La historia tiene una extraña habilidad para repartir la fama. Hay personajes que realizan una contribución modesta y terminan convertidos en leyenda universal. Otros dedican toda una vida a una empresa extraordinaria y acaban relegados a una nota al pie. Joaquín de Alcubierre pertenece a esta segunda categoría. Casi nadie le conoce, y la cosa tiene delito.
Pocos españoles saben quién fue. Sin embargo, millones de turistas han contemplado el resultado de su trabajo. Cada año, visitantes procedentes de todos los rincones del mundo recorren las calles de Pompeya, observan los frescos de sus villas, se asoman a sus teatros y pasean por sus calzadas con la sensación de haber viajado dos mil años atrás en el tiempo. Lo que muchos desconocen es que el hombre que inició aquella gigantesca aventura arqueológica era un ingeniero militar nacido en Zaragoza y al servicio de un rey español.
Porque la historia de Pompeya no comienza con la erupción del Vesubio. Comienza con Carlos III. O, para ser más precisos, comienza mucho antes de que Carlos III ocupara el trono de España.
Cuando pensamos en Carlos III solemos imaginar al monarca ilustrado que embelleció Madrid, impulsó reformas administrativas y se ganó el apelativo de «mejor alcalde de Madrid». Sin embargo, antes de convertirse en rey de España había gobernado durante más de dos décadas el Reino de Nápoles. Y fue precisamente allí donde se produjo uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de todos los tiempos.
A principios del siglo XVIII nadie sabía exactamente dónde se encontraban Pompeya y Herculano.
Se conocía la existencia de aquellas ciudades gracias a las fuentes clásicas. Plinio el Joven había descrito la terrible erupción del Vesubio del año 79 d.C. Los historiadores romanos hablaban de poblaciones desaparecidas bajo las cenizas. Pero una cosa era conocer su existencia y otra muy distinta localizar sus restos.
Durante siglos, la tierra había hecho su trabajo con admirable eficacia. Las ciudades habían desaparecido bajo metros de ceniza volcánica, piedra pómez y sedimentos acumulados durante generaciones. Los campos cultivados, los caminos y las nuevas construcciones habían borrado casi cualquier huella visible de aquellas antiguas urbes romanas.
En cierto modo, Pompeya y Herculano habían dejado de existir. Y así permanecieron durante más de mil seiscientos años.
La primera pista importante apareció de manera accidental. En 1709, mientras se excavaba un pozo en la localidad de Resina, cerca de Nápoles, los trabajadores encontraron restos de mármoles antiguos. Aquello llamó la atención de algunos eruditos, aunque nadie comprendió todavía la verdadera magnitud del hallazgo.
Las investigaciones continuaron de forma irregular durante años. Lo que se buscaba no era exactamente conocimiento histórico. Lo que interesaba eran las esculturas, los mármoles y los objetos valiosos que pudieran adornar palacios o enriquecer colecciones privadas. La arqueología, tal como la entendemos hoy, estaba aún muy lejos de nacer.
Entonces apareció Joaquín de Alcubierre.
Nacido en Zaragoza en 1702, había desarrollado una sólida carrera como ingeniero militar. Formado en matemáticas, fortificaciones y técnicas de excavación, poseía precisamente las habilidades que necesitaba la corona napolitana para explorar aquellos misteriosos yacimientos.
En 1738, bajo el patrocinio directo de Carlos de Borbón —el futuro Carlos III—, Alcubierre recibió la misión de dirigir las excavaciones.
Seguramente ni él mismo sospechaba que estaba a punto de abrir una ventana única al mundo romano.
Las primeras investigaciones se concentraron en Herculano.
El trabajo resultó extraordinariamente complicado. A diferencia de Pompeya, que había quedado sepultada bajo una gruesa capa de ceniza relativamente blanda, Herculano se encontraba enterrada bajo materiales volcánicos endurecidos que en algunos puntos alcanzaban más de veinte metros de profundidad.
Aquello obligó a trabajar prácticamente como si se tratara de una explotación minera. Se excavaban pozos verticales. Se abrían galerías subterráneas. Se avanzaba a oscuras entre túneles estrechos. Y poco a poco comenzaban a aparecer estatuas, mosaicos, columnas y edificios que parecían emerger directamente del pasado.
Cada descubrimiento aumentaba la fascinación. Porque aquellos restos no pertenecían a una civilización desconocida. Pertenecían a Roma. La gran Roma. La civilización que había modelado buena parte de Europa. Era como si la Antigüedad clásica hubiera decidido regresar para contar su propia historia.
Entre los hallazgos más espectaculares apareció el teatro de Herculano. Después llegaron villas lujosamente decoradas, bibliotecas y colecciones artísticas de un valor incalculable.
Europa entera comenzó a prestar atención. Los informes circulaban entre cortes y academias. Los eruditos discutían sobre las nuevas evidencias. Los viajeros del Grand Tour incluían Nápoles en sus itinerarios. Y el prestigio cultural de la monarquía borbónica aumentaba considerablemente.
Sin embargo, la gran sorpresa aún estaba por llegar. En 1748, las excavaciones se trasladaron a otra zona situada cerca del Vesubio. Los trabajos comenzaron casi como una investigación más. Nadie esperaba nada extraordinario. Y precisamente por eso el resultado fue tan asombroso. Poco a poco fueron apareciendo calles. Después edificios, luego inscripciones. Más tarde templos, tabernas, casas y espacios públicos. No se trataba de un edificio aislado. No era una villa perdida. Era una ciudad entera.
Pompeya había regresado.
Lo que hacía aquel descubrimiento tan excepcional no era únicamente su tamaño. Lo verdaderamente revolucionario era su estado de conservación. Durante siglos, las cenizas habían actuado como una gigantesca cápsula del tiempo.
Las viviendas seguían en pie, los frescos conservaban sus colores, los utensilios domésticos permanecían en sus lugares originales, las panaderías conservaban sus hornos, las tabernas mantenían sus mostradores. Era como si los habitantes hubieran abandonado la ciudad apenas unas horas antes. Por primera vez en la historia, los estudiosos podían contemplar la vida cotidiana de Roma con un nivel de detalle inimaginable.
Hasta entonces la Antigüedad había sido conocida principalmente a través de textos literarios, monumentos aislados o esculturas descontextualizadas. Pompeya cambió completamente esa perspectiva.
Ahora era posible observar cómo vivían los comerciantes, qué comían los ciudadanos, cómo estaban decoradas las casas o qué anuncios aparecían pintados en las paredes.
La historia dejaba de pertenecer exclusivamente a emperadores y generales.
También hablaban los panaderos, los taberneros y los vecinos anónimos.
Sin proponérselo, Joaquín de Alcubierre estaba contribuyendo al nacimiento de una nueva forma de entender el pasado.
Es cierto que sus métodos distaban mucho de los estándares arqueológicos actuales. A menudo se le ha criticado por priorizar la recuperación de objetos valiosos frente al estudio sistemático de los contextos arqueológicos. Algunas de esas críticas son razonables.
Pero también conviene recordar que juzgar el siglo XVIII con criterios del siglo XXI suele conducir a conclusiones tan cómodas como injustas.
Alcubierre no era un arqueólogo moderno porque la arqueología moderna todavía no existía. Era un ingeniero militar enfrentado a un desafío completamente nuevo. Y fue precisamente gracias a aquellos primeros trabajos, imperfectos pero pioneros, como generaciones posteriores pudieron desarrollar técnicas mucho más avanzadas.
Mientras tanto, los hallazgos comenzaban a producir efectos inesperados.
La influencia de Pompeya y Herculano se extendió rápidamente por toda Europa. Arquitectos, pintores, escultores y decoradores encontraron en aquellas ruinas una fuente inagotable de inspiración.
El neoclasicismo recibió un impulso decisivo. Las élites europeas empezaron a decorar sus palacios imitando modelos romanos. La moda, el mobiliario y las artes decorativas se impregnaron de referencias clásicas. Incluso quienes jamás visitarían Italia terminaron contemplando los efectos de aquellos descubrimientos.
Pompeya se convirtió en una auténtica obsesión cultural. Y detrás de aquella obsesión se encontraba, en buena medida, el trabajo iniciado por un español al servicio de otro español.
Quizá por eso resulta sorprendente que el nombre de Joaquín de Alcubierre sea hoy tan poco conocido. La mayoría de los visitantes que recorren Pompeya recuerdan al Vesubio. Algunos conocen a Plinio. Muy pocos han oído hablar del ingeniero aragonés que pasó años desenterrando aquel universo perdido.
Sin embargo, la historia suele ser así de caprichosa. Los volcanes se llevan la fama y los arqueólogos hacen el trabajo, y, de vez en cuando, algún español olvidado termina protagonizando una de las aventuras intelectuales más extraordinarias de la Edad Moderna sin que casi nadie se acuerde de él.
Pero cada vez que un turista camina por las calles empedradas de Pompeya, contempla los mosaicos de una villa romana o se detiene frente a las huellas de una civilización congelada en el tiempo, está disfrutando, aunque no lo sepa, del legado de Joaquín de Alcubierre. El hombre que devolvió una ciudad a la historia después de diecisiete siglos de silencio.

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Qué gran película española se podría hacer sobre este acontecimiento histórico si el ministerio de Cultura premiase con ayudas especiales este tipo de obras…
Que interesante, No había escuchado de este personaje: gracias Marcelino
Como siempre relato interesantísimo. Espero con verdadera ansiedad esta publicación. ¡Lástima que no se prodigue mas! ¡Gracias!
Muchísimas gracias por tus palabras José Luis. Un abrazo fuerte!!!
Siempre sigo tus relatos tan interesantes, pero esta vez te supérate, como decimos en México: “se me cayeron los calzones “
Muchísimas gracias por seguirme Juan Antonio. Saludos desde España. Un abrazo fuerte!!