Con 30 cañones y un puñado de hombres hubo que hacer frente a casi 300 cañones y miles de ingleses que se presentaron en La Habana sin decir “Good morning, how are you?”
En la guerra de los 7 años entre Francia e Inglaterra para dirimir la supremacía colonial, los Borbones, nuevamente, se alinearon con los galos. Al entrar en guerra, las posiciones españolas siempre fueron muy golosas para las aspiraciones británicas y allá que fueron los ingleses en 1762 con 32 barcos, 140 buques de transporte, 2.000 cañones y más de 11.000 hombres con tres Jorges al mando de la expedición, George Pocock, George Keppel y George Eliott. El 6 de junio de 1762 los vigías divisaron las velas, pero el gobernador Juan de Prado y Portocarrero dijo que, pa qué asustaban al personal si, total, aquello era la flota de Jamaica. Claro, al ver que la flota no se detenía y que se dirigía a Cuba, entró en pánico.
La ciudad no estaba reforzada, la artillería no estaba distribuida y tan solo había 30 cañones enviados por Carlos III. Prado, que era un haragán que no había fortificado la ciudad, contaba con 4000 hombres y 800 marinos. Convocó junta urgente y rezaron para que llegara un huracán, pero iba a ser que no porque estaban en junio. Mientras tanto, las fuerzas se dividieron en las fortalezas de La Punta y El Morro. Al frente de esta última estuvo el cántabro y capitán de navío Luis Vicente de Velasco e Isla.

La flota británica se dispersó para invadir la isla por tres puntos diferentes, siendo uno de ellos La Habana. En los otros dos puntos desembarcaron sin oposición y marcharon tierra adentro para atacar La Habana desde el interior. Para ello, antes debían cruzar el rio Luyanó, famoso por su espesa maleza. Velasco, para frenarles envió a 30 hombres para detener a 8000 hijos de la pérfida Albión. ¡Con un par!
Mientras tanto, los ingleses tomaron la zona de la Cabana que debería haberse protegido años atrás. El gañán del gobernador decidió despeñar los cañones para evitar que fueran capturados y los ingleses tomaron la posición sin sufrir bajas. Así, la ciudad quedaba desprotegida, mientras 2000 británicos tomaban en paralelo la torre de la Chorrera.
Llegados a este punto, se mandó abandonar la ciudad a mujeres, niños y ancianos con todos los objetos de valor. Ya solo quedaba por allí el tal Velasco y el castillo del Morro con 64 cañones y 3200 hombres. El 13 de junio comenzó el asedio y los cañonazos no paraban de caer. El 22 de junio cayo plomo a granel. El 29 de junio los ingleses proyectaban 500 impactos al día. Por la noche los españolitos reparaban los destrozos pero no daban abasto.
El 1 de julio el ataque inglés fue por tierra y mar. Los ingleses, digamos, estaban ya hasta los mismísimos c… de la resistencia hispana. Especial fue el ataque de los 30 cañones de Velasco contra los casi 300 de los 4 navíos ingleses, lo cual casi que les hizo caer en la desesperación. El Cambridge se acercó más de lo debido a la costa y los españoles se lo cargaron sin pestañear, aunque el Marloborough lo remolcó antes de ser capturado. Tras 6 horas de infierno, allí seguían los españoles, “alive and kicking”.
Por tierra la cosa fue agotadora tras 30 días interminables repeliendo a los ingleses, pero Velasco, al frente, aguantó hasta la llegada de la fiebre amarilla que empezaba a hacer mella en los ingleses. El 17 de julio ya solo quedaban 2 baterías en el bando hispano, mientras que los ingleses estaban peor que el City en el minuto 90 en el Bernabeu. La esperanza inglesa soñaba con la llegada de refuerzos. Aun así y ya desesperados, aumentaron el ritmo a razón de 600 cañonazos diarios y sin oposición. Al día causaban 60 bajas hispanas como si fuera un martillo pilón.
Del lado hispano solo quedaba atacar y el 23 de julio se intentó, pero sin éxito. Así, el 27 de julio llegaron 3000 guiris encabezados por el coronel Burton. La cosa peor no podía pintar.
Los de Velasco, olvidados a su suerte, seguían erre que erre. El 30 de julio los ingleses fracturaron la muralla y 700 ingleses entraron sorpresivamente en el acuartelamiento español. Con solo 12 hombres, el capitán Párraga frenó el ataque durante un cuarto de hora, lo suficiente como para que sus compis llegaran para arrasar a aquellos primeros ingleses, con balazo recibido en el pecho de Velasco incluido.
Tras el cuerpo a cuerpo, los españoles izaron la bandera y Keppel entró en la sala de armas victorioso. Hasta los mismísimos, pero victorioso. Keppel le dio a escoger a Velasco curarse allí mismo o irse a ser atendido por los mejores médicos ingleses. Hubo tregua para curar a Velasco, pero le subió la fiebre y el tétanos hizo el resto. Los Jorges aceptaron 24 horas de tregua para despedir a un héroe que bien mereció ser enterrado con honores.

La Habana se rindió el 11 de agosto cuando Prado ya no pudo aguantar más en La Punta. Los mandos británicos fliparon con la resistencia española y en la misiva que enviaron a Inglaterra se confirmó haber abatido al capitán más bravo del rey católico. Carlos III levantó un par de estatuas en honor a Velasco y a su hermano le concedió el título de marqués. Hoy, Velasco tiene calle en Santander.
Tras el Tratado de París, España cedió la Florida a Gran Bretaña a cambio de recuperar la Habana.

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Genial, como siempre. Y muy ilustrante