España llevaba años digiriendo la Guerra de Sucesión, que permitió perder territorios y llamar al resultado «equilibrio europeo». En 1708 habían caído también Orán y Mazalquivir. Y las pérdidas, por muy diplomáticamente que se expliquen, rara vez levantan la moral.

En 1732, la corte de Felipe V decidió recuperarlas, seguramente que con la bendición, también, de Isabel de Farnesio.. Tocaba recordar que la monarquía aún podía organizar algo más que bodas estratégicas y disputas sucesorias. Se preparó una gran expedición: cientos de barcos, miles de soldados y problemas logísticos que hoy justificarían varias consultoras y un comité de seguimiento.

Al frente del ejército estaba José Carrillo de Albornoz, duque de Montemar. Un militar experimentado, disciplinado y que rabajaba más que el dentista de Ronaldhiño. No parecía necesitar que cada orden viniera acompañada de una frase para la posteridad.

La operación exigía transportar tropas, desembarcarlas, abastecerlas y conseguir que avanzaran en la dirección correcta. Todo ello sin mails, sin Teams, sin IA y sin esa prodigiosa herramienta contemporánea que consiste en convocar otra reunión para aclarar lo acordado en la anterior.

El objetivo era recuperar Orán. Y ocurrió algo que suele desconcertarnos cuando repasamos nuestra historia: el plan funcionó. Las tropas desembarcaron, vencieron la resistencia y recuperaron Orán y Mazalquivir. Hubo planificación, fuerza militar y una dirección competente. Nada sobrenatural, aunque a veces tratemos la competencia como una aparición mariana.

Montemar cumplió. Que es una frase breve, pero contiene más de lo que parece.

La victoria permitió a la monarquía recuperar posiciones en el norte de África y recordar a Europa que España todavía tenía capacidad para actuar fuera de la península. Y es que entonces, como ahora, los países podían redactar discursos sobre su importancia; demostrarla requería un esfuerzo adicional.

La expedición encajaba en la voluntad de Felipe V de recuperar presencia internacional. Italia, África, alianzas y matrimonios formaban parte del tablero. En los despachos se movían las piezas; sobre el terreno, alguien tenía que procurar que los soldados comieran y los barcos llegaran. Un detalle vulgar del que dependía todo lo demás. Y ahí estaba Montemar.

Su problema, visto desde la posteridad, es que la eficacia resulta menos entretenida que el desastre. Una derrota permite discutir durante siglos quién tuvo la culpa. Una operación eficaz corre el riesgo de despacharse con un «se recuperó Orán» y pasar al siguiente capítulo.

Conviene detenerse. La historia también la sostienen quienes convierten las decisiones en resultados, aunque no den una tragedia, una traición o una frase para imprimir en una taza. En 1732, Montemar hizo su trabajo. Y lo hizo bien.

Igualito que hoy en Ceuta. Probablemente Montemar hoy estaría esperando a que le dieran fecha para el comité de seguimiento. Quizás, su mayor suerte fue vivir en aquella época.

José Carrillo de Albornoz, primer duque de Montemar

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