como “motillas” en el interior peninsular, más concretamente en Castilla-La Mancha. Destaca con nombre propio la Motilla de Azuer en Daimiel, (Ciudad Real). Se trata de montículos artificiales con entre 4 y 10 metros de altura con una fortificación con planta centra rodeada de murallas concéntricas en lugares cercanos a zonas lacustres, como es el caso de la propia Daimiel y sus famosas Tablas. En el caso de la Motilla de Azuer, incluso encontramos un pozo que alcanzó el nivel freático. Estas construcciones no pasan desapercibidas y curiosas son un rato.


No obstante, si de algo estamos orgullosos e España de esta época es de la Dama de Elche. Realizada en piedra caliza entre los siglos V y IV a.C. En la cabeza lleva un tocado con un velo. La pieza fue hallada por casualidad el 4 de agosto de 1897 en La Alcudia, dentro del municipio de Elche (Alicante), en una finca del doctor Campello. El hispanista francés, Pierre Paris, quedó enamorado de la pieza y de este modo se vendió al Museo del Louvre en ese mismo mes de agosto, el mismo mes en el que se asesinó al presidente Cánovas del Castillo, de modo que la atención de la prensa nunca estuvo en este hallazgo. Ya a finales de 1897 se dio comienzo a la indignación, pero para entonces, Campello tenía 4.000 francos en el bolsillo y la obra se exhibía flamante en París. Pasaron los años y tras un intercambio de piezas entre los gobiernos de España y Francia, la pieza regresó a España en 1941 junto al Tesoro de Guarrazar (famoso tesoro visigodo). Después de estar tres décadas en el Museo del Prado, desde 1971 se puede visitar en el Museo Arqueológico Nacional, de hecho, es la joya de la corona de dicho museo. La Dama de Elche se encuadra en un momento de crecimiento comercial entre la costa oriental ibérica y el comercio de fenicios que surcaban las aguas del Mediterráneo de este a oeste. Una de las cosas que más llaman la atención de esta figura íbera prerromana es su similitud al arte griego.

También del s. IV a.C. tenemos la Dama de Baza (Granada), con ciertas similitudes a la Dama de Elche. Descubierta en 1971, comparte destino actualmente con la Dama de Elche y procede de un enterramiento, puesto que estaba en una cámara funeraria. Por cierto, el propietario de la finca estuvo indignado porque decía que le correspondía la mitad de su valor como así se indica en la primera ley del derecho romano.
Y para terminar, tenemos a los famosos Toros de Guisando en El Tiemblo (Ávila). Proceden del s. III a.C en plena edad del hierro y enmarcados dentro del pueblo de los vetones, un pueblo que habitaba esa zona del centro peninsular prerromano. Son cinco toros (uno desapareció en 1548) realizados en granito y mirando hacia el oeste, hacia el cerro de Guisando. De los cuatro verracos que aún permanecen tras el paso de los siglos, se sigue dudando de su función, es decir, si religiosa, si funeraria, etc. Estos verracos fueron testigos del tratado que sellaron Enrique IV e Isabel la Católica y también han aparecido mencionados en El Quijote de Cervantes y en obras de Lope de Vega y Lorca.

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