El riojano y marino Zenón de Somodevilla y Bengoechea de la Ensenada organizó tan bien la escuadra destinada a la reconquista de Nápoles en la Guerra de Sucesión de Polonia que se le facilitó el título de marqués. Tras este título, fue secretario del del Consejo del Almirantazgo, intendente del Ejército y Marina, secretario de estado, notario de los reinos de España, superintendente de las Rentas y Tabacos y ocupó, al mismo tiempo, tres de los cuatro ministerios existentes, es decir, Guerra y Marina, Hacienda e Indias. Todo esto con Felipe V, porque con Fernando VI, además, fue secretario de la Reina. Su contrato con la monarquía era más largo que el de Jordi Hurtado con TVE.

El marqués de la Ensenada, en definitiva, fue un gran político ilustrado y por añadidura, caballero del Toisón de Oro y de la Orden de Malta.

Como ministro universal, tuvo que gestionar el enfrentamiento contra Inglaterra. Buscó el apoyo de Francia, con la cual hubo muy buena sintonía gracias a los Borbones. Para ello, trató de hacer más eficiente el comercio con América y mejoró, y de qué manera, la armada. Para esto último contó con la inestimable ayuda de Jorge Juan y la de los “espías industriales” distribuidos por toda Europa.

Realizó un catastro de la riqueza del país que no gustó a los más pudientes, simplificó la Hacienda y construyó canales y carreteras como si no hubiera un mañana. Enemigo público número uno de los intereses ingleses, la acción de la política británica del embajador Benjamin Keene, unida a los ricos que pagaban más impuestos, consiguió sus frutos en 1754, año en el que el marqués de la Ensenada desapareció del gobierno. Fue desterrado a Granada y de ahí al Puerto de Santa María. Carlos III le liberó, pero poco más tarde fue acusado de participar en el motín de Esquilache, por lo que lo volvieron a desterrar a Medina del Campo. Que bien ha pagado España a sus héroes, y es que el tipo fue un gran político que siempre miró por los intereses de España.

Embajador inglés Benjamin Keene

Su enorme mancha, la que le persigue hasta hoy en día, fue la Gran Redada o Prisión General de Gitanos. Quiso separarlos por sexos para terminar con la etnia. Solo el primer día detuvo a unos 10.000 y los encadenó para realizar trabajos forzados. Este tema no fue puntual, y es que la persecución se demoró desde 1749 a 1763. El menda decía que es que no se integraban.

Fue un gran estadista salvo por este “pequeño” detalle de payos y gitanos que, fue un gran error que puso muy en duda toda su labor anterior. Llegados a este punto, hay que afirmar igualmente que, la persecución sobre los gitanos fue deporte nacional en la Alemania de 1800, que el País Vasco francés hizo lo mismo en 1802, Portugal e Inglaterra condenaron a los gitanos a trabajos forzosos en sus colonias, en Rumanía y Hungría les esclavizaron en el s. XIX, que en Suecia se les esterilizó desde el año 1900 por ser considerados “indeseables” y que los nazis mataron a 500.000 en 1944. Mal de muchos, consuelo de tontos, ya se sabe. El caso es que a algunos les ha faltado tiempo en España para recordar este episodio vergonzante, como la placa conmemorativa de la represión del “estado español” en Pineda de Mar (Barcelona), o como otros casos muy relacionados con el cautiverio gitano como el castillo de Santa Bárbara de Alicante o  la Casa de Misericordia de Zaragoza.

Por cierto, los gitanos, muy bohemios ellos, han sido llamados “bohemios” en muchos países europeos por creer que procedían de Bohemia, salvo en España y Reino Unido. En estos dos países se creía desde la época de los Reyes Católicos que eran una etnia que procedía de Egipto (en realidad procedían de la India). Pues bien, el gentilicio de Egipto, entonces, era bien egipcio, bien egiptano. De ahí viene el apelativo actual en castellano. Y en Inglaterra se les llama “gipsy”, término que procede del gentilicio “egyptian”.


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