A veces, para entender la importancia de un personaje histórico, hay que imaginar el mundo sin él. Sin Isidoro de Sevilla, por ejemplo, Occidente habría sido aún más oscuro durante los siglos que siguieron al derrumbe del Imperio romano. Porque fue este hombre -obispo, sabio, políglota, teólogo, compilador y hasta proto-enciclopedista- quien se atrevió a recoger los trozos de un mundo en ruinas para intentar armar algo que mereciese el nombre de civilización. Y lo hizo desde Sevilla, sí, cuando Sevilla no era ni puente ni feria, sino una ciudad visigoda que aún olía a Roma y ya soñaba con la cruz.
Nacido hacia el 560, en una Hispania que era una mezcla de latinidad desgastada y germanismo tosco, Isidoro pertenecía a una familia de alto vuelo intelectual: su hermano Leandro también fue santo y obispo; su hermana Florentina se convirtió en santa y abadesa, y su otro hermano, Fulgencio, no quiso ser menos. Con ese apellido -Eliázar- que sonaba a herencia judía o a eco clásico, y ese ambiente familiar de biblioteca y cilicio, a Isidoro no le quedaba otra que o escribir o ser escrito.
De joven fue educado a latigazos, literalmente, en una escuela que combinaba gramática con penitencia, porque en aquella época el saber se adquiría por las malas. Sin embargo, no renegó del conocimiento: lo hizo suyo. Aprendió latín como si fuera su lengua materna, se defendió con el griego y el hebreo, y leyó a los padres de la Iglesia y a los clásicos como quien hojea un periódico. Pero no se quedó ahí: comprendió que, si quería salvar algo del naufragio cultural de su tiempo, tenía que poner orden. Y eso hizo.
Isidoro no inventó nada, pero lo compiló todo. Su obra cumbre, las «Etimología , fue durante siglos el Google de Europa. Allí se podía encontrar desde las partes de una abeja hasta la jerarquía celestial, desde los ríos de Asia hasta los errores de los paganos. Todo cabía en su obra porque todo merecía ser conservado. Su método no era moderno ni crítico: era el de quien, ante el abismo de la ignorancia, prefiere mil veces un error transmitido que una verdad olvidada. Durante casi mil años, cada vez que un monje quería escribir, entender o clasificar, abría las «Etimologías» como quien abre un manual de instrucciones para el mundo.
Pero Isidoro no fue sólo una biblioteca con barba. Fue obispo de Sevilla durante más de tres décadas, y en ese tiempo no sólo pastoreó almas, sino que tejió alianzas, organizó concilios, convirtió reyes y dio forma a la idea de una Hispania cristiana, unida y con vocación de continuidad. Fue uno de los grandes impulsores del III Concilio de Toledo, donde se cerró definitivamente la brecha entre los visigodos arrianos y la fe católica romana. Es decir, fue el arquitecto silencioso de una unidad religiosa que tendría consecuencias políticas durante siglos.
Y sin embargo, a pesar de tanta erudición y de tanta influencia, Isidoro no alzó la voz. Su estilo era más de báculo que de espada, más de sentencia que de arengas. No fundó una orden, ni desafió al papa, ni murió mártir. Murió en su cama, respetado y leído, como esos sabios que saben que la eternidad empieza en vida si uno escribe bien y enseña mejor. Fue canonizado siglos después, en tiempos donde la Iglesia comprendió que no todos los santos llevan hábito o cruzan desiertos: algunos salvan almas simplemente guardando los libros del mundo.
Hoy su figura parece lejana, sepultada bajo capas de filosofía escolástica, santos con carisma y mártires con pirotecnia. Pero en realidad, cada vez que Europa buscó una idea de sí misma, volvió a Isidoro. A ese hombre que escribió porque entendía que escribir era resistir al olvido. A ese obispo de Sevilla que, sin grandes gestos, logró algo prodigioso: hacer que el saber no se apagara del todo mientras el mundo se desmoronaba. Un sabio sin arrogancia, un santo sin espada, y acaso -aunque suene exagerado- el español más influyente del primer milenio. Con permiso de Séneca, claro. Y del que inventó el jamón.
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Muy interesante el personaje: cuando era niño y estudiaba la enciclopedia Álvarez, se mencionaba a este buen hombre como de gran valía, pero no recordaba que fuese por su intento de crear una enciclopedia del saber de su época. Puede que confunda al personaje, pero creo recordar que don Manuel, mi maestro, contó que de niño Isidoro debía de tartamudear un poco, y que viendo cómo la cuerda de un pozo, desgastaba la piedra, se le ocurrió ponerse una piedra en la boca y practicar a hablar, salvando así su tartamudeo.
Saludos