Cuando se habla de Israel y Palestina, todo el mundo se pone de acuerdo de dar como pistoletazo de salida en el tiempo las fechas que van desde noviembre de 1947 al 14 de mayo de 1948, como si previo a ellas no hubiera existido nada de nada en este conflicto. Antes de irnos para atrás en el tiempo, cabe recordar que el Reino Unido, el perejil de todas las salsas, había asumido el mandato sobre Palestina tras la Gran Guerra, es decir, la 1ª Guerra Mundial. En 1917, tras la Declaración de Balfour, Reino Unido vio con buenos ojos el establecimiento de la patria judía, unos tipos que iban de diáspora en diáspora y que se suponía no iban a ser la nota discordante en una región en la que había ya instaladas otras religiones. La Sociedad de Naciones dio el ok y el clima se fue enrareciendo poco a poco hasta ese noviembre de 1947 y es que, la Alemania nazi comenzó a elaborar un plan para resolver el “problema judío” y durante la 2ª Guerra Mundial, los judíos comenzaron a huir masivamente a su tierra prometida, esa región tutorizada por los británicos.
Ante el marrón oscuro que suponía la cada vez peor relación entre judíos y musulmanes, el Reino Unido acudió a la ONU suplicando ayuda y ésta, decidió partir el territorio en dos, lo cual fue aceptado por Israel y no por Palestina. Una vez se fueron los británicos, aquel 14 de mayo de 1948 se creó el estado de Israel gracias a David Ben-Gurión y se lio la mundial, ya que como un resorte, saltaron los países limítrofes y trataron de invadir al nuevo y recién creado estado. En aquella fiesta estaban Egipto, Trasjordania, Siria, Irak y Líbano. Las consecuencias de aquella guerra fueron catastróficas para Palestina porque en 1948 Israel se adueñó de todo, salvo Trasjordania y la Franja de Gaza (entonces ocupada por Egipto).
A este episodio en el que Israel repelió el ataque y creció en territorio, se ha de añadir el capítulo de la Guerra de los Seis Días de 1967, en la que los hebreos ganaron con una velocidad inusitada a Egipto, Siria y Trasjordania. El resultado fue que Israel se hizo con toda Palestina, es decir, Gaza, Trasjordania, los Altos del Golán que pertenecían a Siria y la península de Sinaí que pertenecía a Egipto. Esto le dio una mala imagen generalizada al país hebrero y desde entonces, Palestina adquirió el papel de víctima vencida y desocupada. Los británicos no habían ido desencaminados. ¡Cómo debieron ver la cosa para haberse retirado ellos de motu proprio un par de décadas antes, ellos, que no se van de ningún sitio ni con agua caliente!

Tras la guerra de Yom Kipur contra Egipto en 1973 se iniciaron una serie de acuerdos de paz que han dado el mapa que tenemos en la actualidad, es decir, una Israel que ocupa una gran parte del territorio y una Palestina dividida en dos, con una Cisjordania al este y una franja de Gaza al suroeste que decidió dar su gobierno a unos terroristas llamados Hamás en 2006, año en el que Israel desocupó la zona. Hay quien afirma que, desde entonces, Gaza es una cárcel a cielo descubierto. Sin negar, ni confirmar la frase, no deja de ser curioso que Gaza tenga una frontera al sur con Egipto, en Rafah, que siempre ha estado cerrada y de la que nadie habla. Se calcula que en un territorio que es de grande como ir desde Madrid a Aranjuez de norte a sur o ir desde Madrid a Coslada de este a oeste, habitan 2,3 millones de almas, entre las cuales, residen unos 15.000 terroristas de Hamás que gestionan una red de túneles que hacen de Gaza un auténtico queso gruyer difícil de conquistar.

Pues bien, esta imagen en la que Palestina poco a poco ha ido perdiendo terreno no ha sido siempre así. Para ello hemos de preguntarnos cuando surge Israel como concepto y para ello, hemos de irnos al año 1200 a.C y no a 1947.

Los descendientes de los hijos de Jacob, las llamadas doce tribus de Israel, se organizaron como una confederación de clanes para conformar un gobierno cuando por allí no asomaban aún ni Jesús, ni seguidores del islam. En aquella región denominada Canaán, aparecieron unos okupas que vinieron desde el mar Negro, siendo muy importantes los filisteos, que se ubicarán desde Jafa hasta Gaza y que con los amonitas presionarán tanto a los hebreos que, hasta se harán con la famosa Arca de la Alianza. Una Israel separada tras la derrota, llegará a una reunificación en el 1010 a.C. con el rey David, un tipo coronado como rey de Judá en la ciudad de Hebrón. Su hijo, Salomón, será el rey que construirá el famoso primer templo en Jerusalén. ¿Nos van sonando los nombres? Bueno, no me enrollo más, vamos a nuestro sevillano, el que la lio parda. Sí, un sevillano homosexual. Lo de homosexual no es importante, por supuesto, pero lo menciono porque ahora, hoy, en Palestina, no se respetan nada de nada los derechos de los homosexuales. Ahí lo dejo, sin acritud. Vamos al lio.

Me refiero al emperador Publio Elio Adriano, nacido en Itálica, provincia de la actual Sevilla. Fue sobrino de otro emperador sevillano, Trajano. Su mujer, la emperatriz, era su prima, una tal Vibia Sabina. Ojo, ambos emperadores, Trajano y Adriano, están dentro de los llamados “cinco emperadores buenos”. Por cierto, en la zona no le conocen, y eso que el menda llevó al Imperio Romano hasta su máxima extensión. Ahí tenemos las murallas de Adriano en la isla de Gran Bretaña y como se quedó en las costas de Kuwait mirando con deseo un territorio por el cual ya había estado cuatro siglos antes un tal Alejandro Magno. Pues bien, no se lo digáis a nadie, pero una vez les mencioné el tema a unos alumnos kuwaitíes y me pusieron cara de póker, como si oyeran llover. Yo creo que no les sonaba ni el nombre de Alejandro Magno.

Adriano, pese a estar casado con Vibia Sabina, se rumoreó siempre que estuvo enamorado del joven Antínoo, un tipo procedente de Bitinia (norte de la actual Turquía). Adriano estaba tan loquito por sus huesos que hasta le dieron su nombre a una estrella y a una ciudad egipcia, Antinoópolis. ¡Ostras, que hasta suplantó a Osiris! Esto en el senado no lo veían bien, era raro, raro, divinizar a alguien que no fuera de la familia real, pero hicieron la vista gorda. Se sabe que las relaciones homoeróticas de un adulto con un menor estaban autorizadas, pero el chaval ya rozaba la veintena de años y la emperatriz estaba cabreada como una mona. Antínoo murió en el Nilo. Hay quien dice que se sacrificó para dar más larga vida a su amante y hay quien dice que la emperatriz le dio matarile.

Adriano fue emperador entre los años 117 y 138, pero el año que nos importa fue el 135, casi al final de su mandato. Unas décadas antes, el emperador Tito había tomado la región y un tal Herodes había traicionado al pueblo judío. Este menda era mucho de lavarse las manos y poner alfombra roja a quien fuese con tal de que le dejaran en el poder. ¡Menos mal que esas cosas ya no pasan! Tan mal estaba la cosa que, ni el Sanedrín podía reunirse para resolver sus asuntos. Los romanos habían saqueado e incendiado el famoso Templo de Salomón.

Ya en época de Adriano, el emperador, harto de los judíos, le cambió el nombre a Jerusalén y la llamó Aelia Capitolina (Aelia porque él se llamaba así, Publio Elio Adriano, y Capitolina en honor a Júpiter). Además, prohibió la circuncisión, el respeto al Sabbat y un sinfín de cosas más como la prohibición de la Torá. La rebelión no se hizo esperar y el “issue” comenzó en el año 132.

Un judío llamado Simón bar Kojba acudió a una rebelión contra el imperio romano en el ya citado año 135. Estaban hartos de la presencia romana en su territorio. El sabio rabínico y persona influyente del Sanedrín, Akiva ben Iosef, designó a Simón bar Kojba como nuevo mesías del pueblo judío y llegó a retomar la Judea romana. Fue un auténtico grano en el…ahí, para el emperador. Mientras Simón se elevó como príncipe de Israel, Adriano hubo de replanificar a sus efectivos. Aquel año 135, Adriano reconquistó Jerusalén con mayor crueldad que Tito. Akiva ben Iosef fue torturado con peines de hierro incandescentes que le arrancaron la piel a tiras (las llamadas “uñas de gato”) y que le convirtieron en uno de los diez mártires del judaísmo.

Simón bar Kojba huyó con sus fieles a Bethar, pero allí fue aniquilado por Julio Severo. Todos los restos fueron apilados y olvidados sin derecho a ser enterrados, siendo devorados por buitres y ratas. Se calcula que en aquella rebelión murieron casi 600.000 judíos y se asaltaron unas cincuenta ciudades y casi mil aldeas. Adriano quemó los libros judíos, prohibió la Torá y erigió dos estatuas, una en honor a Júpiter y otra en honor a él mismo. Para los egipcios, aquel territorio se llamaba “Canaán” y para los hebreos se denominaba “Israel”, y que era la suma de los territorios de Samaria y Judea. Pues bien, además de estos dos términos y en honor a los filisteos, claros enemigos de los judíos, Adriano llamó a ese territorio “Palestina”, es decir, “Filistea” pero en latín. Lo hizo para tocar las p…a los hebreos. Sí, “Palestina” es un nombre latino y no árabe, aunque estos lo hayan asumido desde el principio. La provincia se integró en la provincia de Siria-Palestina y los judíos iniciaron una diáspora, una de tantas que han tenido.

Siglos más tarde, en el s. VII, apareció el profeta inmediatamente posterior a Jesús según los musulmanes, es decir, Mahoma, y con él se dio inicio al islam en la zona, es decir, los musulmanes, como tal, aparecen en escena mucho después que judíos y cristianos.
Y así levamos más de 3.000 años con guerras y mezcla de religiones, de creencias, de civilizaciones, de modos de ver y entender la vida diferentes, con idiomas distintos y con pocas ganas de convivir en paz. La condición humana en su versión más descarnada. O estás conmigo o estás contra mí. De eso podemos decir algo los españoles y seguro que, también, dijo algo aquel Adriano que hoy debería esconderse por su condición sexual en la Gaza a la que él mismo elevó en contra de los judíos.
Para terminar, añadir que, en el Deuteronomio 28:15, versículo 45, dentro del discurso de Moisés a los israelitas previo a la entrada en la “tierra prometida” les amenaza con una maldición que les vendría por no obedecer a la voz de Dios. Dice así: “Vendrán sobre ti todas estas maldiciones, te perseguirán y te alcanzarán hasta que perezcas; por cuanto no habrás atendido la voz de Jehová tu Dios, para guardar sus mandamientos y sus estatutos que él te mandó”. Pos eso.

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Gran artículo y estupendamente relatado
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