Para hablar de Tartessos, antes hemos de hablar de los fenicios, y es que Fenicia era una región mediterránea que ocupaba una franja estrecha entre las actuales Líbano, Israel, Palestina y Siria. Expertos en el comercio y la navegación, tenían una serie de ciudades estado en su lugar de origen como, por ejemplo, Biblos o Tiro y comerciaron, sobre todo, con tintes (buscaban un tinte muy cotizado, el púrpura) y metales preciosos, principalmente el estaño, que al unirlo al cobre proporcionaba el siempre cotizado bronce. Por esto último llegaron al otro extremo del Mediterráneo y son los culpables de introducir la metalurgia y las diferentes técnicas de extracción de los metales. Es en el área suroccidental de la península Ibérica en donde entran en contacto con un pueblo o reino o cultura que conocemos como Taretessos. Este “reino” se creyó autóctono a comienzos del s. XX, pero a partir de los años 80´ se entiende como la conjunción de la cultura indígena y su orientalización a partir de la cultura fenicia.
Tartessos es, según algunos, un área geográfica correspondiente a una cultura determinada, según otros, un reino, otros consideran que es el nombre de un río, etc, pero en cualquier caso, Tartessos, geográficamente, se identifica, principalmente, con la desembocadura del río Guadalquivir y tramo final del río Guadiana, es decir, la confluencia de las provincias de Cádiz, Sevilla, Huelva más Badajoz y sur de Portugal.
Tradicionalmente, se ha considerados que la costa mediterránea estaba dividida en dos, esto es, de un punto entre Santa Pola y Denia hacia el norte se había producido una colonización griega y hacia el sur había habido una colonización fenicia. Los primeros griegos habían llegado a Ampurias (La Escala, Girona) en torno al 550 a.C desde Massalia (Marsella). En origen poseían sus propias ciudades estado y podríamos considerarlos como la piedra de toque de nuestra cultura, de modo que introdujeron la producción abundante de cerámica, el olivo, la pesca, etc. Incluso más al sur, en Mazarrón (Murcia) explotaron minas de plomo y plata. Para los griegos España era el jardín de las especies, fueron quienes bautizaron a Tartessos y fueron quienes llamaron a Iberia como tal, desde muy antiguo, de hecho, se sabe de íberos que fueron mercenarios en Grecia. A pesar de todo, la fecha de llegada de los griegos a la península Ibérica no está del todo cerrada, existiendo aún muchas dudas al respecto. De lo que no cabe duda es que los griegos pensaron que Tartessos fue la primera civilización de Occidente.

Pues bien, si como decimos, los griegos llegaron a la península en el 550 a.C, los fenicios habían sido muy anteriores, hasta el punto de fundar la primera ciudad peninsular, Cádiz, en el 1.100 a.C, dándole como nombre Gadir, es decir, “ciudad amurallada”. No fue la única ciudad, puesto que también levantaron ciudades como Carteia (San Roque, Cádiz) Malaka (Málaga, fundada por fenicios de Tiro), Sexi (Almuñécar, Granada) y Abdera (Adra, Almería). Es más, a ellos se atribuye el propio nombre de España, que significaba “tierra de conejos” por la gran abundancia de este animal. Los fenicios introdujeron un caballo que conocían gracias a los asirios y sus también ciudades estado eran semiautónomas, con gobiernos democráticos y asambleas populares formadas por miembros procedentes de los diferentes estratos sociales.
Dicho esto, históricamente hablando, a la hora de hablar de la famosa Tartessos disponemos de dos tipos de fuentes: por un lado la literatura, y por otro la propia arqueología.
El primero que menciona a Tartessos oficialmente fue el historiador griego Hecateo de Mileto, en el s VI a.C. Podríamos asegurar que es la primera fuente que menciona directamente a Tartessos.
Posteriormente, se refiere a ella Herodoto, es decir, nada más y nada menos que el que es considerado como padre de la Historia. Claro, por mucho que se quiera respetar a Herodoto, no debemos obviar una cosa muy importante y es que, Herodoto habla de una Tartessos del s. VII a.C, pero Herodoto es un menda que vivió en el s.V a.C, es decir, habló del otro extremo del Mediterráneos 200 años más tarde. No podemos olvidar tampoco que, para los griegos, el Estrecho de Gibraltar eran las Columnas de Hércules y esa era la frontera entre el mundo conocido y el desconocido, y en torno a este lugar había mucha literatura fantástica, mitología, fantasía, etc. Volviendo a Herodoto, él mencionó la existencia de esta ciudad o reino o río como algo existente ya en el s. VII a.C. y también escribió sobre un tal Coleo de Samos, un navegante jonio que fue el primero en llegar a Tartessos y regresó con riquezas considerables en aquel s. VII a.C.. Herodoto también escribió sobre los foceos, unos griefos de la actual Turquía que entablaron relaciones con el rey de Tartessos, de nombre Argantonio, cerca del golfo de Cádiz, el cual les proporcionó hasta 1.500 kg. de plata para financiar su enfrentamiento con Persia.
Centrándonos en Argantonio, Herodoto habla de esta figura como un rey bueno, rico, pacífico y viejo, hasta el punto que establece que llegó a vivir 120 años y que gobernó 80 de ellos. ¿Fue así Argantonio? Seguramente no, pero eso no significa que esta figura o rey o gobernador no existiera. El poeta griego Anacreonte, entre el 600 y 550 a.C., dijo que no quería para él la longevidad del rey de Tartessos, y esto lo sabemos por un romano que le menciona, atención, siglos después. Hoy sabemos que Argantonio fue el último rey tartésico, que reinó, más o menos, entre el 670 y 550 a.C. y que su reinado coincidió con el apogeo de la cultura tartésica. Los griegos, por ejemplo, le atribuyeron una riqueza ingente en minería de plata y bronce. Además, sabemos de la existencia de otros reyes mitológicos tartésicos como Gerión, Nórax, Gárgoris y Habis.

Muchísimos siglos más tarde, Rufo Festo Avíeno, un poeta latino de Etruria del s. IV d.C., definió literariamente a Tartessos. Es más, la propia Biblia menciona una tal Tartis que se cree que podría ser Tartessos, una región lejana de la que venían a Fenicia numerosas naves de actividad puramente comercial.
Así pues, toda esta literatura tardía con respecto a Tartessos hay que cogerla con pinzas. Lo que narraba Herodoto, por ejemplo, suena a mito y leyenda debido a que, nadie, en aquellos tiempos, iba a ir a comprobar al otro extremo del continente, 200 años después, lo que este menda contaba en sus escritos.
Sin abandonar la literatura, los romanos no mencionan a Tartessos tras la segunda guerra púnica entre los años 218 y 201 a.C., por lo que en aquella época podemos afirmar que este reino ya no exisía.
Adentrándonos en la arqueología, curioso es el caso del alemán Adolf Schulten. Resulta que a principios del s. XX, otro alemán, Heinrich Schliemann echó mano del artista Homero, a quien se atribuyen la Iliada y la Odisea para, a través de sus obras, buscar ciudades perdidas como Troya, Micenas o Tirinto. La cosa parece surrealista, pero el tema es que lo consiguió y encontró dichas ciudades. ¡De traca! Pues bien, Schulten, siguiendo el ejemplo de Schliemann, trató de hacer lo mismo con Tartessos y aunque excavó en el Parque Nacional de Doñana y encontró algún anillo que otro, el tipo comenzó a fabular y aseguró que había encontrado Tartessos, pero la realidad es que el tipo estaba más sonado que las maracas de Machín.
Finalmente, en 1958 se produjo un giro inesperado de los acontecimientos. El historiador y arqueólogo español Juan de Mata Carriazo halló el primer yacimiento arqueológico, o al menos eso se creyó en esos momentos. Encontró el famosísimo El Carambolo (Camas, Sevilla) y su archiconocido tesoro compuesto por varias piezas de oro. Tartessos comenzaba a coger forma, pero sería algo temporal, puesto que en los 80´ se comienza a hablar de una Tartessos como mezcla de una cultura indígena del bronce final entre el 1.200 y 800 a.C. más o menos, y una orientalización gracias a la colonización fenicia y, todo esto, siempre fundamentado en restos arqueológicos y no en literatura. De este modo, hoy se habla de El Carambolo como yacimiento fenicio sin más. Así, lo tartésico no se entiende solo como indígena, sino también como fenicio, es decir, sin lo fenicio no existe Tartessos.
Con la llegada de Roma a la península se cambió hasta el nombre, y a lo tartésico se le comezó a denominar “turdetano”.
La cultura tartésica se ha ubicado tradicionalmente en el valle del Guadaquivir, pero claro, la arqueología ha arrojado más yacimientos tartésicos, mostrando una mayor dispersión, de modo que tenemos excavaciones en, por ejemplo, Badajoz, en el valle del Guadiana con el conocido como Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz). Los fenicios, como ya hemos señalado, vinieron a la península a por estaño para poder elaborar bronce. Famosa en esté área es la Ruta de las Cogotas, que es la raíz de la muy posterior ruta de la plata.

La capital de este reino de Tartessos aún no se ha encontrado y, se supone, debería estar en la desembocadura del Guadalquivir. Argantonio, por ejemplo, su famoso “rey”, es considerado el señor de la plata, es decir, el dueño de la plata de este reino y de ahí que su nombre comience por tres letras que hacen referencia al preciado metal. En el sur de Portugal han llegado a aparecer estelas en referencia a este tal Argantonio.
En cuanto al lenguaje de esta época y gracias a los yacimientos tartésicos hallados, disponemos de multitud de topónimos tartésicos que significan “ciudad” y que se identifican con los fonemas formados por “-ipo”, “-urgi” y “-uba”. Así, de este modo, tenenos Olissipo (Lisboa), Baesippo (Barbate), Collipo (San Sebastián de Freixo), Lipola (Niebla), Irippo (Alcalá de Guadaira), Orippo (Dos Hermanas), Ostippo (Estepa), Seripa (Serpa), Aipora (Sanlúcar de Barrameda), Leapo (Lepe), Epora (Montoro), Iponuba (Baena), Conisturgi (Medellín), Isturgi (Andújar), Corduba (Córdoba), Oniba (Huelva) y Ossonoba (Faro).
Por otra parte, yacimientos tartésicos importantes, como tales, tenemos en Aliseda (Aliseda, Cáceres), Asta Regia (Jerez de la Frontera, Cádiz), Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz), la Mata (Campanario, Badajoz), Cerro Salomón (provincia de Huelva), La Joya (provincia de Huelva), El Carambolo (Camas, Sevilla), La Tablada (El Viso del Alcor, Sevilla), Tejada la Vieja (Escacena del Campo, Huelva), El Turuñuelo (Guareña, Badajoz) y Carmona (Sevilla). Incluso si nos situamos en la periferia tartésica tenemos la ciudad iberorromana de Cástulo (Linares, Jaén). Cástulo fue la capital de Oretania y estuvo habitada por indígenas desde el 3000 a.C.

En torno al 500 a.C los fenicios fueron sustituidos por los cartagineses, es decir, los fenicios 2.0, y es que los cartaginenses procedían de una ciudad que fundaron siglos atrás los mismos fenicios, la conocida como Cartago, una gran ciudad estado. Enfocados al comercio y a la navegación, fundaron colonias en toda la península, conquistando el levante español desde Cádiz hasta Ampurias.
La desaparición de Tartessos, según la arqueología, se ha establecido en torno al año 500 a.C y el hecho de referencia es la Batalla de Allalia (Córcega) en el 535 a.C. en la que los caratagineses, entre otras cosas, arribaron a la península Ibérica. El final de los cartagineses llegó cuando fueron destruidos por la mismísima Roma en el 146 a.C.
Y, para terminar, añadir que, Víctor Cucurull, miembro del Secretariado de la Asamblea Nacional Catalana (organización que tiene por objetivo la consecución de la independencia por parte de Cataluña) y experto tanto en la gestión de recursos culturales, como en la historia de la nación catalana, aseguró hace unos pocos años, en 2014 concretamente, que esta nación catalana se remonta al s. VII a.C. porque la capital de Tartessos era Tortosa. El video se hizo viral y debe andar por ahí pululando aún. Vamos, que Argantonio, realmente, se llamó Antoni Argent y solía decir aquello de “escolta nen”. Y no se llamaba Jordi de milagro. Supongo que el parecido fonético entre Tartessos y Tortosa es la base de tamaña afirmación y hala, que el menda unió los puntos en modo Steve Jobs sin necesidad de excavar un solo metro cuadrado y ya está. Los españoles o, mejor dicho, los castellanos, que no nos enteramos de ná y estamos en este mundo porque tiene que haber de tó.

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