La historia entre España y Francia tiene algo de relación tóxica de manual: se necesitan, se enfrentan, se alían… y, cuando parece que todo va bien, alguien —spoiler: suele ser Francia— decide reinterpretar el concepto de “alianza” con una flexibilidad digna de estudio.

No se trata de caer en simplificaciones fáciles. Francia no es la villana de una novela mal escrita, ni España la víctima perpetua de un culebrón histórico. Pero sí hay una constante incómoda: en varios momentos clave, los intereses franceses han pasado por encima de acuerdos, afinidades o incluso de esa lógica básica que uno espera entre socios. Y ahí empiezan las fricciones. Y, como suele ocurrir, la historia conviene contarla en orden… porque mejora el suspense.

La cosa arranca pronto. En 1531, se forma la Liga de Esmalcalda, una coalición de príncipes protestantes dentro del Sacro Imperio. Y aquí llega el primer giro interesante: Francia, potencia católica, decide apoyar —de manera directa o indirecta— a estos príncipes frente al emperador Carlos V, que además de emperador era rey de España. La guerra culmina en 1546-1547, y el mensaje queda claro: la religión está muy bien… hasta que molesta a la geopolítica.

Por si no bastaba, en 1536, apenas unos años después, Francia firma su famosa alianza con el Imperio otomano bajo Francisco I y Solimán el Magnífico. Sí, los mismos otomanos contra los que España combatía en el Mediterráneo. Mientras unos luchaban en Lepanto décadas después (1571), otros ya habían entendido que, si el enemigo común era más importante, las diferencias religiosas podían quedarse en segundo plano. Visto desde Madrid, aquello debía de sonar a algo entre desconcertante y ligeramente irritante.

Saltamos al siguiente gran episodio: la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Francia entra directamente en el conflicto en 1635, apoyando a los protestantes contra los Habsburgo. De nuevo, el patrón se repite. Richelieu, cardenal y primer ministro, entendía perfectamente que el tablero europeo no se jugaba con rosarios, sino con equilibrios de poder. Mientras España defendía su posición y su causa —que, casualmente, coincidía con la católica—, Francia apostaba por debilitar al rival, aunque eso implicara apoyar al bando ideológicamente opuesto.

Avanzamos un siglo y llegamos a la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Aquí sí hay alianza formal: los Pactos de Familia entre monarquías borbónicas. Todo queda en casa, podríamos pensar. España entra en la guerra en 1762 para apoyar a Francia frente a Gran Bretaña. El resultado: La Habana y Manila caen en manos británicas. No es que Francia traicione, pero la sensación es parecida a cuando un amigo te convence para meterte en un problema… y el que acaba pagando eres tú.

Y entonces llegamos a uno de los momentos más conocidos: Trafalgar, 21 de octubre de 1805. Francia y España combaten juntas contra la flota británica. Sobre el papel, una alianza sólida; en la práctica, una coordinación discutible. El mando francés de Villeneuve no estuvo precisamente brillante, y aunque la armada española aportó oficiales de gran nivel —Gravina, Churruca—, el resultado fue una derrota contundente. Aquí no hay traición abierta, pero sí una gestión que deja ese regusto amargo de alianza mal ejecutada.

Y cuando uno piensa que ya lo ha visto todo, aparece el Tratado de Fontainebleau, 27 de octubre de 1807. España y Francia acuerdan repartirse Portugal. Todo muy estratégico, muy lógico… hasta que las tropas francesas cruzan la Península y deciden que, ya que están, se quedan. En 1808, Napoleón fuerza las abdicaciones de Bayona y coloca a su hermano José en el trono español. Lo que empezó como una alianza termina en invasión. Aquí ya no hay ambigüedad posible: de socio a ocupante en cuestión de meses.

Y, para cerrar el recorrido, un episodio menos bélico pero no menos revelador: la Enciclopedia Metódica, publicada entre 1782 y 1832. Este gran proyecto ilustrado francés, heredero de la Encyclopédie, también llegó a España. Pero algunas de sus entradas ofrecían visiones críticas —cuando no directamente despectivas— sobre la historia y la sociedad españolas. En plena Ilustración, mientras España intentaba modernizarse, Francia no dudaba en ejercer de árbitro cultural… con una cierta tendencia a mirarse en el espejo y encontrar siempre la mejor versión.

Al final, más que una lista de traiciones, lo que emerge es un patrón. Francia ha actuado, una y otra vez, según sus intereses, con una coherencia interna bastante sólida… aunque desde fuera pueda parecer oportunismo. España, por su parte, ha oscilado entre la alianza, la rivalidad y, en ocasiones, una cierta perplejidad ante esos giros.

Porque quizá el problema no sea que Francia traicione, sino que nunca ha entendido la relación en esos términos. Para París, la política internacional no es una cuestión de lealtades permanentes, sino de equilibrios cambiantes. Y quien no juegue con esa lógica, corre el riesgo de sentirse traicionado cuando, en realidad, simplemente ha perdido la partida.

Eso sí, para el que está al otro lado del tablero, la sensación no cambia demasiado. Y la historia, caprichosa como es, se ha encargado de dejar constancia de más de una jugada… cuando menos, discutible.

Y si alguien cree que estas tensiones pertenecen solo a los libros de historia, basta asomarse de vez en cuando a la frontera. Porque no han sido raros, en las últimas décadas, episodios de boicot o ataques a productos agrícolas españoles —camiones detenidos, mercancías destruidas, frutas convertidas en proyectiles improvisados— protagonizados por agricultores franceses que, paradójicamente, comparten mercado común, moneda y normativa con sus vecinos del sur. Una escena que, vista con perspectiva, tiene algo de déjà vu histórico: cambian los actores, los uniformes y los motivos, pero esa mezcla de competencia, recelo y defensa de intereses propios sigue ahí, recordándonos que, incluso dentro de la Unión Europea, hay viejas inercias que no entienden de tratados ni de buenas intenciones.


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