En pleno siglo XVII, cuando España ya empezaba a perder la costumbre de ganar batallas y a cogerle el gusto a perder territorios, apareció un personaje que parecía salido de una novela picaresca de la época: Pedro Bohórquez, alias el “Inca andaluz”. Sí, han leído bien: Inca. Y andaluz. Una mezcla que haría palidecer a cualquier genealogista serio y que aún hoy provoca la sonrisa cómplice de los historiadores.
Bohórquez nació en Guadix, Granada, hacia 1602, en una familia que, como tantas otras, soñaba con hacerse rica en las Indias. Viajó al virreinato del Perú con más ambición que fortuna, y pronto descubrió lo que tantos: que las minas de oro ya estaban ocupadas, que los cargos importantes ya tenían dueño y que, si uno quería medrar, debía recurrir al ingenio… o al engaño. Pedro eligió lo segundo.
Su gran hallazgo fue comprender que, en aquellas tierras, el aura sagrada de los Incas seguía intacta entre los pueblos indígenas, a pesar de los cien años de conquista española. Y si los indios necesitaban un Inca, ¿por qué no darles uno… made in Guadix? Con desparpajo digno de un vendedor de biblias puerta a puerta, Bohórquez se inventó un linaje que lo conectaba directamente con Atahualpa y los grandes soberanos del Cuzco. ¿Pruebas? ¿Papeles? ¿Testigos? Nada de eso: bastaba su acento convincente, su porte teatral y unas cuantas palabras que aprendió en quechua para dotarse de la autoridad necesaria.
Así nació el mito del Inca andaluz, que pronto corrió como pólvora por las serranías de los Calchaquíes, en el actual noroeste argentino. Miles de indígenas vieron en él al heredero legítimo, el hombre que devolvería la dignidad arrebatada por los conquistadores. Y Pedro, que no era tonto, se dejó adorar como tal. A veces coronado con plumas, a veces rodeado de séquitos, dictaba órdenes, administraba justicia y hasta planeó fundar un nuevo reino. El sueño de Atahualpa reencarnado en un granadino con acento de la Vega.
Pero el plan tenía un pequeño inconveniente: España. Los virreyes no eran precisamente receptivos a que apareciese un “Inca resucitado” reclamando súbditos y territorios. Al principio lo toleraron, incluso lo usaron para pacificar rebeliones indígenas. ¿Qué mejor que un falso Inca para convencer a los nativos de que siguieran obedeciendo al rey de España? Pero, como suele pasar, el aprendiz superó al maestro. Bohórquez empezó a creerse su propio personaje y, con ello, se convirtió en amenaza.
En 1656, acusado de conspiración y de promover levantamientos, fue arrestado y llevado a Lima. El virrey decidió que ya estaba bien de teatro: se le procesó y, tras un juicio que duró años, fue condenado a muerte. En 1667, en la Plaza Mayor de Lima, el supuesto descendiente de los Incas fue ajusticiado por garrote. El pueblo asistió entre incrédulo y divertido: un “emperador” de opereta que había logrado engañar a miles y que acababa como lo que realmente era, un pícaro sin remedio.
Lo irónico del caso es que, a su manera, Bohórquez fue un visionario. Supo ver el vacío de legitimidad que España nunca terminó de llenar en sus dominios americanos y lo explotó con un descaro admirable. Si hubiera nacido un siglo más tarde, quizá habría acabado como libertador en lugar de ajusticiado. Pero le tocó vivir en el barroco español, donde todo era pompa, apariencia y decadencia. Y allí, el Inca andaluz brilló como una farsa que, sin embargo, dice más de la historia de España que muchas crónicas oficiales.
Porque, en el fondo, Pedro Bohórquez no fue solo un impostor: fue el espejo incómodo de un imperio que se sostenía en ficciones. Y como tantas veces ocurre en nuestra historia, lo que parecía ridículo tenía un poso de verdad. Tal vez, al fin y al cabo, el último Inca sí fue andaluz.
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Relato muy agradable para este fin de semana y que hace compararlo con la actualidad