Cristóbal Colón descubrió América -bueno, algunos dicen que aquello ya estaba descubierto y que Colón no supo ni lo que descubrió-. El tema es que el tipo no paró de viajar en vida. Cruzó varias veces el Atlántico, recorrió costas desconocidas y pasó media existencia entre puertos, carabelas y expediciones. Lo sorprendente es que, al morir, no abandonó esa costumbre: simplemente dejó de escoger destino y empezó a viajar en condiciones todavía menos confortables.
Colón falleció en Valladolid en 1506, probablemente sin ser del todo consciente de que había cambiado la historia -ni de que acabaría protagonizando uno de los itinerarios funerarios más complejos de la Edad Moderna-. Fue enterrado con discreción en el convento de San Francisco. Nada de grandes honores: el hombre que había cruzado océanos murió convencido de que no le habían reconocido lo suficiente. Y, visto lo que vino después, tampoco le reconocieron un lugar definitivo donde quedarse.
Poco después, sus restos fueron trasladados a Sevilla, al monasterio de la Cartuja de las Cuevas. Allí parecía que, por fin, el almirante podría descansar. Pero no. Porque Colón tenía una voluntad clara -y aquí empieza el lío-: quería ser enterrado en las Indias. Y como en el siglo XVI la logística era complicada pero no imposible, alguien decidió tomarse en serio el encargo.
En 1537 (aunque las fechas bailan según las fuentes), sus restos cruzaron el Atlántico rumbo a Santo Domingo, en la isla de La Española. Allí fueron depositados en la catedral. El viaje tenía su lógica: si Colón había abierto el camino hacia el Nuevo Mundo, lo mínimo era que reposara en él. Hasta aquí, todo bastante coherente, dentro de lo que cabe. El problema llegó en 1795, cuando España cedió la parte oriental de la isla a Francia. De pronto, la tumba de Colón quedaba en territorio que ya no era español. Y claro, aquello no era plan. Así que alguien pensó: “Nos llevamos los huesos”. Y dicho y hecho. Los restos fueron trasladados a La Habana, en Cuba, otra joya del imperio que aún seguía bajo bandera española.
Pero Colón no había terminado su particular tour. En 1898, tras la guerra hispano-estadounidense, España perdió Cuba. Y de nuevo surgió la misma pregunta incómoda: ¿vamos a dejar aquí a Colón? La respuesta volvió a ser negativa. Así que, con una especie de coherencia obsesiva, los restos fueron trasladados otra vez, esta vez de vuelta a Sevilla, donde hoy reposan en la catedral, en ese monumental sepulcro sostenido por cuatro heraldos que parecen más preocupados por no dejarlo caer que por el peso de la historia.
Hasta aquí, la versión “oficial”. Pero como toda buena historia de reliquias, esta tiene su giro final. En 1877, en Santo Domingo, se descubrió una caja de plomo con restos humanos y una inscripción que hacía referencia a Cristóbal Colón. Y claro, la duda quedó sembrada: ¿y si los restos que se llevaron en 1795 no eran los de Colón, sino los de otro miembro de la familia? Porque no olvidemos que en la misma catedral estaban enterrados también su hijo Diego y otros parientes.
Así que, desde finales del siglo XIX, tenemos dos Colones: uno en Sevilla y otro en Santo Domingo. Un almirante, dos tumbas. . No está mal para alguien que dedicó media vida a asegurar que sabía adónde iba.
Para intentar resolver el misterio, en 2003 se iniciaron estudios científicos en España. Se analizaron los restos de Sevilla y se compararon con los de su hijo Hernando Colón, enterrado también en la catedral sevillana, y con los de su hermano Diego. Los resultados, publicados en 2006, indicaron que los huesos de Sevilla sí pertenecen a Cristóbal Colón, con una alta probabilidad basada en el ADN.
Ahora bien, esto no invalida necesariamente los restos de Santo Domingo, porque el material analizado allí ha sido más limitado y no se ha podido comparar de forma concluyente. En otras palabras: la ciencia ha aclarado bastante, pero no ha cerrado del todo el caso. Colón, incluso muerto, sigue jugando al despiste.
Y así, el hombre que buscaba una ruta hacia Asia y acabó tropezando con un continente entero, terminó también protagonizando un periplo póstumo que parece escrito por un guionista de “Aquí no hay quien viva” -o aquí no hay quien muera para este caso-. Valladolid, Sevilla, Santo Domingo, La Habana y otra vez Sevilla: una gira póstuma digna de una agencia de viajes con muy mala conciencia. Colón nunca dejó de viajar. Llegó un momento, sencillamente, en que dejó de pagar el billete.


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Buenos días, a por el siguiente. Gracias.