En la ciudad de las tres culturas, como gusta decir el eslogan turístico, hubo un momento en que una de esas culturas se quedó sin nombre en el censo. Era 1492, y no hablamos del huevo de Colón ni de las carabelas, sino del edicto de expulsión de los judíos de los reinos de Castilla y Aragón. Ese año, el judaísmo toledano, milenario y orgulloso, fue condenado a elegir entre la cruz o el destierro. Lo de siempre.

Pero no todos se fueron. Algunos se convirtieron, otros simularon hacerlo, y unos pocos resistieron hasta donde les alcanzó la vida, la esperanza o el miedo. Uno de ellos —posiblemente el último— fue un tal Ishaq Abravanel. No confundir con su pariente y homónimo sefardí ilustre, ministro de Hacienda de los Reyes Católicos, que también acabó en el exilio. Este Ishaq era un médico, un hombre docto y discreto que había decidido quedarse en Toledo pese a todo, al abrigo de su prestigio profesional y de su biblioteca, escondida tras una pared falsa.

Durante años, Ishaq siguió practicando la medicina en secreto, atendiendo a cristianos viejos, conversos y hasta algún fraile con gota y remordimientos. No celebraba el shabat en público, no vestía ya el distintivo amarillo, pero tampoco faltaba nunca a la lectura semanal del Talmud, por más que lo hiciera en susurros y bajo una lámpara de aceite que no debía encenderse según la ley mosaica. Ishaq era, a su manera, un marrano rebelde: bautizado por decreto, judío por convicción, invisible por necesidad.

La leyenda —que a veces no miente del todo— dice que fue delatado por un vecino envidioso, un curtidor que odiaba el aroma de las hierbas que el médico quemaba para desinfectar, y que juraba que aquello olía a cábala y hechicería. Fue arrestado en 1507 por la Inquisición toledana, acusado de judaizante. No negó su fe. De hecho, se permitió la insolencia de citar a Maimónides durante el interrogatorio. Mal asunto.

El proceso fue breve. Un auto de fe, una sentencia y, según los documentos del Archivo Histórico Nacional, una ejecución en el quemadero del Prado, junto al Tajo. No hay tumba que lo recuerde. Tampoco sinagoga que lo invoque. Sólo un nombre, entre los papeles de la burocracia eclesiástica, que sugiere que él fue el último judío de Toledo que no se rindió del todo.

Hoy, en la calle del Ángel, donde dicen que vivió, hay una tienda de souvenirs. Venden espadas, camisetas de Don Quijote y copias baratas de menorás que ningún cliente sabe interpretar. La memoria de Ishaq no está en los escaparates. Está en los silencios. En los muros mudéjares que escucharon oraciones prohibidas. En las losas que pisamos sin mirar.

Toledo presume de tolerancia retrospectiva, de las tres culturas, pero la historia no se maquilla tan fácilmente. Hubo un último judío. Y no murió de viejo.


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