¡Vaya año complicado el de 1557! Con un imperio, el de Carlos I, que había pasado un año antes a las manos de un joven de 29 años, Felipe II, con la “herejía” protestante campando a sus anchas por media Europa y con una Francia, la de Enrique II, y un papa napolitano, Paulo IV, aliados y combatiendo en Italia contra España. Fue un año en el que nuestro rey también era Felipe I de Inglaterra, gracias a su matrimonio con María Tudor.
Con ese paisaje, Francia invadió Italia y allá que tuvo que ir el duque de Alba para rechazarlos y aislar a un papa más antiespañol que Puigdemont bailando una sardana con Otegui. El papa excomulgó a Felipe.
Instalando el cuartel general en Cambray, un total de 60.000 hombres salieron de Flandes en julio de 1557 con la sola idea de saludar a los gabachos, y mira por donde, allí recibió el rey hispano a un menda que le llevó un libro con su horóscopo. El tipo se llamaba Nostradamus, el Rappel de la época. El rey lo agradeció educadamente y luego, a sus espaldas, rompió el libro hoja por hoja diciendo que aquello era más inútil que un cenicero en una moto.

Al frente de la tropa estaba un duque, Manuel Filiberto de Saboya, apodado Testa di Ferro, el virrey de Sicilia, otro tipo con 29 años y con cuentas pendientes con los franceses que le habían robado casi todo a su familia. Fingió una invasión en Champaña, y de ahí, con el enemigo engañado, se fue con todas las tropas a San Quintín, en el norte de Francia, y allí puso sitio a la ciudad. Allá que fueron los franceses con el condestable Anne de Montmorency, un menda que fue derrotado y hecho preso por España en Pavía, es decir, otro con ganas de venganza. Se juntaron el hambre con las ganas de comer.

San Quintín era una ratonera ubicada entre el río Somme y un bosque, por lo que Montmorency mandó a su sobrino con una avanzadilla a la ciudad, mientras esperaba con el grueso en el bosque. Finalmente, le pudo el ansia viva y avanzó con todo saliendo del bosque y, mira por donde, los españoles, resultaba que también habían cruzado el rio y les dieron hasta en el carné de identidad con los arcabuceros. Un conde flamenco al servicio de Felipe II, Lamoral de Egmond, atacó con la caballería por los flancos y las picas españolas dejaron a los franceses peor que la nariz de Maradona.
El soldado Pedro Merino de Sedano cogió preso al condestable francés, y tras darle un arcabuzazo, mandó curarle antes de presentarlo ante Testa di Ferro. El soldado, un menda de Pesquera de Ebro (Burgos), como premio, recibió 10.000 escudos. Con la pasta levantó en su pueblo una capilla dedicada a San Lorenzo, y Felipe II, casi igual, levantó el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial en honor al mismo santo, y es que la victoria fue el 10 de agosto, el día de San Lorenzo.
Murieron 9.000 franceses y 2.000 imperiales, hubo otros 2.000 heridos y Felipe II apresó a 8.000 hombres. Esto supuso el fin de la amenaza francesa y claro, este episodio no se estudia en Francia y, por supuesto, tampoco en España.

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Buenos días D Marcelino.
Ha sido mi primera lectura de sus relatos pero le aseguro que he disfrutado como «un puerco en una charca». Lo hace fácil, claro y directo.