La guerra contra los franceses nos dio héroes como Diego del Barco, un militar que asombró a Lord Wellington por sus recursos e innovación en una guerra totalmente asimétrica. No en vano, y sin salir de Galicia, Vigo fue la primera ciudad europea reconquistada a los franceses. Pero no todos los héroes fueron militares de carrera

Así, tenemos a Juan Martín Díez, el Empecinado, un campesino de Castrillo de Duero (Valladolid) que, al saber que habían violado a una chica de su pueblo que él conocía, mató al soldado francés protagonista de aquella deshonra y se dispuso a participar en batallas que terminaron en derrota, como las de Cabezón de Pisuerga y Medina de Rioseco.

Él ya se había levantado contra los galos a mediados de abril de 1808, de hecho, hay quien afirma que fue el primer castellano en levantarse contra los franceses, incluso antes del famoso dos de mayo madrileño.
Desencantado por aquellas derrotas, se dedicó a la guerra de guerrillas, siendo pionero en ello. Intervenía rápido y por sorpresa. Interceptaba correos, convoyes, etc, es decir, se dedicó a cortar las líneas de comunicación y suministro francesas. Comenzó a tener éxito en Pedraza, Sepúlveda y Aranda de Duero. El daño que causó fue tal, que se nombró al general Joseph Léopold Sigisbert Hugo como su perseguidor oficial. No tuvo otro objetivo. Tan mal se le dio, que capturó a la madre del Empecinado y éste le dijo que, si la mataba, él se cargaría a cien gabachos que tenía presos. Liberaron a la madre.
El gobierno le reconoció sus hazañas y le nombraron brigadier y capitán de caballería. En 1814 le ascendieron a mariscal de campo.
Acabada la guerra, un emisario de Fernando VII le ofreció un título nobiliario y un millón de reales de vellón a cambio de renunciar a sus ideas liberales y pasarse al absolutismo. El Empecinado le dijo que no faltaría a su palabra dada a la Pepa, por lo que no se adheriría a los Cien Mil Hijos de San Luis. Su respuesta fue “diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado, que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos”.

Así, este símbolo patriótico y liberal fue perseguido hasta el que el rey lo apresó y envió a la cárcel de Nava de Roa. Allí estuvo dos años en el que le hicieron bullying. Un 18 de agosto de 1825 fue condenado a la horca en Roa de Duero. Al día siguiente, antes de subir al cadalso, dio un fuerte golpe y se cargó las esposas para tratar de alcanzar la cercana colegiata, pero no lo consiguió. Tras unos momentos de confusión, le cogieron y lo ataron fuertemente entre varios soldados. Lo ahorcaron. El tirón, al caer su cuerpo, fue tan fuerte que una de sus alpargatas voló 200 metros. ¡El tío era más duro que la última vez que echaste gasolina!
Su muerte la firmó el rey, el mismo que ofreció la corona en Bayona a Napoleón mientras el Empecinado luchaba contra los franceses para defender la corona de Fernando VII. ¡Tócate los c…!”
El arroyo Botija generaba una pecina arcillosa en su pueblo, Castrillo de Duero. Así, la palabra “empecinado” significaba ser una persona sucia. Este gentilicio con el que se designaba a los ciudadanos de esta localidad y la figura de Juan Martín Díez han enriquecido nuestro idioma y desde entonces decimos que empecinarse es obstinarse en conseguir un fin.

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Cómo todos tus escritos, me ha encantado. Mi cuñado se llama igual con los apellidos cambiados