En plena ola de calor, un 19 de julio pero de 1808, el ejército imperial de Napoleón comandado por el General Dupont y 21.000 hombres se cruzó en Bailén con el General Castaños, el madrileño que consiguió vencer por primera vez a Napoleón en campo abierto. Ya les había costado llegar allí porque en Valdepeñas les habían entretenido demasiado, pero llegados a Bailén, dicen las crónicas que soldados curtidos y hartos de vencer en la fría Europa se toparon con un sauna que a las 10 de la mañana ya les estaba haciendo más daño que los garrochistas, unos tipos con unas picas de 3 metros que empleaban para masacrar a todo gabacho que se les pusiera por delante.

Una idea del General Teodoro Reding, un hispano-alemán nacido en Suiza y al servicio de Castaños, fue crucial, puesto que dejó a los franceses sin acceso al rio Rumblar, y es que las aguadoras de Bailén como María Bellido mantenían frescos a los españoles mientras los franceses, sin ver la ayuda de su segunda división abandonada en Guarromán, se veían abocados a salir de sus filas en búsqueda de agua. Si a las 10 de la mañana hacía a calor, a la 1 del mediodía la cosa se tornaba terrible. ¿Podía hacer más calor? Sí, claro que podía hacer más calor, tanto como para tener un corte de digestión, y vaya si lo hizo. Aquello fue una sartén hirviendo.

General Castaños

Dupont finalmente se rindió y depuso las armas, ofreciéndole a Castaños su espada, la cual había resultado vencedora en cien batallas, a lo que el madrileño le respondió que la suya sólo había estado en una batalla y aún seguía en el cinto. Cuando la noticia llegó a Sevilla no se lo podían creer, pero es que cuando Europa se enteró de la derrota, fliparon en colores. Y es que los franceses eran vencibles, de ahí que Napoleón apresara a Dupont tratándole con desprecio y dejara de pensar en España como un país de cobardes, para pasar a afirmar que España era su “úlcera sangrante”. En Bailén se miró Europa y Bailén fue el principio del fin de Napoleón.

Los prisioneros fueron con más miedo que vergüenza desfilando por los pueblos que habían expoliado y masacrado hasta entonces. Finalmente acabaron en la isla de la Cabrera hasta 1814, comiéndose unos a otros. Ríete tú de “La isla de los famosos”. Pasaron más hambre que el tamagochi de un sordo.

En España, al menos, el fin napoleónico fue en Vitoria, en donde el cultureta José I estaba enrollado con su amante, la Marquesa de Montehermoso. Pensó que podía retener su reino desde allí, pero el ataque final de Wellington y los españoles hizo huir a los franceses en desbandada abandonando todo lo expoliado, como por ejemplo centenares de obras de arte que Wellington elegantemente quiso devolver más tarde, pero que el tonto del haba de Fernando VII dijo que tranquilos, que se lo quedaran. Hoy todo esta en museos de Londres. Se quedaron hasta con el orinal de plata de Pepe Botella, un orinal que hoy emplean sus captores, el 14º Regimiento de los Dragones Ligeros, actualmente llamados Húsares del Rey. Hoy brindan con champagne en el orinal cuando un miembro entra o sale de dicho regimiento. ¡Para mearse!

Garrochista de la batalla de Bailén

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