Pedro Cubero fue un cura que nació con ganas de averiguar qué había detrás del horizonte. Un defecto gravísimo: detrás suele haber otro horizonte y nadie que te pague las dietas.
Sacerdote aragonés del siglo XVII, podía haberse instalado en una parroquia, administrar sacramentos y comprobar que los pecados del vecindario seguían siendo los de siempre, pero decidió dar la vuelta al mundo. Algunos curas tenían problemas con los límites de su diócesis; él parecía tenerlos con los del planeta.
En 1670 salió de España rumbo a Oriente. En Roma obtuvo autorización para su misión y conviene precisarlo: aquello tenía respaldo religioso, aunque no incluía seguro de cancelación ni asistencia en carretera. La Providencia ofrecía cobertura internacional, pero las condiciones de la póliza eran bastante ambiguas.
Pasó por Italia, Europa central, Rusia y Persia; siguió hacia la India y más territorios asiáticos. Viajar entonces exigía atravesar fronteras, negociar permisos y confiar en desconocidos. Hoy también, pero podemos quejarnos desde el aeropuerto de que el mundo es una vergüenza porque el café cuesta seis euros.
Cubero avanzó entre enfermedades, conflictos y transportes que no destacaban por su puntualidad ni por conservar vivos a todos los pasajeros. Lo suyo era una combinación de fe, curiosidad y escaso entusiasmo por la jubilación. Ahora lo llamaríamos salir de la zona de confort. Entonces consistía, sencillamente, en procurar no morirse.
Llegó a Filipinas, cruzó el Pacífico hasta México y regresó a España en 1679. Había rodeado la Tierra viajando hacia el este y combinando largos trayectos terrestres con travesías marítimas. Sin aplicación de rutas, sin GPS ni Chat GPT, sin puntos de fidelidad y sin fotografiar cada comida para demostrar que también había descubierto el arroz.
Además, escribió lo que había visto. Publicó en 1680 su «Breve relación de la peregrinación». Lo de «breve» demuestra que la ironía ya funcionaba antes de las redes sociales. Describió lugares, religiones y costumbres desde la mirada de un misionero de su tiempo: llevaba curiosidad, pero también sus prejuicios. Como nosotros, aunque sin fingir que los había dejado en casa.
Y después llegó la recompensa nacional: el discreto olvido. En España tenemos tantos personajes extraordinarios que hemos optado por no conocerlos, para evitar favoritismos. Cubero tuvo más peligro que Willy Fog con abono transportes, recorrió el planeta y nosotros hemos conseguido que su nombre no recorra ni una conversación de sobremesa.
No estuvo en ninguna intriga palaciega. Solo viajó, observó y volvió para contarlo. Una hazaña con un problema comercial: faltaban cañones, coronas y una buena matanza.
Si hubiera nacido inglés, quizá tendría serie, museo y una taza con su cara. Aquí tuvo la ventaja de que casi nadie le pidió autógrafos. Dar la vuelta al mundo fue difícil. Conseguir que su país se enterase sigue pendiente.
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