En el seno de una familia noble, tanto por parte de padre, como de madre, en 1597 venía al mundo un pamplonés de nombre Tiburcio de RedÍn y Cruzat. Sus padres eran los típicos nobles de quiero y no puedo, es decir, con muchos títulos heredados pero que estar, estar, estaban a “two candles”.
Tras pasar por los tercios de Italia se fue a las Indias, en donde llegó a ser capitán de mar y guerra en unas islas Antillas que ya no hablan español. Conocido como el “Júpiter de España” por su liderazgo y potencia marcial, de él se ha dicho que era malhumorado y que “no había mayor festín para don Tiburcio que hallarse en una refriega de cuchillada… no había rato para él más gustoso que andar a cuchilladas con los alguaciles”.
Felipe IV le llegó a pedir que estuviera al mando de la Armada en Cataluña, pero como el Conde-duque de Olivares no arreglaba los papeles, Tiburcio llegó a parar su carruaje en pleno centro de Madrid para pedirle explicaciones.
De refriega en refriega y estando en Panamá, el virrey de Perú le prendió y lo mandó de regreso a España. Pese a eso, y con naves holandesas en alta mar pendientes de hacer capturas, le dejaron en el rol de capitán de navío de una de las naves de aquel viaje. Anticipándose a la jugada, cargó su barco de lastre para dar a entender que iba cargado hasta las trancas de oro y mercancías. Además, clavó la artillería para dejarla totalmente inutilizada. A los dos días se toparon con un barco neerlandés que tan pronto como vio a la expedición hispana quiso abordarles. Los españoles pidieron cuartel por estar el capitán enfermo. El capitán flamenco tomó la nave y accedió al camarote de Tiburcio, el cual le disparó desde la misma cama. Mientras tanto, los españoles del resto de naves pequeñas tomaron el barco holandés. Los holandeses, por su parte, trataron de disparar desde el barco español, pero los cañones estaban de adorno, por lo que este acto de picaresca aumentó la fama de un tipo al que todos temían por ser iracundo, libertino, jugador, camorrista, burlador de la justicia, pendenciero, despótico, altanero e irreverente.
En cierta ocasión, una pelea le despertó de la siesta. El que inició la pelea le vio venir y, muy temeroso, se tiró al mar. Acto seguido Tiburcio se tiró tras él, nadó para alcanzarle y una vez lo cogió, lo apuñaló para a continuación regresar al barco y seguir con su siesta. Mucho cuidado con don Tiburcio de Redín. No en vano, el menda se enamoró de una sevillana casada a la cual asaltó en su propio dormitorio. El marido le pilló y con la ayuda del servicio y amigos Tiburcio no tuvo otra opción que huir a Cádiz. Tocado en su honor, ni corto ni perezoso se quiso hacer con unos barcos para tratar de ir a Sevilla a cañonear la ciudad. Menos mal que le pararon porque el tipo tenía más peligro que un cirujano con hipo,
Tras un giro inesperado de los acontecimientos, el tipo dejó su carrera militar para ingresar en la Orden Capuchina de Tarazona, pasando a ser fray Francisco de Pamplona. En una misión al norte de África, otro barco holandés intentó apresarles y el fraile tomó la espada del capitán, se puso a dar órdenes a los frailes y los holandeses se dieron a la fuga más rápido que un presidente en Paiporta.
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No tenía conocimiento de este tipo. Como siempre, gracias por ilustrarme
Fantástica historia