Hay quien cree que la historia es una sucesión ordenada de fechas, tratados y coronas. Pero a veces la historia se esconde en los márgenes: en una playa olvidada, en una niebla densa, en un destacamento de españoles mojados hasta los huesos desembarcando en Inglaterra sin que nadie los esperase. Porque sí: hubo una vez, en 1595, en la que España invadió Inglaterra. Y no con barcos fantasmas ni amenazas abstractas, sino con mosquetes, estandartes y la determinación algo suicida de un puñado de hombres que sabían que morir en tierra protestante podía ser más que un mal final: podía ser un buen comienzo.
El episodio lo rescata con pulso firme Manuel Casas Santero en un artículo para ABC, y tiene todos los ingredientes de un relato que merecería mejor sitio en nuestros libros de texto: un Tercio curtido en cien batallas, un comandante de los que ya no se forjan, y una misión casi quijotesca. Al frente, don Juan del Águila, veterano de las campañas de Flandes, espada afilada de Felipe II y figura olvidada para la mayoría de los españoles que jamás oyeron hablar de él.

El plan era sencillo y temerario: aprovechar la alianza de la monarquía hispánica con los católicos irlandeses y, desde las costas de Irlanda, lanzar una incursión relámpago sobre el sur de Inglaterra. La localidad elegida fue Mousehole, un pequeño puerto en Cornualles, defendido con más entusiasmo que preparación. El 2 de agosto de 1595, una escuadra hispana al mando del capitán Carlos de Amésquita, hombre de la escuela de Juan del Águila, desembarca en la costa inglesa, quema el puerto, toma dos poblaciones (Mousehole y Newlyn) y durante 48 horas impone el orden de Castilla.
No fue una invasión al uso. No hubo conquista ni ocupación prolongada. Pero sí hubo bandera española ondeando en suelo inglés, cañonazos, iglesias reducidas a cenizas y civiles huyendo despavoridos. Fue un recordatorio brutal de que España, aun en su aparente declive, aún sabía golpear donde dolía. Y que Felipe II, entre papel y papel, aún se permitía algún acto teatral para recordar a Isabel I que la partida seguía viva.
Lo curioso es que esta incursión, que debería figurar al menos como anécdota nacional con más orgullo que la Armada Invencible, ha sido barrida por el polvo de la historia oficial. Como si avergonzara reconocer que, aunque fuera por una vez, España logró pisar suelo inglés con armas en la mano y salir indemne. Quizá porque no encaja en el relato de decadencia ni en el de la leyenda negra. Es un capítulo suelto. Incómodo. Por eso nos gusta tanto.
La última vez que invadimos Inglaterra lo hicimos con apenas 400 hombres, sin respaldo logístico, y sabiendo que no habría aplausos al regreso. Lo hicimos por deber, por audacia, y porque la historia de España, cuando se escribe con pólvora y salitre, siempre prefiere las páginas que no se esperan. Las que nadie enseña. Las que uno se encuentra, como este desembarco, al final de una ruta secundaria, mojadas por la niebla atlántica y por el olvido.
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