¿Se puede ser carretero y héroe?, Pues sí, y si no que se lo digan a Martín Álvarez Galán, un extremeño de Montemolín de 31 años metido a granadero. Tras morir sus padres, se decidió por la carrera castrense y tras ver en él buenas aptitudes, sus superiores le destinaron a la Infantería de Marina.

Tras el Tratado de San Ildefonso con Francia, España le declaraba la guerra a Inglaterra y Portugal. Con este trasfondo, el 14 de febrero de 1797 unos barcos de la armada fueron detectados en el cabo de San Vicente por una escuadra inglesa inferior que estaba al mando del almirante John Jervis. Tenían menos barcos y menos hombres, pero estaban mejor adiestrados. Además, conservaban la línea mientras que los españoles andaban a por uvas.

Solo siete naves españolas entraron en combate y causaron baja cuatro. Además, fueron apresados el San Isidro, el Salvador del Mundo, el San José y el San Nicolas de Bari, que fueron abordados por el entonces comodoro Horatio Nelson. El resto salió por patas y si te he visto no me acuerdo. Tanto es así que, el Santísima Trinidad arrió la bandera a órdenes de José de Córdova y Ramos, pero el Pelayo, con el brigadier Cayetano Valdés al frente, fue en su ayuda y le dijo que o izaba la bandera o le cañoneaba él mismo.

Batalla del cabo de San Vicente

Un marino inglés llamado John Butler narró un hecho sorprendente y es que, en el abordaje al San Nicolás de Bari de 74 cañones por el HMS Captain, el comandante Tomás Geraldino situó en la toldilla, donde ondea la bandera en la plataforma superior de popa, a un infante de marina con orden de que nadie la arríe y rinda el navío.

Muerto el comandante y arrinconados los oficiales en el castillo de popa, fueron cayendo uno a uno mientras el granadero extremeño continuaba sable en mano. Una vez vencidos los marinos españoles, el sargento William Norris no hizo caso a la señal de alto del granadero y trató de arriar la bandera, pero Martín, que se había perdido todos los cursos de Vaughan y tenía peor inglés que Rajoy y Zapatero juntos, le metió un sablazo que lo clavó en un mamparo utilizado para dividir compartimentos. Al no poder liberar el sable, mató a un oficial con su fusil a modo bate de baseball, y a otros dos tipos más de ojos azules. Le acribillaron a tiros.

Nelson, que había presenciado la escena y que siempre tuvo manía a los franceses, pero que siempre respetó a los españoles, tras ordenar tirar a los muertos al mar atados a una bala de cañón, ordenó que a este infante lo envolvieran en una bandera de España para arrojarlo al mar con todos los honores. La sorpresa fue que el menda aún estaba vivo, de modo que lo llevaron a un hospital portugués en Lagos en donde le salvaron la vida.

En consejo de guerra de la Armada por la cruel derrota, no entendían que el extremeño afirmara que estaba en el San Nicolás de Bari y que además dijera que nunca se rindió. El extremeño dijo “el San Nicolás de Bari no se rindió, sino que fue abordado y tomado a sangre y fuego”. ¡Con un par!

Cuatro años más tarde murió de tuberculosis tras haber ascendido a cabo con pensión vitalicia de cuatro escudos mensuales. Murió sin saber que un buque de la Armada siempre llevaría su nombre, ni que en Gibraltar quedaría un cañón con una placa en la que se lee “Hurra por el Captain, hurra por el San Nicolás, hurra por Martín Álvarez” y que en el Museo Naval de Londres se conserva el sable con el que atravesó al sargento Norris y con el que protegió una rojigualda hecha trizas de un navío que jamás se rindió.

Sable de la Armada española de finales del s. XVIII

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