En el siglo XVIII, cuando España ya bostezaba desde sus butacas imperiales, hubo un fraile mallorquín —cojo, enjuto y de voz profética— que decidió hacer las Américas. No por oro, ni por gloria, ni siquiera por honor. Fray Junípero Serra cruzó el Atlántico porque quería salvar almas. La suya, por supuesto, pero también la de miles de nativos que aún no sabían que estaban en peligro eterno. Eso siempre ayuda.
Nació como Miquel Josep Serra Ferrer en 1713, en Petra, un pueblo mallorquín con nombre de ruina nabatea. Desde joven destacó por su inteligencia, su retórica y una obstinación más dura que la piedra de su pueblo natal. Se convirtió en franciscano, cambió su nombre por Junípero —el bufón santo de san Francisco, detalle que da pistas— y se convirtió en un apóstol con sandalias, dispuesto a evangelizar cualquier rincón que no apareciera aún en los mapas del clero.
En 1749 embarcó rumbo a la Nueva España. Dejó atrás la cátedra universitaria y se lanzó al desierto físico y espiritual de un continente que no le había pedido nada. Caminó miles de kilómetros, fundó misiones desde Baja California hasta Monterrey, y alzó 21 campanarios a lo largo de lo que hoy es California, cada uno con su bautismo, su cruz y su huerto de naranjos.
Era incansable, metódico y convencido de que el infierno estaba demasiado lleno como para no hacer algo al respecto. Convirtió, educó, y sí, también disciplinó. Porque Serra creía en la doctrina como quien cree en la medicina amarga: si escuece, cura. Sus detractores lo acusan hoy de haber impuesto la fe a palos —a veces literalmente— y de haber colaborado en la desintegración cultural de los pueblos indígenas. Sus defensores, por su parte, lo presentan como un precursor del multiculturalismo con hábito, un protector de los indios frente a los abusos militares y un hombre que, dentro de su época, fue hasta progresista. A saber. El juicio lo tendrá que hacer el tiempo, o el Juicio Final, lo que llegue antes.
Lo que es innegable es su huella. California, esa tierra de cine y código binario, está sembrada de misiones que llevan su firma: San Diego, San Francisco, Santa Clara, San Luis Obispo… Como si Junípero Serra hubiera querido garantizar que cada ciudad importante del futuro llevara un santo encima. Una suerte de geografía bautismal para la posteridad.
Murió en 1784, a los 70 años, tras una vida de polvo, cilicio y salvación. Fue beatificado en 1988 por Juan Pablo II, y canonizado en 2015 por el papa Francisco, en una ceremonia que combinó incienso y polémica. Hubo quien celebró al santo y quien recordó a las víctimas de un sistema que, aunque con santos, no dejaba de ser sistema.
Hoy, en California, algunas estatuas de Serra han sido vandalizadas, derribadas o retiradas por decisión política. Como si derribar una escultura pudiera equilibrar siglos de historia. Y sin embargo, Junípero sigue allí. No en el mármol, sino en el nombre de las ciudades, en los trazados de las misiones, en los manuales escolares y en la incómoda certeza de que los santos, como los imperios, rara vez tienen biografías sin manchas.
Porque Junípero Serra no fue un colonizador cualquiera. Fue un santo con agenda. Un misionero que creía salvar mientras transformaba. Un hombre del siglo XVIII que, de algún modo, sigue discutiendo con el siglo XXI desde su peana de bronce, ahora cubierta de grafitis.


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