Tras el fallecimiento del último Austria, un Carlos II sin descendencia, se lio parda en España, y es que a la persona que designó para gobernar, Felipe de Anjou, le salió un firme opositor que luchó por convertirse en Carlos III. Este tipo, el austracista Archiduque Carlos, se quedó finalmente en solo Carlos III el Pretendiente. El caso es que tras una prolongada guerra en la que diferentes países malmetieron, Felipe terminó alzándose con el trono y pasó a ser Felipe V, dando inicio así la dinastía de los Borbones. La suerte perseguía a España, pero España era más rápida.

Claro, Felipe V comienza a reinar en una España dividida, ¡qué cosa más rara! Media España había sido borbónica y la otra media austracista. España era un marrón y era su abuelo quien tomaba las decisiones más difíciles. El abuelo no era otro que el Rey Sol, un tal Luis XIV. Así, tras gobernar muy poco con su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya, ésta se murió y se casó en segundas nupcias con la italiana Isabel de Farnesio. Hay quien dice que era la reina la que manipulaba a Felipe V y la que le convence para que en ese marrón de país, abdicara en 1724 en beneficio de su primogénito, Luis I, el hijo que tuvo con su anterior esposa. El chaval accedió al trono de un imperio el 15 de enero de 1724 cuando solo tenía 17 años y medio.

Total, que a Luis I había que casarlo y entre las candidatas había una francesa de la casa de Orleans, Luisa Isabel de Orleans. La tipa era bisnieta de Luis XIII, y su padre había sido regente del país galo, Felipe II de Orleans.

Luisa Isabel de Orleans

El caso es que al principio la cosa iba bien, pero claro, el chico comenzó a ver lagunas en su matrimonio de conveniencia, y es que Luisa Isabel iba por palacio tirando eructos, repartía flatulencias sin reparo, se paseaba en bolas delante del servicio y lo mismo te trepaba un árbol que se tiraba al suelo para fregarlo, vamos, que estaba más sonada que las maracas de Machín. Ya con su caso estudiado, parece que la chica tenía trastorno límite de la personalidad y además de regalo padecía bulimia.

El chaval, Luis I, parece ser que a su padre le decía aquello de “papá, yo no lo veo”. El menda estaba más confuso que un romano leyendo un cartel del LIDL.

Contra todo pronóstico, Luis I contrajo viruela y esa enfermedad a comienzos del s. XVIII tenía mala solución. Lo curioso es que ya una vez enfermo, Luisa Isabel le cuidó como si no hubiera un mañana, y es que la chica se enamoró de su chico locamente. Estuvo con él, con su chamo, hasta el último suspiro. Luis I murió 7 meses y medio más tarde de acceder al trono, concretamente el 31 de agosto de 1724. Isabel de Farnesio ordenó entonces que a la reina, a la que estaba como un cencerro, se la llevaran a París y a ella y a Felipe V no les quedó más remedio que volver a reinar ese marrón que entonces se llamaba España. Vamos, que ganas, lo que se dice ganas, no tenían muchas.

Felipe V murió en 1746 y le sucedió su segundo hijo (también de su primer matrimonio) Fernando VI, es decir, el hermano de Luis I. Y cuidado, que Fernando VI murió también sin descendencia y tuvieron que traer de Italia, esta vez sí, a Carlos III, el primer hijo que tuvo Felipe V con Isabel de Farnesio, la marimandona. Así pues, casi todo el s. XVIII fue reinado en España por padre e hijos.

Lo curioso de Luis I para los que somos aficionados a la numismática es que reinó solo 7 meses en 1724, y claro, su padre, Felipe V, reinó de 1700 a 1746. Los numismáticos siempre se suelen poner nerviosos al encontrarse una moneda de 1724, y es que, o es de Felipe V o es de Luis I. ¿Por qué se ponen nerviosos? Pues porque monedas del padre hay muchas, pero del hijo hay muy pocas, y suelen tener un valor diez veces superior, y es que apenas se acuñaron monedas de Luis I.

Si así comenzaron los Borbones en España, ya podemos intuir que la cosa no terminó de mejorar con los años. Lo que natura no da, Salamanca no presta.

Moneda de 2 escudos de la ceca de Sevilla del año 1724 de Ludouicus I

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