Roma, siglo II. El Imperio está en manos de Trajano, un emperador hispano, disciplinado, eficaz… y sin hijos. Un pequeño detalle sin importancia cuando eres el hombre más poderoso del mundo conocido. Pero claro, a los 60 años y sin descendencia, uno empieza a pensar en qué dejará atrás cuando los dioses decidan llevárselo al otro barrio. Y ahí es donde entra un tipo de la zona de Valencia, Avidio Nigrino. O simplemente Nigrino, para los amigos (y enemigos).
Nigrino era lo que hoy llamaríamos un candidato natural: de buena familia, respetado general, cónsul de de Siria (uno de los cargos más jugosos del imperio) y, lo más importante, tenía la simpatía de Trajano. Todo apuntaba a que sería él el siguiente emperador. Lo sabía el Senado, lo sabían los soldados… y lo sabía también el verdadero protagonista en la sombra: Publio Elio Adriano, que no pensaba quedarse quieto esperando la decisión de Trajano.
Adriano, otro hispano como Trajano, llevaba años medrando en la corte como quien juega al ajedrez en un tablero de serpientes. Era culto, carismático y calculador. Muy calculador. Y sobre todo, tenía a su favor una baza imbatible: estaba casado con una sobrina nieta de Trajano. Y en Roma, como en las telenovelas, los lazos familiares pesan más que las virtudes públicas.
Mientras Nigrino patrullaba las arenas de Siria, Adriano susurraba al oído de la emperatriz Plotina, amiga íntima de las intrigas palaciegas. Se dice (y se dice con muchas cejas levantadas) que fue ella quien, en el último momento, convenció a Trajano -ya en su lecho de muerte y sin muchas ganas de discutir- para que adoptara a Adriano como hijo y sucesor. La firma del emperador, por cierto, no era de su puño y letra, sino que fue «atestiguada» por la mismísima Plotina. Ya saben: cosas que pasan cuando el emperador está indispuesto y alguien tiene un papiro a mano.
Y así, mientras Nigrino seguía en Oriente soñando con la púrpura imperial, Adriano recibía la noticia de que había sido adoptado por Trajano… justo a tiempo. Al poco, el emperador moría y el Senado, sorprendido y con la sospecha en el entrecejo, confirmaba a Adriano como nuevo César.
¿Y Nigrino? Ay, amigo. Nunca se rebeló, pero su nombre circulaba entre quienes no estaban entusiasmados con el nuevo emperador…. El nuevo emperador, que no perdonaba ni las traiciones confirmadas ni las sospechadas, ordenó una limpieza al más puro estilo romano: cuatro senadores ejecutados, acusados de conspirar, y entre los implicados… Nigrino.
No hubo juicio. No hubo clemencia. Solo hubo silencio. El mismo que dejó Nigrino al desaparecer del mapa, como tantos que en Roma aspiraron al poder sin medir bien las consecuencias.
Dicen que la historia la escriben los vencedores, pero en Roma también la firmaban las emperatrices con mala caligrafía. Y si Nigrino no acabó en la historia grande, al menos merece ser recordado como el que pudo ser… y no fue.
Descubre más desde Relatos de la Historia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Muy interesante.Gracias.🌹
Muy interesante.Gracias.🌹