España dispuso de un momento de gloria en el que llegó a decir “esto es mío” sin pedir permiso. Aunque luego, como tantas otras veces, no supiéramos convertirlo en relato.
Miguel Ricardo de Álava -militar, diplomático, político y, por si fuera poco, personaje de confianza del duque de Wellington- no era exactamente un improvisado. Había participado en la Guerra de la Independencia contra Napoleón, esa contienda en la que España se convirtió en el campo de pruebas de Europa mientras los franceses iban aprendiendo, poco a poco y con cierto sufrimiento, que invadir la Península no era como pasearse por media Italia.
Cuando Napoleón cayó definitivamente en 1815, tras Waterloo, Europa decidió reorganizarse. Y, entre otras cosas, se planteó una cuestión importante en aquel momento: ¿qué hacer con todo lo que Francia había “recopilado” durante sus campañas militares? Porque el Louvre no se había llenado precisamente con donaciones voluntarias. Aquello era, más bien, una colección internacional conseguida a golpe de bayoneta.
España, por supuesto, estaba entre los países “contribuyentes” involuntarios de ese museo imperial. Y aquí entró Álava.
El 23 de septiembre de 1815, estuvo junto al contingente aliado en París -británicos y prusianos- que ocupaba la ciudad tras la derrota de Napoleón. Pero no iba a hacer turismo ni a disfrutar de la gastronomía local. Iba a recuperar lo que Francia se había llevado durante la guerra. Y no con buenas palabras.
Mientras algunos países optaban por negociaciones más o menos diplomáticas, Álava adoptó una estrategia bastante más directa: apoyarse en la presencia militar aliada para exigir -y ejecutar- la devolución de obras de arte expoliadas en España.
Dicho de otro modo: fue al Louvre a recoger.
La escena, aunque poco cinematográfica en los manuales españoles, debió de tener su aquel. Porque no se trataba solo de señalar cuadros y decir “este me lo llevo”. Era un proceso complejo, con inventarios, discusiones, identificaciones y, sobre todo, resistencia francesa. Porque claro, cuando uno ha llenado su museo con obras ajenas, empieza a cogerles cariño.
Pero Álava no estaba para sentimentalismos.
Con el respaldo de las tropas aliadas, logró la restitución de 284 pinturas que habían sido trasladadas a Francia durante la ocupación napoleónica gracias al ladrón del mariscal Soult. Entre ellas había obras de gran valor, muchas procedentes de colecciones reales, iglesias y palacios españoles.
No era una victoria militar, pero sí una victoria cultural. Y, en cierto modo, moral. Por una vez, España no estaba perdiendo patrimonio, sino recuperándolo.
Claro que el asunto tenía su ironía. Durante años, Europa había visto a España como un escenario de guerra, un territorio a resistir, un problema a gestionar. Pero en París, en 1815, un español se plantaba en el corazón cultural del continente y decía, básicamente: “vamos a deshacer lo que habéis hecho”.
Y lo hacía, además, con una legitimidad que no venía solo de las armas, sino de la propia lógica de la restitución. Y es que lo que se estaba devolviendo no era un botín legítimo, sino un expolio.
Lo curioso es que este episodio, que podría haber sido elevado a símbolo nacional -un español recuperando el patrimonio robado en el Louvre-, ha quedado relativamente diluido en la memoria colectiva. Quizás porque no encaja del todo en nuestro relato habitual, ese en el que solemos ser más víctimas que protagonistas.
Álava, por su parte, continuó su carrera política y diplomática. Fue embajador, senador, y un personaje influyente en la España de su tiempo. Pero ese momento en París, ese instante en el que decidió que ya estaba bien de contemplaciones, sigue siendo uno de los más singulares de nuestra historia contemporánea.
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