Si con Felipe III se llegó al cénit de la Monarquía Hispánica con claros síntomas de cansancio, con Felipe IV se confirmó una decadencia notable, comenzando a perder territorios, precisamente con el monarca más longevo de la dinastía de los Austrias. Este menda tenía cara de “alelao” y por eso se le llama el rey “Pasmado”, siendo imposible no acordarse de la cara de Gabino Diego en el cine. También fue conocido como el rey “Planeta” o “El Grande”, y es que, además, fue rey de Portugal hasta 1640.
Tan grande se vio que, tras descubrir a Velázquez, quiso que su estatua ecuestre fuese la primera en la historia en tener las patas delanteras del caballo en el aire. Aquel avance tecnológico fue como la IoT en nuestros días. El boceto fue de Velázquez, el escultor fue Pietro Tacca con ayuda de Juan Martínez Montañés y Juan de Bolonia, pero, sobre todo, la solución la proporcionó un tal Galileo, y es que este tipo fue el que sugirió dejar la parte delantera del monumento totalmente hueca para desplazar así el centro de masas. La estatua es estable gracias a que se apoya sobre las dos patas traseras y sutilmente en la cola del caballo.

No supo amortiguar el secesionismo portugués y tampoco el catalán, y es que el menda estuvo siempre más a sus amoríos. Estaba más salido que la proa del Titanic. En su adicción al sexo disparaba en todas direcciones, doncellas, viudas, casadas, aristócratas. Se cortaba menos que Rufián con un micrófono. De este frenesí se benefició su valido, el conde-duque de Olivares, el hombre fuerte del rey para todo lo relacionado con gobernar.

Con su primera esposa, Isabel de Francia, una Borbón, tuvo siete hijos (once si contamos los que nacieron muertos o en los que tuvo abortos). Al morir ésta, se casó con su sobrina de 12 años, Mariana de Austria, con la que tuvo otros cinco hijos (seis si contamos otra niña que nació muerta). El más pequeño fue su heredero, el enfermizo Carlos II. El guirigay viene con los hijos bastardos. Según las fuentes consultadas, y no es dislexia, unos señalan que tuvo 23 hijos y otros 32. El padre Flórez, un historiador del s. XVIII, apunta a que tuvo entre 30 y 60 hijos, entre los matrimoniales y extramatrimoniales. ¡Pa habernos matao!

Sonado fue su romance con la Calderona. La chica se llamaba María Inés Calderón. Había sido abandonada al nacer en la casa de un conocido empresario teatral, Juan Calderón. De él adoptó el apellido y de ahí su apodo, aunque también era conocida como Marizápalos, debido a que cantaba una canción homónima. Fue una actriz muy conocida en el Corral de Santa Cruz y también en el Corral de Comedias de la hoy Plaza de Santa Ana. Este recinto es hoy el Teatro Español. En estos escenarios fue donde el rey de quedó prendado de ella. Fue su gran amante. Eran habituales los eventos a celebrar en la Plaza Mayor de Madrid, corridas de toros, justas literarias, etc, y en uno de esos eventos, el rey asistió acompañado tanto de su esposa Isabel como de su amante. Esto fue la comidilla y a Isabel de Borbón no le hizo ninguna gracia. Le exigió a su marido que aquella situación no se debería volver a repetir. Para ello, Felipe IV mandó construir para su amada un balcón en la Plaza Mayor para que tuviera la mejor visión justo, en el lugar opuesto a la Casa de la Panadería que era el lugar reservado para los monarcas. La Plaza Mayor tiene una serie de arcos que se identifican con las diferentes salidas de la plaza, salvo uno, el único que no tiene salida y en el que se ubicó el “balcón de la Calderona o Marizápalos”.

La reina tampoco es que se quedara atrás. Harta de los cuernos de su marido, le echó el ojo al conde de Villamediana, Juan de Tassis y Peralta, un poeta aficionado al toreo. Se fijó en él después de vencer en una justa literaria en plena Plaza Mayor de Madrid. Se dice que, en cierta ocasión, el rey entró en los aposentos de la reina y ésta estaba de espaldas. La reina pensó que quien entraba era su camarera y le dijo que el conde “picaba muy bien”, refiriéndose a su afición al toreo. Felipe IV le contestó diciendo que, “pica bien, pero pica alto”. La presión sobre el conde fue brutal y se libró por poco en un proceso de sodomía en el que murieron cinco mozos en la hoguera. Dicen que esa fue la coartada de su propio asesinato, pero el caso es que, al final, se le dio matarile en la calle Mayor y su crimen quedó impune. ¡Que parezca un accidente! De este episodio escribieron sus amigos Góngora y Juan Ruiz de Alarcón, su enemigo Quevedo y en el s. XX el duque de Rivas, Joaquín Dicenta y hasta Fernando Fernán Gómez. ¡A la mierda!

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