Estando encerrada Juana la Loca en Tordesillas, y con el beneplácito de su primogénito, Carlos I de España y V de Alemania, resultaba que su hija mayor era Leonor, reina de Francia, su tercera hija, Isabel, lo era de Dinamarca, la quinta, María, lo era de Hungría y la sexta y última, Catalina, lo era de Portugal. Me he saltado al cuarto de sus vástagos, un tipo de Alcalá de Henares, un tal Fernando I del Sacro Imperio Romano Germánico y también de Hungría tras la muerte de su cuñado. Siempre hay un cuñado.

Pues bien, ante un avance otomano hasta el mismo corazón de Europa, Francisco I, rey de Francia y prisionero en Madrid, animó por carta a los otomanos a seguir abriendo frentes por el oeste. Y allí que estaba Solimán el Magnífico. Este menda le había pedido tributo al cuñado antes mencionado y en lugar de negarse al pago, el rey húngaro mató a los emisarios. El tema se fue calentando hasta que, en septiembre de 1529, los otomanos y su cuerpo de élite, los jenízaros, comenzaron a asediar Viena. Se conoce como el primer sitio, ya que tuvieron más. Las cifras de la contienda apabullaban. 26.000 soldados frente a 120.00 otomanos con 300 cañones. Llegados a este punto, el foco deberíamos ponerlos en 700 arcabuceros de Medina del Campo enviados por la española María de Hungría, es decir, palabras mayores. No tuvieron más ayuda ya que españoles y franceses andaban a tortas por Italia.

Los de Solimán habían tomado Constantinopla, Rodas y Belgrado y este era el momento de Viena, que debía ser la siguiente ciudad en caer. Eran más hombres, pero la lluvia y la nieve no favorecieron a un ejército que jugaba fuera de casa.
Según lo que se cuenta del bando cristiano, los cracks de aquel sitio fueron los 700 castellanos de la provincia de Valladolid, que eran más fuertes que el televisor de un asilo. Sobresalieron por sus incursiones entre las filas enemigas, no en vano sólo sobrevivieron 250. Vestidos con joyas y sedas, cobrando caro y viviendo al día, eran los Latin Kings de la época. Épica fue la salida del 29 de septiembre, en donde cargaron sobre las fuerzas turcas. Murieron 1.500 hombres ahogados en el Danubio, siendo esta su primera derrota. Tras perder un total de 20.000 efectivos, el Magnífico se retiró a Constantinopla.
Pues bien, este sitio está medio olvidado en Austria porque de los varios sitios que tuvo Viena, el más importante fue el acaecido en 1683. Resulta que los pasteleros vieneses trabajaban por la noche y eran capaces de oír a los otomanos tratando de entrar en la ciudad cavando túneles. Para celebrar la derrota gracias a la información que facilitaban, decidieron elaborar un bollo en forma de media luna creciente y comérselo. “Comerse a un turco”. Habían inventado el croissant.

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Maravilloso artículo. Me ha encantado Marcelino. Muchas gracias por tus relatos.
Saludos
No lo conocía