Corría el año 1950 cuando un abogado llamado Pedro Zaragoza Orts consiguió la alcaldía de un pueblo pesquero llamado Benidorm. Lo hizo de la mano del grupo local de la Falange y las Jons, es decir, facholi que te mueres. Ojo, que cuando se habla de este señor no se suele sacar a colación de la mano de quien consiguió esta alcaldía.

El menda fue un visionario total. Sabía que su pueblo alicantino tenía tres activos brutales: el sol, el mar y sus playas. Ahora es fácil hablar de ello, pero en aquella España puritana la cosa era bien diferente. Italia estaba comenzando a impulsar este turismo de sol y playa y les estaba reportando unas suculentas divisas que España no terminaba de explotar. Molaba traer dinero fresquito del extranjero, pero lo que no se quería era traer a los extranjeros en sí, no fuera que en España se viera lo bien que se vivía en otras latitudes que presumían de democracias. Cuidado, que en algunas de esas democracias las mujeres no votaban, como era el caso de Suiza.

Benidorm, 1993. El exalcalde de Benidorm, Pedro Zaragoza posa con el fondo del Skyline de su ciudad, de cuya transformación fue un pilar fundamental

Pues bien, el tipo apostó por el turismo en un momento en el que estaba en auge una prenda llamada bikini. El bikini era algo explosivo y, de hecho, su nombre derivaba de ese atolón de las islas Marshall en donde EEUU había desarrollado sus pruebas nucleares entre 1946 y 1958. La fauna marina de esa parte del océano Pacífico debe estar tan tocada que inspiró la serie de dibujos animados de Bob Esponja. Así pues, eso, que el bikini chocaba de frente con el arzobispado de Valencia.

Desde el ayuntamiento se aprobó el uso del bikini en la playa, única y exclusivamente. Se dice que Pedro Zaragoza dijo que había redactado un decreto, pero lo cierto es que jamás se ha encontrado dicho documento en los archivos valencianos. Debió ser una orden oral del propio alcalde. Dicen que, en una ocasión, una turista británica estaba en la playa y para ir a un restaurante, cruzó la carretera que separaba el pueblo de la playa. La menda iba en bikini y fue multada por la policía con 40.000 pesetas de la época. Al cambio, deben ser unas 5.000 libras esterlinas de las de ahora. La chica se debió quedar ojiplática hasta que el alcalde acudió a apaciguar los ánimos para animar a los agentes a hacer la vista gorda. Ese episodio aislado podría haber dado al traste con sus planes de crecimiento y futuro.

El alcalde Pedro Zaragoza y el dictador Francisco Franco

De este modo, el alcalde benidormense pidió cita en el palacio de El Pardo de Madrid y le recibieron. Acudió en una moto Vespa, y es que el común de los mortales, en aquella España de mediados del s. XX, no disponía de coche propio. A Francisco Franco lo que le dijo fue algo muy inteligente. Le dijo que era injusto que él tuviera que prohibir en sus playas las prendas de lujo de Loewe que sus turistas compraban en las tiendas de lujo de Madrid. Su pregunta fue, porqué se podían comprar en las tiendas y, al mismo tiempo, prohibir su uso. Volvió a Benidorm y a los pocos días se le presentó allí el ministro de Gobernación junto a, nada menos que, la mismísima María del Carmen Polo, la esposa del dictador.

Pronto comenzó a diseñar un nuevo Plan General de Ordenación Urbana y se dice que delante del plano del municipio, los arquitectos Luis Rodríguez y Paco Muñoz pusieron un paquete de tabaco y debatieron sobre como colocarlo. Tras ponerlo en varias posiciones, les gustó como quedaba en su posición vertical, observando que en poca superficie podían aumentar el precio del metro cuadrado gracias a construir más viviendas y hoteles en altura. La Torre Coblanca del arquitecto Joan Guardiola fue la primera de muchas.

Mientras tanto y ante la llegada masiva de turistas, la parroquia y el propio pueblo de Benidorm trasladaron una cruz enorme al punto más elevado de la orografía del lugar, en el parque natural de Sierra Helada. Así, la cruz sería vista desde cualquier playa de la ya ciudad y recordaría que era un lugar cristiano. Lo cierto, es que debajo de esa cruz se han llegado a rodar hasta películas pornográficas. Ahí sigue la cruz.

Cruz en Sierra Helada

Curioso fue el caso de la isla de Benidorm. Era un islote sin habitar, pero salió una ley que decía que aquellas islas que estuvieran sin habitar pasarían a ser propiedad del estado. Pedro Zaragoza se apresuró a construir una caseta para que la vigilara un guarda los 365 días del año. De este modo, la isla siguió perteneciendo a la ciudad.

Con el paso de los años, Benidorm fue sinónimo de turismo de sol y playa a nivel mundial y en sus playas de Levante y Poniente comenzaron a edificarse rascacielos como si no hubiera un mañana. Hoy es conocida como la Nueva York del Mediterráneo. Ahora, en Benidorm hay lo que en todos sitios, es decir, alemanes e ingleses.

En su skyline hoy podemos ver rascacielos como Intempo con 187 m. de altura, el Gran Hotel Bail con 186 m., la Torre Lúgano con 158 m., Neguri Gane con 148 m., el Edificio Kronos con 140 m. y un número interminable de rascacielos que dan a la ciudad un aspecto muy característico.

Edificio Intempo

Benidorm podría haber sido una ciudad turística más con el paso de los años, pero la realidad nos dice que fue el ejemplo a seguir para tratar de atraer inversión, divisas, desarrollo y futuro en un momento en el que la cosa no era tan obvia, al menos en España, y el culpable fue este señor visionario que supo adelantarse a los demás. El sector turístico aporta el 15% de nuestro PIB y podría afirmarse que es uno de los motores de nuestra economía.

Como anécdota, decir que Pedro Zaragoza nunca dejó utilizar a su esposa e hijas el bikini, al menos hasta bastante avanzados los años 80’.

Benidorm en los años 50´ y en la actualidad

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