Robinson Crusoe, de Daniel Dafoe, esta inspirado en un español del s. XVI, Pedro Serrano, y en un escocés, Alexander Selkirk que se quedó varado en la isla de Juan Fernández de Chile entre 1704 y 1719.

Pero bueno, tanto el escocés como el personaje ficticio de Dafoe vivieron en una isla con vegetación, ríos, etc, pero no así Pedro Serrano, que quedó abandonado en un atolón enano, ¡enanísimo!, en el que no había nada de nada. Por no haber, no había ni sombra. Hoy, en su honor, la isla se llama Isla Serrana. Corría el año 1526, ¡casi ná!

En un petache camino de La Habana a Cartagena de Indias, en medio de una tormenta, terminaron 3 tipos en una isla diminuta que no figuraba en los mapas y a la que nadie tenía intención de ir en aquellos años. De los tres, uno de ellos murió al poco tiempo. Solos, y a veces mal avenidos, los otros dos tuvieron que buscarse la vida, nunca mejor dicho. No había agua dulce, ni había con qué recoger el agua de lluvia, de modo que se bebían la sangre de los leones marinos que pudieron coger. Con las pieles de esos leones marinos consiguieron recubrir hoyos en el suelo de modo que en época de lluvias pudieron recoger agua y almacenarla. También les sirvieron los caparazones de las tortugas que llegaban a la isla, de modo que efectivamente, el hambre agudiza el ingenio.

En cuanto a comida, se sirvieron de cangrejos, pájaros y moluscos. Tampoco había sombra, y gracias a las conchas de animales marinos se lograron hacer un túmulo que les sirvió de resguardo, túmulo del que de hecho aún se conserva algo tras una expedición norteamericana que lo detectó hace muy pocos años. Con pedernales cogidos del fondo del agua consiguieron hacer fuego, ya que ni piedras había en el atolón. Y alguien dirá, ¿frio en el Caribe? Sí, llegado el otoño e invierno, las noches eran frías.

Haciendo señales de humo nadie consigue verlos pese a que algún barco anduvo cerca de ellos, y para colmo, cuando finalmente y tras varios años aparece alguien en la isla, son también náufragos. Estos duraron poco puesto que trataron de escapar hacia la costa de Nicaragua, yéndose con ellos su acompañante inicial y quedándose con Pedro uno de los nuevos visitantes. Nada se supo de ellos.

¡Las pasaron canutas! Frío, sol, calor, hambre. sed…así durante 8 largos años, que se dice pronto. Todo, absolutamente todo, había que dosificarlo, hasta los maderos que de forma azarosa llegaban a la isla procedentes de otros naufragios.

Finalmente, en 1534, un navío pasó cerca y los divisó. Cuando los rescataron, vieron a unos mendas con barba hasta la cintura, escuálidos, ¡parecían cadáveres vivientes! y alucinaron más que Tarzán en un geranio. Y para más inri, el compañero de Pedro Serrano murió a bordo y no pudo llegar a contarlo. ¡Hasta qué punto estaban ya en las últimas estos dos tipos!

La historia fue un best seller de la época, narrada por nada más y nada menos que el Inca Garcilaso, y a Pedro Serrano se lo llevaron a Alemania con toda su “pelambre” ante Carlos V. Se hizo más famoso que Sergio Ramos en el minuto 93. El emperador le dio un pago generoso y tras impartir conferencias y webinars por toda la cristiandad, se retiró a tierras panameñas.

Robinson Crusoe, inspirado en Pedro Serrano, se publicó en 1719 y por supuesto, en España se conoce la novela de Daniel Dafoe pero no a Pedro Serrano. ¿Pa qué? Esta historia seguro que no fue la única en un momento en el que los viajes y las aventuras eran otra cosa que implicaba estar hecho de otra pasta.


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